Saltar al contenido
Natalia
Natalia

El tímido Álvaro

Álvaro, un invitado tardío que llegó a la dirección equivocada, se queda a tomar un whisky y a pasar toda una noche que cambia su idea de las parejas casadas.

Índice (12 capítulos)
  1. Un invitado casual
  2. El rompehielos
  3. Las fronteras se difuminan
  4. El primer roce
  5. El sabor de lo prohibido
  6. Una transición suave
  7. Un consentimiento silencioso
  8. Una penetración cuidadosa
  9. Éxtasis nocturno
  10. Un despertar matinal
  11. Una ronda al amanecer
  12. Al límite de la profundidad

Un invitado casual

La velada del fin de semana llegaba a su fin cuando el cerrojo de la puerta de nuestro piso chasqueó bajito. Yo estaba en el salón con el portátil y, la verdad, esperaba a Natalia un poco antes. Se había ido a un bar a la despedida de soltera de una compañera, pero, a juzgar por los ruidos del recibidor, no volvía sola.

Junto con Natalia entró al pasillo un joven alto y atractivo, de unos veinticinco años, llamado Álvaro. Natalia lo había conocido en la barra del bar, cuando sus amigas ya se habían ido a casa. El ardor del alcohol y una simpatía repentina la empujaron a la aventura: invitar al chico a «seguir la velada» en su casa. Pero en cuanto cruzaron el umbral y me vieron a mí, tomando plácido un té en bata, una ola densa y estridente de turbación inundó al instante el recibidor.

Álvaro se quedó de piedra junto a la puerta, cambiando desconcertado el peso de un pie a otro y apretando con espasmos las llaves en las manos. Las mejillas se le tiñeron de un rubor intenso. Estaba claro que no esperaba que el «bar en casa» del que hablaba Natalia estuviera custodiado por un marido legítimo. La propia Natalia, pese a los cócteles bebidos, también perdió al instante toda su seguridad. Su ceñido vestido de seda de tirantes finos le pareció de pronto demasiado abierto, y la situación, del todo violenta.

—Uy… hola, cariño —dijo tímida, paseando la mirada nublada de mí a su acompañante—. Es que nosotros… hemos venido a tomar un café. Este es Álvaro.

El rompehielos

Me levanté tranquilo del sofá, cerré el portátil y fui al encuentro del invitado con una sonrisa afable. La tensión en el aire era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo. El chico parecía a punto de salir corriendo de vuelta al rellano del ascensor.

—Hola, Álvaro. Pasa, no te cortes —le tendí la mano para un apretón firme—. El café está muy bien, claro, pero después de un bar entra mejor algo más serio. Justo nos queda un whisky de malta excelente.

Mi tono tranquilo y cordial actuó sobre Álvaro como un salvavidas. Exhaló, sus hombros se relajaron visiblemente, aunque un leve rubor seguía en sus pómulos. Natalia, al ver que yo no pensaba montar una escena de celos, también se animó notablemente. Me rozó cariñosa el hombro, susurrándome un «gracias» mudo, y se apresuró a la cocina a por copas y hielo.

Pasamos al salón. Puse una música suave y relajante, y al cabo de diez minutos, al tintineo de los cubitos en los pesados vasos, la incomodidad empezó a derretirse a toda velocidad. Álvaro resultó ser arquitecto, un chico leído y agradable en el trato. Todavía miraba algo cohibido a Natalia, cuyas formas plenas resultaban increíblemente seductoras en la penumbra de la habitación, pero congeniamos con sorprendente rapidez.

Las fronteras se difuminan

El whisky hizo su efecto. La frontera entre una «visita incómoda» y una velada intrigante se borró del todo. Natalia se acomodó en el sofá, recogiendo cómoda las piernas bajo el cuerpo. Por el alcohol y por la conciencia de que la situación era segura, sus ojos brillaban febriles, y el coqueteo que había empezado ya en el bar prendió con nuevas fuerzas, pero ahora bajo mi mirada directa.

Álvaro, cediendo al ambiente relajado, se sentó más cerca. Su mirada resbalaba una y otra vez hacia el profundo escote del vestido de Natalia, donde, bajo la fina seda, se agitaba turbador su pecho pleno.

—Natalia, tienes un tatuaje muy bonito en la clavícula —dijo Álvaro en voz baja, contemplando ya con más audacia su piel—. En el bar no lo había visto.

—¿Ah, sí? ¿Quieres verlo de cerca? —sonrió pícara Natalia, lanzándome una mirada breve e inquisitiva.

Yo estaba sentado en el sillón de enfrente, haciendo girar perezoso el vaso en la mano y disfrutando en silencio de cómo prendía aquel incendio vicioso. Mi miembro, bajo la bata, ya empezaba a llenarse de una fuerza pesada y palpitante al contemplar cómo un chico joven y atractivo se iba llevando poco a poco la atención de mi mujer en nuestro propio salón. Natalia atrapó mi mirada ardiente y, comprendiendo las reglas de aquel nuevo juego, con un gesto provocador se bajó un tirante del vestido del hombro, aniquilando del todo los restos de la turbación de Álvaro.

El primer roce

Álvaro contuvo la respiración, mirando el tirante de seda resbalado. La piel tierna y algo bronceada del hombro de Natalia relucía tenue en la penumbra del salón. El chico me lanzó una mirada rápida, todavía algo tímida, comprobando los límites de lo permitido. Yo solo di un sorbo al whisky y asentí apenas, manteniéndome en mi papel de observador mudo y aprobador.

Aquella sanción silenciosa actuó sobre Álvaro de forma embriagadora. Estiró despacio la mano. Sus dedos se movían con cuidado, casi trémulos: rozó apenas con las yemas su clavícula, siguiendo el dibujo elegante del tatuaje. Ante aquel roce ingrávido Natalia suspiró con dulzura, su pecho pleno se alzó turbador y los ojos se le entornaron lánguidos.

—Eres muy guapa, Natalia —dijo Álvaro en voz baja, casi en un susurro, aclarándose la garganta de pronto seca.

Envalentonado por su docilidad, deslizó con suavidad la palma más arriba, dibujando la curva de su cuello. Sus dedos se hundieron en su pelo espeso y oscuro, ladeándole un poco la cabeza hacia sí. Natalia se tendió dócil a su encuentro. Álvaro no se daba prisa: primero rozó con los labios su mejilla, luego recorrió despacio con la punta de la nariz la piel aterciopelada de detrás de la oreja, haciendo temblar levemente a Natalia de placer. Sus dedos se posaron por instinto en su hombro firme, apretando la tela de la camisa, mientras el chico acercaba despacio sus labios a su boca entreabierta e incitante.

El sabor de lo prohibido

Sus labios al fin se encontraron. El beso empezó con cuidado, con delicadeza, como si Álvaro aún temiera romper aquel frágil hechizo. Pero en cuanto Natalia respondió —hondo, húmedo, arrastrando su lengua con un gemido contenido—, la cautela del chico empezó a derretirse ante el ímpetu de la pasión pura. La abrazó por la cintura, apretando con cuidado su cuerpo pleno contra el suyo, sintiendo cómo las firmes colinas de su pecho se hincaban en su caja torácica.

Yo estaba sentado en el sillón, sin apartar los ojos de aquella estampa. Mi miembro, bajo la bata, se había convertido ya del todo en una barra de acero maciza y palpitante. Contemplar cómo el joven arquitecto, que media hora antes se sonrojaba en el umbral, desnudaba ahora despacio y con deleite a mi mujer a besos en nuestro propio sofá, era un placer increíble y refinado.

Álvaro, absorto en el beso, bajó despacio la mano libre a su rodilla. La fina seda del vestido trepó dócil hacia arriba bajo su palma, dejando al descubierto los muslos apetitosos y lisos de Natalia. Natalia respiraba entrecortada contra sus labios, sus gemidos plenos se volvían cada vez más sonoros en el silencio de la habitación, y sus caderas empezaron a mecerse apenas al compás de sus caricias cautelosas pero ya del todo seguras.

Una transición suave

Apartándose un segundo de sus labios, Álvaro miró a Natalia con la mirada nublada de deseo. Le bajó con cuidado también el segundo tirante del vestido, dejando que la seda resbalara hasta su cintura. El pecho pleno y pesado de Natalia, de pezones grandes y oscurecidos de excitación, apareció ante él en todo su esplendor. Álvaro tragó saliva, sus palmas cubrieron trémulas aquella carne plena, amasando con cuidado la piel firme.

—Dios… Natalia, eres increíble… —exhaló, inclinándose y empezando a lamerle con ternura, en movimientos circulares, los pezones, haciendo que Natalia se arqueara frenética sobre los cojines de cuero del sofá.

—Mmm… Álvaro… sí… —susurraba ronca Natalia, hundiendo los dedos en su pelo corto y apretándole más la cabeza contra su pecho.

Entreabrió los ojos y atrapó mi mirada ardiente. En sus ojos ya no había incomodidad, solo el orgullo saciado y vicioso de una mujer a la que en ese preciso instante adoran dos hombres. Natalia me tendió despacio la mano libre, llamándome a su lado, dándome a entender que el juego preliminar había terminado y era hora de un final pleno y caliente.

Un consentimiento silencioso

Me quedé en el sillón, sujetando mejor el vaso con los restos de whisky. Mi negativa a levantarme y sumarme activamente al asunto no enfrió en absoluto el ardor de Natalia; al contrario, mi decisión de seguir siendo un espectador ajeno y ávido no hizo más que echar leña al fuego de su amor propio vicioso. Me sonrió provocadora a través de la penumbra y luego volcó toda su atención en Álvaro.

El joven, al notar que yo seguía sin pensar en interponerme, se sacudió del todo las cadenas de la turbación. Actuando igual de sin prisa, con especial precisión y cuidado, deslizó las palmas hacia sus caderas. El vestido de seda, con un susurro, resbaló dócil de sus formas redondeadas, dejando a Natalia del todo desnuda sobre el cuero oscuro del sofá.

Álvaro se quedó un segundo quieto, embelesado por la estampa que se abría ante él. Las curvas plenas de mi mujer, su pecho pesado y agitado y el prolijo montículo de su sexo, a la luz pálida de las farolas de la calle, resultaban monumentales. El chico se arrodilló despacio ante ella, separándole con cuidado las rodillas dóciles. Natalia exhaló lánguida, echando la cabeza sobre el respaldo del sofá y apretando con los dedos los rollos de cuero.

Una penetración cuidadosa

Álvaro se deshizo con cuidado de su ropa, mostrando un cuerpo atlético y firme. Cada uno de sus movimientos seguía siendo respetuoso y suave, sin ímpetu rudo. Se acercó pegándose a Natalia, y sus palmas se posaron en su cintura elegante, fijando sus caderas plenas. Mi mujer ya rezumaba a raudales un néctar caliente y pegajoso, su sexo palpitaba impaciente, listo para acoger al invitado.

El chico apoyó su carne turgente en sus pliegues tiernos y empezó a hundirse despacio, centímetro a centímetro, dentro de su sexo prieto y anhelante.

—Ooohh… Álvaro… —gimió Natalia plena y prolongada, sus dedos se clavaron con espasmos en sus hombros y sus caderas se alzaron por instinto a su encuentro, facilitando aquella embestida pausada y colmadora.

Álvaro entró en ella hasta la base y se quedó un instante quieto, dándole tiempo a acostumbrarse a su tamaño y atrapando con la boca su respiración entrecortada y caliente. Natalia entreabrió despacio los ojos, dirigiéndome una mirada nublada y llena de éxtasis. Yo estaba sentado inmóvil, apretando mi miembro al rojo a través de la tela de la bata, y contemplaba cómo aquel chico casual del bar dilataba despacio y hondo el sexo de mi legítima esposa ante mis propios ojos.

Éxtasis nocturno

Tras encontrar el ritmo, Álvaro empezó a moverse suave dentro de ella. Sus embestidas eran hondas y largas, hacían a Natalia sollozar frenética y gritar de placer con cada penetración. Los chasquidos restallantes y húmedos de sus cuerpos rebotaban por el salón, fundiéndose con la música suave. Álvaro se inclinaba más abajo, amasando ávido con las palmas su pecho pleno y cubriéndole los pezones de besos húmedos.

Natalia se disolvió por completo en el placer. Alzaba una y otra vez sus caderas plenas, atrapando cada embestida del joven arquitecto y deleitándose en su posición viciosa. Toda la incomodidad que había sentido en el recibidor se consumió sin dejar rastro en aquella llama de la conspiración a tres.

El final llegó como un alud. Al notar que Natalia estaba ya en la mismísima cima, Álvaro dio unas últimas embestidas algo más hondas y frecuentes. Mi mujer se arqueó de golpe, su cuerpo se sacudió en un orgasmo potentísimo y prolongado, y gritó fuerte, aguda, hundiendo la cara en el cuello del chico. Álvaro, con un gemido sordo, se derramó muy adentro de su sexo hambriento, llenándolo de chorros calientes. Cayeron exhaustos uno sobre el otro, respirando pesados y rápidos en el silencio de nuestro piso, mientras yo, satisfecho de aquel espectáculo increíble, apuraba perezoso mi whisky en el sillón de enfrente.

Un despertar matinal

La noche derivó suave en una mañana tranquila, bañada por una luz suave de sol. Álvaro se quedó a dormir en nuestra amplia cama. Nos tumbamos los tres: Natalia se acomodó en el centro, agotada y saciada tras las aventuras nocturnas, yo la abrazaba por la derecha, y el joven arquitecto dormía por la izquierda. Una brisa fresca de la mañana movía las cortinas, y en la habitación reinaba una calma somnolienta y perezosa.

Álvaro se despertó el primero. Apartando el borde del fino edredón, recorrió con la mirada el cuerpo espléndido y desnudo de Natalia, cuyas formas plenas se mecían seductoras con cada respiración. Su miembro reaccionó al instante, llenándose de una fuerza matinal de acero. Actuando tierno y sin prisa, se acercó a la mujer dormida y empezó a cubrirle con cuidado el cuello y los hombros de besos húmedos y cálidos.

Natalia se desperezó con dulzura, entreabriendo los ojos aún nublados de sueño, y en su cara apareció una sonrisa perezosa y viciosa. Comprendió al instante quién la despertaba. Yo también abrí los ojos, pero seguí tumbado inmóvil en mi mitad de la cama, con la cabeza apoyada en la mano, dispuesto a contemplar la continuación matinal de nuestra conspiración.

Una ronda al amanecer

Álvaro se incorporó de rodillas y se cernió con cuidado sobre su cara. Su miembro al rojo y palpitante quedó justo ante los labios carnosos de Natalia. Sin sentir ni una gota de la turbación de la víspera, Natalia abrió ávida la boca, acogiendo su carne muy adentro. Empezó a chupar sin prisa y plena la punta, ciñéndola con sus dedos finos, mientras Álvaro movía suave las caderas, marcando un ritmo matinal suave para sus caricias orales. Unos sonidos húmedos y apagados llenaron el dormitorio, haciéndome hervir la sangre al instante.

Al cabo de unos minutos Álvaro se apartó con cuidado, decidido a pasar a lo principal. Volvió a Natalia de espaldas y le separó bien sus piernas largas y apetitosas. Su sexo pleno, tras la noche y las caricias matinales, ya rezumaba a raudales néctar pegajoso, palpitando impaciente.

El chico apoyó su carne caliente en sus pliegues tiernos y de un movimiento suave y potente la hundió del todo hasta la base.

—Ooohh… ¡Álvaro! ¡Síííí!… —gritó Natalia plena y aguda, su cuerpo se arqueó al instante sobre las sábanas.

Al límite de la profundidad

Álvaro encontró un ritmo hondo y largo, clavándose con seguridad en su sexo anhelante. Natalia se retorcía frenética bajo su cuerpo firme, atrapando cada embestida y ofreciendo embriagada las caderas hacia arriba. Todo su languidecimiento matinal dio paso en un segundo a una lujuria salvaje y desatada.

—Más hondo… Álvaro, te lo suplico, ¡entra más hondo!… ¡Fóllame más fuerte! —exhalaba ronca, hundiendo los dedos en su pelo y clavándole las uñas con fuerza en los hombros.

Yo estaba tumbado a apenas unos treinta centímetros de ellos, notando cómo el colchón temblaba acompasado con sus movimientos. Contemplar cómo tu mujer, al amanecer, pierde la cabeza con las embestidas de un amante joven, suplicándole que la colme hasta la mismísima base, era la cumbre del placer vicioso. Los chasquidos restallantes de los cuerpos se volvían cada vez más frecuentes, y los gemidos plenos e incesantes de Natalia se extendían por todo el piso. En la cima del éxtasis mutuo Álvaro dio unas cuantas embestidas finales potentes, y Natalia se sacudió en un orgasmo potentísimo, gritando fuerte contra la almohada, mientras el chico, con un gemido ronco, derramaba chorros calientes de semen en lo más hondo de su sexo dilatado y hambriento.

Relatos similares

18+ Casa e invitados

La propina pendiente

Natalia pide una pizza para una noche tranquila a solas, y el repartidor le hace notar que olvidó la propina. No tiene efectivo a mano — pero tiene algo mejor.

6 min de lectura desconocido joven
18+ Casa e invitados Invitaciones y rumores · parte 1

Una nueva invitación

Una semana después del memorable cumpleaños, Natalia y Andrés invitan a Víctor y a Óscar «a ver una película».

7 min de lectura grupo invitado