Una nueva invitación
Durante toda la semana posterior a aquel cumpleaños enloquecido, Natalia y su marido Andrés vivieron en un estado de excitación densa y persistente. Cada detalle de aquella noche se repetía cientos de veces en sus mentes, pero a los dos los encendía sobre todo esa palabra que ahora había entrado con firmeza en su vocabulario íntimo. La palabra «follar». No tenía falsa ternura ni suavidad. Reflejaba la esencia misma: aquellos hombres no hacían simplemente el amor con ella, la follaban —con seguridad, con dureza, como auténticos machos insaciables— sometiendo por completo su cuerpo. Y ser consciente de ello hacía que a Natalia se le escapara un flujo húmedo en pleno día de trabajo.
Sin dejarlo para más tarde, el matrimonio decidió repetir la experiencia e invitar a Víctor y a su amigo Óscar el fin de semana más próximo, con el inocente pretexto de «ver una película». Los hombres lo entendieron todo sin necesidad de palabras.
La pantalla del enorme televisor colgado en el gran salón, justo encima de la chimenea, proyectaba sobre la habitación destellos azulados y vacilantes. Natalia y sus dos invitados se acomodaron en el amplio y mullido sofá. Natalia estaba sentada justo en medio, sintiendo en la piel el calor denso que desprendían los hombres. Andrés se instaló algo apartado, en un butacón hondo, con las piernas cruzadas y conteniendo la respiración a la espera del espectáculo.
Para aquella velada Natalia había elegido una corta bata de casa de finísima seda. Apenas le llegaba a la mitad de los muslos y no ocultaba gran cosa de sus piernas lisas y torneadas, y el profundo escote se le abría una y otra vez a cada movimiento, dejando al descubierto los pesados hemisferios de sus pechos, con los pezones a punto de endurecerse.
Víctor sirvió con cuidado en las copas un vino oscuro y aromático y atenuó un poco la luz de la habitación, sumiendo el salón en una penumbra íntima y electrizada. Natalia dio el primer sorbo, notando cómo por las venas se le extendía el calor embriagador de siempre, mientras los hombres a sus lados ya no apartaban las miradas ávidas y espesas de sus rodillas desnudas.
Caricias suaves
Víctor y Óscar actuaban acompasados, sin aspavientos. Como a una señal invisible, los hombres posaron a la vez sus grandes manos calientes en sus rodillas desnudas. Natalia se quedó al instante inmóvil, se le cortó la respiración y se estremeció con un espasmo. La turbación interior y la timidez de siempre aún no la habían abandonado del todo: la idea de que ahora, justo delante de su marido, aquellos dos volvieran a follarla le hacía latir el corazón desbocado en el pecho.
Pero los hombres no tenían ninguna prisa. Sus caricias eran sorprendentemente tiernas, suaves y morosas. Le acariciaban despacio, con calma, la piel lisa, subiendo las manos un poco más por los muslos y dándole tiempo a habituarse a aquel calor masculino y denso.
Bajo aquel asedio delicado, Natalia se fue relajando. La tensión de su cuerpo dejó paso a una languidez densa y anhelante. Respiró hondo, dejando que la bata de seda se le abriera aún más, provocadora, sobre los muslos.
Los hombres, al notar el cambio, actuaron con más seguridad: Víctor le rodeó con suavidad los hombros con el brazo libre, atrayéndola hacia sí, y Óscar se inclinó más cerca, abrasándole el cuello con su aliento caliente. Había empezado el juego en el que su timidez se consumía poco a poco bajo manos ajenas.
La tentación creciente
Los hombres seguían actuando sin prisa, avivando poco a poco en Natalia aquel incendio primitivo. Sus grandes manos fuertes se deslizaron de los muslos hacia arriba, colándose bajo la fina tela de la bata de seda. La tela se abrió dócilmente y les posaron a la vez las palmas sobre sus pechos magníficos y plenos.
Las caricias eran increíblemente tiernas y morosas. Amasaban despacio la carne turgente, trazando con los dedos círculos elásticos y haciendo que los grandes pezones de Natalia se endurecieran al instante de placer. Con las manos libres seguían acariciándole las piernas esbeltas y lisas, subiendo de las rodillas a la cara más interna de los muslos, donde bajo el fino encaje de la ropa interior ya asomaba una humedad caliente y pegajosa. La fina bata de casa no les estorbaba en absoluto, solo susurraba provocadora a cada movimiento.
Natalia suspiraba en voz baja, plena, con la cabeza recostada, ebria, contra el respaldo del sofá y los ojos entornados por la languidez que la invadía. Desde su butaca, Andrés oía con nitidez aquellos susurros de la seda, la respiración húmeda de su esposa y los gemidos sordos y entrecortados que se le escapaban de los labios hinchados. Sin embargo, no emitió ni un solo sonido. Apretó con más fuerza los reposabrazos, conteniendo la respiración y fingiendo con esmero que veía la película absorto, aunque su propia entrepierna ya palpitaba ante aquel espectáculo increíble.
La primera intrusión
Poco a poco las caricias tiernas dejaron paso a movimientos más insistentes y dominantes. Víctor sujetó a Natalia con suavidad por la barbilla, la obligó a volverse hacia él y se apoderó de sus labios en un beso profundo y moroso. Natalia suspiró con plenitud en su boca, sintiendo cómo se le nublaba la cabeza por la mezcla de vergüenza y deseo enloquecido. Se entregó por completo al beso, enredando su lengua con la de él.
Al mismo tiempo, Óscar le separó con cuidado pero con decisión las piernas lisas y torneadas. La fina seda de la bata acabó de resbalarle de los hombros, dejando su cuerpo turgente y dorado a la vista bajo los destellos azulados de la pantalla del televisor. Su mano caliente se coló bajo las bragas de encaje, ya empapadas de un flujo anhelante. Los dedos de Óscar se posaron con seguridad sobre su sexo hinchado y ansioso, y empezaron a acariciarle el clítoris de forma provocadora.
—Oh… —gimió Natalia, sin aguantar más, fuerte y lánguida, rompiendo el beso con Víctor y arqueando la cintura.
Sus pechos firmes y pesados se estremecieron de forma seductora, y clavó los dedos con un espasmo en los hombros de los hombres a sus lados. Ebria, viciosa, separó aún más las piernas, ofreciéndose por completo a sus caricias.
En su butaca, Andrés ya no podía contener la respiración pesada y entrecortada. Estaba inmóvil, pero su mirada estaba clavada en cada movimiento de las manos ajenas sobre el cuerpo de su esposa, esperando con el corazón en un puño el momento en que aquellos machos empezaran a follarla.
Doble cautiverio
Víctor, interrumpiendo el beso, le bajó con seguridad las bragas de encaje, liberando por completo su cuerpo caliente de la última prenda. Natalia quedó tendida en el sofá, entre los hombres, completamente desnuda, con las piernas esbeltas abiertas y respirando fuerte y entrecortado. Los destellos de la chimenea y de la pantalla dibujaban con hermosura su pecho pleno y sus caderas redondeadas, que ya temblaban visiblemente de anticipación.
Óscar no perdió el tiempo. Se quitó deprisa el pantalón, liberando un tronco grande y turgente que palpitaba, elástico, en la penumbra del salón. Acomodándose entre sus piernas bien separadas, apoyó la punta caliente en sus pliegues jugosos y goteantes. Natalia soltó un suspiro convulso al sentir cómo aquella carne al rojo aplastaba, provocadora, su sexo ansioso.
Víctor, entretanto, se incorporó y se colocó justo ante su cara, acercando su miembro rígido a sus labios hinchados. Dócil y sin más palabras, Natalia entreabrió la boca y lo acogió con suavidad hasta la base, saboreando su volumen generoso y cerrando los ojos por el placer que la invadía.