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Natalia
Natalia

Una vieja amiga

La llegada de Elena, una vieja amiga de Natalia, se convierte en un juego de varios días de citas secretas, hasta que Natalia los pilla desprevenidos.

Índice (26 capítulos)
  1. Un vuelo esperado
  2. Un juego de miradas en la cena
  3. Roces casuales
  4. Delante de sus narices
  5. Confesiones peligrosas
  6. Un paso más allá del límite
  7. Una cita secreta bajo el rumor del agua
  8. Un dulce cautiverio
  9. Una descarga rápida
  10. Una conspiración de medianoche
  11. En el silencio de la noche
  12. La iniciativa de la invitada
  13. Un maratón nocturno
  14. El regusto del amanecer
  15. Pillados desprevenidos
  16. Nuevas reglas del juego
  17. Reto aceptado
  18. La espera de la tormenta
  19. Sin preludios de más
  20. Una locura grupal
  21. El triunfo de Natalia
  22. La cama común
  23. El despertar de la pasión
  24. Un giro al encuentro
  25. Su lengua en su sexo
  26. Una mañana nueva

Una vieja amiga

Un vuelo esperado

La llamada de Elena nos pilló a mitad de semana. Era una vieja amiga de Natalia, de los tiempos de la universidad. Elena llevaba ya varios años viviendo en otra ciudad y estaba casada, pero, por lo apretado de sus agendas de trabajo, ella y Natalia llevaban una eternidad sin verse. Y de pronto: unas vacaciones improvisadas, un billete de avión, y Elena venía a visitarnos unos días. Sola, por supuesto, sin el marido, al que no le habían dado los días libres. Natalia irradiaba felicidad y se pasó todo el viernes en la cocina, preparándolo todo para el encuentro.

Cuando Elena cruzó el umbral de nuestro piso, me sorprendí a mí mismo a punto de delatar mi asombro. Natalia siempre había dicho que Elena era una chica guapa, pero la realidad superó todas mis expectativas. Elena resultó ser increíblemente menuda, esbelta y de una elegancia juvenil. Llevaba unos vaqueros ceñidos que le marcaban a la perfección sus piernas largas y esbeltas y su trasero pequeño y redondo. Una fina camiseta de punto le ceñía con suavidad el pecho, pequeño pero de una forma preciosa. Olía a perfume caro y a frescura.

—¡Hola! ¡Por fin he llegado! —exclamó alegre, echándose a los brazos de Natalia.

Me acerqué a coger su maleta y Elena se volvió hacia mí, sonriéndome abierta y cálida. Su mirada alegre y coqueta y su ligera gracia encendieron al instante en mí el ardor conocido. La abracé a modo de saludo, notando lo miniatura y fina que era comparada con Natalia, y algo se me tensó dulcemente por dentro.

Un juego de miradas en la cena

Por la noche montamos una cena de celebración. Sobre la mesa había aperitivos exquisitos, velas encendidas y vino blanco que chispeaba en las copas. Natalia y Elena charlaban sin parar, recordando los años de universidad, compartiendo secretos y riendo. Yo estaba sentado a la cabecera de la mesa y prácticamente no le quitaba los ojos de encima a nuestra invitada.

Elena estaba preciosa en un ambiente casero. Se había cambiado y llevaba unos shorts cortos de seda y una camiseta holgada que, a cada movimiento, dejaba ver de forma seductora sus clavículas finas y el contorno de su pecho pequeño. La miraba con un deseo sin disimulo, imaginando cómo mis manos apretaban su cintura fina. Lo único que me contenía era la presencia de Natalia. Recostado en el respaldo de la silla, atrapaba cada gesto de Elena y, al parecer, ella empezó a notarlo.

Cuando Natalia se distrajo un momento con una llamada de su madre y salió al balcón, Elena alzó su copa y me miró por debajo de sus largas pestañas. Su mirada era embriagadora y llena de sobreentendidos.

—¿Por el reencuentro? —preguntó en voz baja, ladeando un poco la cabeza.

—Por el reencuentro —respondí, mirándola directamente a los ojos y demorando a propósito la mirada en sus labios carnosos. La tensión entre nosotros prendió al instante, convirtiendo una cena de amigos corriente en un juego peligroso.

Roces casuales

Pronto la penumbra del piso y el vino hicieron su efecto: el ambiente se volvió desenfadado e íntimo. Empecé a permitirme un coqueteo ligero, apenas perceptible, jugando con destreza al filo del decoro para no despertar sospechas en Natalia. Elena aceptaba de buena gana las reglas de aquel juego: reía sonora mis bromas, se ajustaba el pelo a cada rato y, como al descuido, mostraba sus piernas largas e impecables.

El momento más excitante fueron nuestros cruces por el pasillo estrecho del piso. Cuando Natalia trasteaba en la cocina con el postre, Elena y yo fuimos a la vez hacia el salón. En el paso angosto nos acercamos irremediablemente. En vez de ceder el paso educadamente a la invitada, seguí andando, y nos rozamos con los cuerpos como sin querer.

Sentí la suave presión de su pecho pequeño contra mi hombro y cómo su cadera resbalaba por mis vaqueros. Duró apenas un segundo, pero Elena se quedó un instante quieta, se le cortó la respiración y en las mejillas le asomó un rubor tierno. Sonrió tímida, susurrando un breve «uy, perdón», pero los ojos le brillaban de excitación creciente. Un poco después, al pasar junto a mí en la mesa de la cocina, fue ella la que, como sin querer, me rozó la mano con su trasero pequeño y ceñido por la fina seda de los shorts. El juego estaba en marcha, y la presencia de Natalia, que no sospechaba nada, no hacía más que echar leña a aquel fuego creciente.

Delante de sus narices

Cuando Natalia volvió al salón con una bandeja en la que humeaba té aromático y había pastelitos, Elena y yo ya estábamos sentados en el amplio sofá rinconero. Yo me acomodé en el centro, y Elena un poco a la izquierda, con sus piernas largas y esbeltas recogidas bajo el cuerpo. Natalia se sentó sonriente a mi derecha, apretándose cómoda contra mi hombro.

Por fuera todo parecía una velada familiar perfecta: Natalia interrogaba entusiasmada a su amiga sobre su vida en la otra ciudad, y Elena, gesticulando mucho, compartía riendo anécdotas divertidas. Pero bajo la gruesa manta con la que nos habíamos cubierto las piernas se desarrollaba una realidad muy distinta y secreta.

Aprovechando que la atención de Natalia estaba clavada en la cara de su amiga, bajé despacio la mano bajo la manta y me desplacé a la izquierda. Mi palma resbaló por la suave tapicería del sofá hasta topar con la piel lisa y sedosa de la pierna de Elena. Elena se cortó un segundo a mitad de frase, se le abrieron los ojos y la respiración se le volvió entrecortada. Sin embargo, casi al instante se dominó, tragó saliva con esfuerzo y siguió con su relato, fingiendo que no pasaba nada.

Mis dedos empezaron a subir despacio, provocadores, por su pantorrilla torneada hacia la rodilla. Natalia, en ese momento, me acariciaba con cariño el pecho con la mano libre, sin sospechar siquiera que su marido acariciaba en ese preciso instante a su mejor amiga. La conciencia de aquel riesgo me embriagaba y encendía en mí un incendio colosal.

Confesiones peligrosas

Elena aguantaba con las últimas fuerzas. La turbación y aquel placer agudo y prohibido le tiñeron el cuello y las clavículas de un rubor intenso. Para ocultarle su nerviosismo a Natalia, se llevaba una y otra vez la copa de vino a los labios.

Al comprender que Elena no iba a retirar la pierna, me envalentoné. Mi mano resbaló por encima de la rodilla, colándose bajo el borde holgado de sus shorts cortos de seda. La piel de Elena allí era increíblemente tierna y caliente. Empecé a acariciarle con suavidad la cara interna del muslo, acercándome centímetro a centímetro a su ansiado centro.

Elena suspiró entrecortada y, para no delatarse con un gemido, cambió de tema de golpe: —Natalia… ¿te acuerdas de cuando en tercero… en el examen de economía…? —le temblaba y se le quebraba la voz, y sus dedos apretaban frenéticos la taza de té.

—¡Ay, es verdad! —rio Natalia, del todo sumida en los recuerdos—. ¡Que escondiste la chuleta en el zapato!

Mientras Natalia reía a carcajadas, Elena volvió despacio la cabeza hacia mí. En su mirada nublada de excitación, se leía una entrega total. Separó un poco las rodillas bajo la manta, dejando que mi palma se posara sin trabas sobre sus diminutas braguitas. La tela ya estaba húmeda. Elena se mordió el labio hasta la blancura, su pecho pequeño subía y bajaba bajo la camiseta por la respiración rápida. Me miraba directamente a mí, mientras su amiga, mi mujer, estaba sentada al lado, ofreciendo la tapadera perfecta para nuestra conspiración viciosa.

Un paso más allá del límite

La tensión en la habitación se volvió tan densa que parecía que se pudiera cortar con un cuchillo. Cada palabra de Natalia nos llegaba como a través de una capa de agua: para mí y para Elena el mundo se había reducido al espacio bajo la manta de lana.

Con los dedos, aparté con cuidado a un lado la fina franja de seda de sus braguitas. Elena se arqueó muda en el sofá, sus dedos se clavaron con un espasmo en el cojín. Mi palma cubrió del todo su sexo caliente, que ardía de deseo. Empecé a acariciarla despacio, penetrante, notando cómo Elena apretaba lánguida los muslos, tratando de retener mis dedos dentro.

—Natalia, creo que voy a ir un momento al baño… a refrescarme —dijo Elena con voz ronca, apenas dueña de sí, comprendiendo que un par de segundos más y gemiría a voz en grito.

—Sí, claro, Elenita, ve —respondió Natalia con dulzura, ahuecándose el cojín bajo la cabeza.

Elena se levantó rápido del sofá, procurando no mirar a Natalia, y se apresuró hacia el pasillo. Su andar era algo inseguro, y los shorts de seda le ceñían de forma seductora su trasero pequeño. En cuanto la puerta del baño se cerró, miré a mi mujer. Natalia sonreía, adormilada y relajada.

—Qué maja es Elena, ¿verdad? —dijo en voz baja, apretándose contra mí.

—Muy maja —respondí, notando cómo en mis dedos aún ardía su humedad—. Natalia, voy a ver si cerré la puerta de entrada y de paso traigo más agua.

Me levanté del sofá y me encaminé al pasillo, sabiendo con certeza que la puerta del baño estaría sin cerrar.

Una cita secreta bajo el rumor del agua

Me acerqué en silencio a la puerta del baño. Como esperaba, el pestillo no estaba echado, y desde dentro llegaba el rumor acompasado y adormecedor del agua del grifo: la tapadera perfecta contra el oído de Natalia, que se había quedado en el salón. Bajé con cuidado la manilla, entré y cerré bien la puerta a mi espalda, sumergiéndome en el aire cálido y húmedo, impregnado del aroma del perfume de Elena.

Elena estaba de pie junto al lavabo, apoyando las palmas en la encimera de mármol. Tenía la cabeza gacha y sus piernas largas y esbeltas temblaban un poco. Al oír el chasquido de la puerta, se volvió de golpe. En sus ojos grandes se reflejaron el susto, una turbación salvaje y, a la vez, una pasión loca y hambrienta.

—Estás loco… Natalia está ahí, a unos metros… —susurró entrecortada, retrocediendo un paso hasta que la espalda topó con la pared de azulejos.

—Natalia está absorta en el teléfono y cree que estoy comprobando la puerta de entrada —respondí igual de bajo, reduciendo al mínimo la distancia entre nosotros.

Di un paso hacia ella, pegándome del todo, cortándole toda vía de retirada. Mis manos se posaron en su cintura fina, y Elena suspiró entrecortada, cerrando los ojos. Era tan menuda y frágil que en mis brazos parecía una figurita de porcelana. Su pecho pequeño, bajo la fina camiseta, subía y bajaba, hincándose directamente en mi caja torácica. La turbación de Elena ante la cercanía del marido de su mejor amiga era palpable, pero el calor que desprendía su cuerpo decía que no pensaba dar marcha atrás.

Un dulce cautiverio

Subí despacio las manos, dibujando las curvas de sus costillas, y mis palmas se deslizaron bajo su camiseta holgada. Mis dedos cubrieron sus pechos pequeños y firmes. Eran de una ternura asombrosa, y sus pezones se endurecieron al instante con mi roce. Elena gimió con dulzura, ahogada, y aquel sonido pleno se perdió en el rumor del agua del grifo. Alzó por instinto sus brazos elegantes, abrazándome por el cuello y escondiendo la cara en mi pecho.

—Dios, esto está tan mal… —susurraba mientras yo cubría de besos rápidos y calientes su cuello, sus clavículas y sus hombros.

—Pero es que tú también lo deseas, Elenita —respondí, bajando las palmas hacia sus shorts de seda.

Con un movimiento suave se los bajé junto con las braguitas, dejando al descubierto sus piernas largas e impecables y su trasero pequeño y liso. Levanté a Elena por las caderas y ella, sometiéndose dócil a mi empuje, me rodeó la cintura con sus piernas esbeltas, sosteniéndose en el aire. Su sexo, ansioso de caricias, quedó justo enfrente de mi cinturón desabrochado. El riesgo de que nos pillaran en ese mismo instante, a un paso de Natalia, encendía en nosotros una lujuria primaria e incontenible, borrando las últimas gotas de su turbación antes de la embestida final.

Una descarga rápida

Elena se tapaba la boca con todas sus fuerzas con la palma, conteniendo los gemidos que pugnaban por salir. Tenía los ojos muy abiertos por aquel cóctel salvaje de miedo, vergüenza y deseo enloquecido. Oía con nitidez cómo, en el salón al otro lado de la pared, Natalia cambiaba de canal en la tele, y aquella conciencia de la cercanía de su amiga acabó por privarla de toda voluntad de resistencia. Al principio se cohibió, tratando tímida de juntar los muslos, pero su cuerpo la traicionó: una humedad caliente y plena ya le corría a raudales por las piernas.

Al comprender que las barreras estaban rotas, Elena se abrió del todo. Separó más sus piernas largas y esbeltas, rodeándome aún más fuerte la cintura y ofreciéndose muda a que la penetrara.

No me demoré. Liberé el miembro del pantalón y de una embestida potente y honda lo hundí hasta el fondo en su sexo prieto y anhelante.

—¡Mmm-pff!… —escapó de su pecho un grito pleno, ahogado de raíz por la palma.

Apreté su trasero pequeño con más fuerza contra el azulejo frío de la pared y marqué un ritmo rápido y duro. El tiempo apremiaba. Elena empezó a mover las caderas frenética a mi encuentro, sus pechos pequeños y firmes se agitaban entrecortados, rozando mi pecho, y los dedos de sus pies se contraían con espasmos en el aire. Los chasquidos restallantes de nuestros cuerpos quedaban enmascarados por el rumor del agua. Notando que el final ya estaba cerca, aceleré el ritmo, clavándome en ella hasta la base.

Los músculos prietos de Elena empezaron a contraerse con espasmos, arrastrándome consigo. Con un gemido sordo y contenido me corrí rápido dentro de ella, derramando un chorro caliente de semen en lo más hondo de su sexo. Elena tembló con fuerza, su cuerpo se aflojó en mis brazos, atravesada por un orgasmo fulminante pero atronador.

Una conspiración de medianoche

Bajé a Elena con cuidado al suelo. Aún se le doblaban visiblemente las piernas, y en las mejillas le ardía un rubor intenso. Actuando rápido y coordinados, nos arreglamos. Elena se ajustó los shorts de seda, se lavó la cara con agua fría para bajarse el calor, y yo cerré el grifo y cogí un vaso de agua.

Cuando volví al salón, Natalia ni siquiera levantó la cabeza de la pantalla del móvil. —Cuánto has tardado, cariño —dijo perezosa. —Sí, el cerrojo de la puerta se había atascado un poco, lo estuve arreglando —respondí tranquilo, sentándome a su lado y abrazándola por los hombros.

Un minuto después salió Elena del baño. Parecía relajada, aunque la mirada nublada que me lanzó delataba todo lo que había pasado tras aquella puerta. —Ay, chicas, el viaje y el vino me han dejado hecha polvo —se desperezó Elena, mostrando sus formas impecables—. Creo que me voy a acostar.

Natalia asintió, y al poco nosotros también nos fuimos al dormitorio. Nuestra casa se sumió en el silencio de la noche. Natalia se durmió rápido, agotada por los preparativos y el alcohol. Su respiración acompasada llenaba la habitación. Estuve tumbado una media hora, asegurándome de que mi mujer dormía profundamente, y luego aparté con cuidado el edredón. La noche no había hecho más que empezar, y yo sabía con certeza que en el cuarto de invitados me esperaba la continuación de aquel juego vicioso, en el que Elena, ya sin su turbación inicial, estaría del todo lista para una nueva ronda.

En el silencio de la noche

La puerta del cuarto de invitados estaba entreabierta, dejando una franja estrecha de pálida luz de luna sobre el parqué del pasillo. Me colé dentro sin ruido, procurando no hacer crujir las tablas. En el cuarto reinaba una penumbra fresca. Elena estaba tendida en la cama grande bajo una sábana fina, vuelta hacia la puerta. A la luz tenue de la ventana vi que tenía los ojos abiertos. Me esperaba.

En cuanto eché el pestillo interior de la puerta, Elena apartó la sábana con un movimiento suave. No llevaba nada más que aquella misma camiseta holgada, que ahora apenas le cubría las caderas. Sus piernas largas y esbeltas relucían tentadoras a la luz de la luna.

—Pensaba que no vendrías —susurró apenas audible, incorporándose sobre los codos. Su pecho pequeño tensaba de forma seductora la tela de la camiseta.

—Te prometí que esto era solo el principio —respondí, quitándome la ropa sobre la marcha.

Me senté en el borde de la cama, y Elena se acercó al instante, apoyando dócil la cabeza en mis rodillas. Toda la turbación de antes, que la había tenido atenazada en la cena, se había evaporado sin dejar rastro. Ahora tenía ante mí a una mujer apasionada y hambrienta, dispuesta a cualquier locura bajo el amparo de la noche. Mis dedos se hundieron en su pelo sedoso, y la otra mano se posó en su pantorrilla lisa y torneada, listo para empezar aquel maratón nocturno.

La iniciativa de la invitada

Elena no esperó a que yo actuara. Al notar la palma en su pantorrilla, se incorporó flexible como una gata y pasó una de sus piernas largas y esbeltas por encima de mis caderas, quedando arriba. Su trasero pequeño y bonito se posó justo sobre mi ingle, y noté cómo su sexo caliente, todavía húmedo tras el baño, se apretaba contra mí a través de la fina tela de mi ropa.

Tiró con seguridad del borde de su camiseta hacia arriba y se la sacó por la cabeza, quedando del todo desnuda a la pálida luz de la luna. En aquella penumbra, su figura frágil, de clavículas elegantes y pechos pequeños y firmes, resultaba increíblemente estética.

—Ahora me toca a mí —susurró, y en su voz ya no quedaba nada de la timidez de antes. Los ojos le brillaban febriles.

Elena se inclinó hacia delante, hundiéndose en mis labios en un beso hondo y húmedo, y a la vez sus finos dedos me desabrocharon con seguridad el pantalón. Ella misma liberó mi miembro, que se llenaba de una fuerza de acero, y, alzándose de rodillas, lo dirigió con cuidado hacia su interior.

Un maratón nocturno

Descendió con suavidad, pero hasta la mismísima base, soltando un suspiro hondo y gutural de placer. Sus músculos prietos y calientes ciñeron mi carne, y Elena se quedó un segundo quieta, con la cabeza echada atrás y buscando aire con la boca, mientras sus pechos pequeños subían y bajaban al compás de su respiración entrecortada.

Luego encontró su propio ritmo, suave y arrebatado a la vez, muy femenino. Elena se movía acompasada arriba y abajo, apoyando las palmas en mi pecho y volviéndome loco con la profundidad de cada movimiento. La sujeté por sus caderas elegantes, ayudándola a mantener aquel ritmo enloquecido y apretándola más contra mí a cada embestida.

En el silencio nocturno del piso, los chasquidos restallantes y húmedos de nuestros cuerpos y el crujido apagado del colchón parecían atronadores, pero el miedo a que Natalia nos oyera en la habitación de al lado no hacía más que echar leña al fuego. Elena se arqueaba frenética en mis brazos, sus piernas largas me apretaban con fuerza la cintura, y de sus labios escapaban gemidos plenos y silenciosos con cada penetración honda. Dominaba por completo aquella caricia del amanecer, entregándose entera a aquella noche prohibida y viciosa.

El regusto del amanecer

Al notar que el final ya estaba cerca, tomé la iniciativa, tendí con suavidad a Elena de espaldas y, separándole bien las rodillas, marqué un ritmo final y demoledor. Su trasero pequeño se alzaba sobre los cojines a cada una de mis embestidas potentes, y sus dedos apretaban las sábanas con espasmos.

—Más… más fuerte… —suplicaba ronca, disolviéndose del todo en el placer.

En la cima de un orgasmo potentísimo y mutuo, me hundí hondo en ella y con un gemido sordo derramé chorros espesos y calientes de semen dentro de su sexo anhelante. Elena gritó contra mi hombro, su cuerpo se sacudió en espasmos fuertes y prolongados, y quedó exhausta y aflojada bajo mi peso, respirando pesada y rápida.

Salí con cuidado de ella, cubrí su cuerpo frágil con la sábana y la besé en la frente sudada. Elena sonrió agotada, cerrando los ojos en un placer absoluto. Sin hacer el menor ruido, me escurrí del cuarto de invitados y volví a nuestro dormitorio. Natalia seguía durmiendo un sueño hondo y sereno, de lado. Me tumbé con cuidado a su lado, abracé a mi mujer y noté cómo se enfriaba despacio dentro de mí el ardor de aquella noche loca en la que su mejor amiga nos había abierto sus facetas más recónditas.

Pillados desprevenidos

Al día siguiente, cerca del mediodía, cuando Natalia salió a comprar comida, la tensión entre Elena y yo prendió con nuevas fuerzas. En cuanto Elena entró en el cuarto de invitados a hacer la cama, yo estaba a su lado. Nos deshicimos de la ropa y pasamos rápido a la cama. Esta vez no había ni una gota de turbación: Elena, de rodillas y apoyando las palmas en el colchón, acogía dispuesta mis embestidas potentes y hondas por detrás. Su trasero pequeño se estremecía, sus piernas largas y esbeltas estaban bien separadas, y por la habitación resonaban los chasquidos restallantes y sus gemidos plenos y sonoros.

En pleno apogeo de nuestro maratón, el cerrojo de la puerta de entrada chasqueó de pronto. Nos quedamos petrificados, pero ya era tarde. Los pasos por el pasillo se acercaron a toda prisa y la puerta del cuarto de invitados se abrió de golpe.

En el umbral estaba Natalia con una bolsa en las manos. Se quedó de piedra, paseando la mirada de mi miembro al rojo a la desnuda Elena, que respiraba entrecortada e intentó cubrirse presa del pánico con el borde de la sábana. Se hizo un silencio atronador. Esperaba gritos, lágrimas o un escándalo, pero la cara de mi mujer cambió de pronto: en ella apareció una expresión extraña, fría y a la vez excitada. Dejó despacio la bolsa en el suelo.

Nuevas reglas del juego

Natalia dio unos pasos hacia el interior de la habitación, cruzando los brazos sobre el pecho y midiéndonos con una mirada evaluadora. Elena se puso muy roja, sus pechos pequeños subían y bajaban rápido de miedo y turbación.

—Así que era eso, ¿eh? ¿Habéis decidido montar la fiesta sin mí? —la voz de Natalia sonaba asombrosamente serena, pero con matices peligrosos y provocadores—. ¿Sabes qué, cariño? Ya que aquí jugáis con vuestras reglas, ahora yo también voy a jugar con las mías.

Metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y sacó con decisión su móvil. Natalia desbloqueó la pantalla y me miró directamente a los ojos:

—Ya que es así, ahora mismo llamo a mis amigos. A esos chicos fornidos del gimnasio que llevan tiempo babeando por mí. Y que vengan aquí y nos follen bien a mí y a tu Elena delante de tus narices. A ver cómo te suena eso.

Cogió el teléfono con decisión, abrió la lista de contactos y pulsó una llamada. Elena y yo nos quedamos sentados en la cama, conteniendo la respiración. La tensión del dormitorio cambió de polaridad al instante: ahora la invitada y yo éramos los participantes indefensos, y Natalia había tomado el control absoluto de la situación, convirtiendo nuestra traición en el comienzo de una locura grupal grandiosa y salvaje.

Reto aceptado

Natalia se pegó el teléfono a la oreja, sin apartar de nosotros su mirada ardiente y resuelta. En el auricular sonaron unos tonos cortos y luego una voz masculina segura y grave.

—Hola, Marcos —dijo Natalia con una sonrisa leve y llena de intención, paseándose por la habitación—. ¿Estáis ahora con los chicos en el gimnasio? Perfecto. Tengo una propuesta muy tentadora para vosotros. Dejad las pesas y venid a mi casa ahora mismo. Sí, la misma dirección. Y traeos a Bruno y a Óscar… Aquí se avecina una fiesta muy caliente, y mi amiga y yo necesitamos con urgencia unas buenas manos de hombre. Os espero.

Colgó y nos miró triunfante. La llamada había resultado más que exitosa: a juzgar por la reacción al otro lado, los chicos habían salido disparados al instante.

Elena estaba sentada en el borde de la cama, recogiendo desconcertada sus piernas largas y esbeltas bajo el cuerpo. Su pecho pequeño se agitaba trémulo, y en su cara se leía una mezcla de turbación salvaje y una anticipación prohibida que había prendido de golpe. Comprendía que no había vuelta atrás: en media hora aquella habitación se llenaría de testosterona, y su cuerpo miniatura quedaría a merced de tres hombres atléticos y hambrientos. Yo estaba a su lado, notando cómo, contra toda lógica, mi miembro se llenaba de nuevo de una fuerza pesada y palpitante ante aquella idea. Natalia había tomado la iniciativa de un modo tan elegante y autoritario que a nosotros solo nos quedaba someternos.

La espera de la tormenta

Los siguientes treinta minutos transcurrieron en una espera tensa y lánguida. Natalia se comportaba como la dueña absoluta de la situación. Pasó tranquila al dormitorio, se quitó la ropa de diario y se cambió por una batita de encaje semitransparente que prácticamente no ocultaba nada. Al pasar junto a Elena, le recorrió con suavidad el hombro desnudo con los dedos:

—Bueno, Elenita, ¿lista para un recibimiento de verdad? Tu marido, en la otra ciudad, seguro que no te da lo que te van a montar estos chicos.

Elena solo asintió tímida, tragando saliva. La turbación ante su amiga daba paso poco a poco a una espera franca y febril. Natalia se acomodó en un sillón, con las piernas cruzadas, hojeando perezosa algo en el teléfono. Yo estaba sentado en el sofá del salón, comprendiendo que mi papel en aquella historia cambiaba a toda velocidad: de seductor activo me convertía en un espectador ávido que iba a contemplar la caída grandiosa de dos mujeres a la vez: mi legítima esposa y su menuda amiga.

De pronto, en el silencio del piso, sonó el timbre agudo y exigente del portero automático. Los chicos habían llegado. Natalia se levantó despacio del sillón, se ajustó el encaje del pecho y fue a abrir la puerta con una sonrisa depredadora, dejándonos a Elena y a mí conteniendo la respiración en el umbral de una locura nunca vista.

Sin preludios de más

La puerta del piso se abrió y al recibidor entraron con seguridad tres chicos: Marcos, Bruno y Óscar. Los tres eran altos, anchos de hombros, de torsos definidos que se adivinaban con nitidez bajo las camisetas deportivas. Desprendían seguridad, fuerza y pura testosterona. Tras recorrer con la mirada a la semidesnuda Natalia en su batita transparente y a la asustada pero excitadísima Elena en la cama del cuarto de invitados, los chicos se cruzaron miradas depredadoras. No hacían falta palabras de más ni copas de vino: todos lo entendieron a la primera.

—Buen reto, Natalia —dijo Marcos con voz grave y ronca, atrayendo de entrada a mi mujer hacia sí por la cintura.

Se hundió con rudeza, con aire de dueño, en sus labios en un beso hondo, arrancándole a la vez la batita de encaje. Natalia gimió con dulzura, entregándose por completo a su fuerza. Entretanto Bruno y Óscar, quitándose sobre la marcha las camisetas y las zapatillas, se dirigieron derechos al cuarto de invitados, hacia Elena.

Elena se encogió en la cama, sus pechos pequeños y firmes se agitaban trémulos de miedo y turbación ante aquellos desconocidos macizos. Pero cuando Bruno la agarró con autoridad por sus caderas elegantes, comprendió que era tarde para dar marcha atrás. Óscar se acomodó junto a su cabecera y Elena, sometiéndose a su gesto exigente, abrió tímida pero ávida la boca, acogiendo su carne ya al rojo.

Una locura grupal

El piso se llenó al instante de los sonidos de una pasión salvaje y sin freno. Los chasquidos restallantes y húmedos de los cuerpos, los suspiros hondos masculinos y los gemidos plenos e incesantes de las dos mujeres se fundieron en un único fragor atronador.

Marcos tendió a Natalia justo sobre la gran mesa de la cocina. Separándole las piernas, de una embestida potente entró en ella hasta el fondo. Natalia gritó fuerte, aguda, de placer, echando la cabeza atrás y clavándole las uñas con un espasmo en sus hombros macizos.

En el cuarto de invitados Bruno ya follaba a Elena por detrás con todas las ganas. La sujetó sin miramientos por la cintura fina, y su trasero pequeño y bonito acogía dócil sus embestidas hondas y demoledoras. Elena ofrecía las caderas frenética hacia atrás, disolviéndose por completo en aquel maratón salvaje, mientras Óscar seguía acariciándole la cara y los labios desde arriba. Sus piernas largas y esbeltas temblaban por la tensión colosal, y gotas de sudor le brillaban en la piel tierna a la luz del sol del mediodía.

Yo estaba de pie en el vano de la puerta, del todo desnudo, con el miembro palpitando desbocado en la mano. Contemplar cómo tu mujer y su frágil amiga se entregan a la vez a tres chicos atléticos y fuertes en tu propia casa era la cumbre del placer vicioso. Natalia atrapó mi mirada a través del vano de la cocina y, con una sonrisa pícara en plena embestida de Marcos, me sacó la lengua, celebrando su victoria absoluta en aquel juego.

El triunfo de Natalia

El final de aquella locura llegó como un alud. Los chicos del gimnasio actuaban coordinados y con fuerza, llevando a las chicas al agotamiento. En el cuarto de invitados Bruno, con un rugido sordo, se corrió muy adentro de Elena, derramando chorros espesos de semen en su sexo anhelante, con lo que Elena gritó, sacudiéndose en un orgasmo potentísimo. A la vez, Óscar le cubrió el pecho bonito y la cara de una leche pegajosa.

En la cocina Marcos, tras unas últimas embestidas duras, se derramó con un gemido sonoro sobre el vientre plano de Natalia. Mi mujer se arqueó, su cuerpo tembló levemente en el espasmo final del placer, y cayó exhausta de espaldas sobre la superficie lisa de la mesa, respirando pesada y rápida.

Los chicos, agotados y satisfechos, se pusieron sin prisa a arreglarse y a vestirse. Me dieron unas palmadas amistosas en el hombro, cruzaron un par de frases con Natalia y, cogiendo sus cosas, se marcharon ruidosos del piso.

En la casa se hizo el silencio, roto solo por la respiración entrecortada de las dos mujeres agotadas. Elena estaba tendida en la cama, con sus piernas largas abiertas, cubierta de las huellas de la cercanía intensa, y en su cara ya no quedaba ni una gota de turbación: solo una satisfacción honda y saciada. Natalia se levantó despacio de la mesa, se acercó pegándose a mí y, lamiéndome una gota de sudor del cuello, me susurró al oído: —Bueno, cariño, ¿ahora estamos en paz? La próxima vez piénsatelo dos veces antes de empezar un juego sin mí.

La cama común

Tras los intensos sucesos del día anterior, en nuestro piso reinó un silencio asombroso y apaciguador. Las fronteras se habían borrado, los secretos revelados, y eso, paradójicamente, nos acercó a todos. La noche anterior la pasamos juntos, en la enorme cama de matrimonio de nuestro dormitorio. Natalia se acomodó en el centro, yo la abrazaba por la derecha, y Elena, hecha un ovillo, dormía por la izquierda. En la habitación reinaba una suave penumbra matinal, a través de las cortinas gruesas apenas se colaban los primeros rayos de sol, y el aire estaba impregnado del aroma de los cuerpos femeninos y de un languidecimiento perezoso.

Elena se despertó la primera. Estuvo unos minutos inmóvil, escuchando la respiración serena y acompasada de Natalia. La salvaje locura grupal del día anterior la había liberado del todo de su rigidez. Al mirar la cara bonita y relajada de su amiga, sumida en un sueño profundo, Elena sintió una oleada de ternura y gratitud sin precedentes.

Con cuidado, procurando no hacer ruido, se acercó a Natalia por detrás. Sus piernas largas y esbeltas rozaron con suavidad las caderas de su amiga, y sus pechos pequeños y firmes se apretaron contra la espalda redondeada de Natalia. Elena contuvo la respiración, se inclinó hacia su cabeza y, con una ternura increíble, apenas perceptible, besó a Natalia en el lóbulo de la oreja, bajando despacio con los labios hacia el cuello.

El despertar de la pasión

Natalia se desperezó dulcemente en sueños y entreabrió los ojos ante aquel roce provocador y cariñoso. Al comprender de quién eran los labios que le calentaban ahora la piel, no se apartó, solo ronroneó bajo, en pleno placer, ofreciendo el cuello a los nuevos besos de su amiga.

—Elenita… ¿qué haces…? —susurró Natalia con voz somnolienta y algo ronca, sonriendo contra la almohada.

—Buenos días —respondió Elena en voz baja, y su mano, bajo el edredón, se posó despacio en la cintura de Natalia.

Yo me desperté con su susurro tenue. Al abrir los ojos, me quedé quieto, procurando no delatarme con ningún movimiento. La estampa que se desarrollaba justo ante mí me hizo hervir la sangre al instante: dos mujeres hermosas, desnudas bajo la fina sábana, se acariciaban en el silencio de la mañana. Elena actuaba asombrosamente suave, dibujando con cuidado con los dedos las curvas del vientre de Natalia y subiendo hacia su pecho pleno. Natalia, a cambio, alzaba las caderas, apretando más su trasero pleno contra el sexo de Elena y suspirando bajito de placer.

Un giro al encuentro

Al notar que las caricias de Elena se volvían cada vez más insistentes y calientes, Natalia se giró con suavidad en la cama. La fina sábana resbaló, dejando del todo al descubierto sus cuerpos en la penumbra matinal del dormitorio. Natalia quedó cara a cara con Elena. Durante unos segundos se limitaron a mirarse a los ojos: dos amigas casadas que la víspera habían compartido una aventura enloquecida y ahora se hundían en una ternura pura y sincera la una por la otra.

Elena se estiró tímida hacia delante y sus labios se encontraron. El beso empezó como un roce suave y trémulo, pero pronto se transformó en una caricia honda y sensual. Natalia gimió con dulzura contra los labios de Elena, abrazándola por sus hombros frágiles y apretando contra sí su cuerpo miniatura. Los pechos pequeños y firmes de Elena se apretaron contra las formas plenas de Natalia, creando un contraste increíble y turbador.

Retiré la mano de la cadera de Elena y me aparté un poco, dejándoles más espacio en la enorme cama. Me acomodé mejor sobre los cojines, con la cabeza apoyada en la mano, y me convertí en un testigo mudo, sin participar en absoluto. La excitación palpitaba dentro de mí con una fuerza colosal, pero me contenía a conciencia. Contemplar cómo tu mujer se disuelve por completo en los brazos de su amiga esbelta y de piernas largas era un placer especial.

Su lengua en su sexo

La tensión del dormitorio crecía a cada segundo. Los gemidos de Natalia se hicieron más frecuentes y sonoros, sus caderas se movían cada vez más frenéticas. Elena, deslizando el cuerpo aún más abajo, descendió del todo entre las piernas largas y esbeltas de su amiga. Le separó con cuidado los muslos, abriéndose acceso pleno al sexo de Natalia, que ardía de deseo.

Inclinando la cabeza, Elena pegó los labios a su sexo caliente y del todo empapado. Su lengua flexible y húmeda empezó a acariciar, provocadora y sin prisa, el clítoris sensible de Natalia, haciéndola estremecerse al instante con todo el cuerpo.

—¡Aaahh!… ¡Elena!… —escapó de los labios de Natalia un grito pleno y agudo.

Natalia se aferró con espasmos a las sábanas de seda, arqueando la cintura y ofreciendo las caderas hacia arriba, ebria, al encuentro de aquel placer increíble. Elena actuaba con arte y seguridad: su lengua se colaba entre los pliegues tiernos, recogiendo la dulce humedad y llevando a su amiga al frenesí. El contraste entre la frágil y menuda Elena y las formas plenas de Natalia, que literalmente se derretía bajo sus caricias, resultaba asombroso.

Yo observaba aquella estampa conteniendo la respiración. Natalia gemía cada vez más fuerte, su respiración se volvió entrecortada y sus caderas empezaron a temblar con espasmos. Elena captó aquel momento y aceleró, acariciándola con la lengua sin pausa y con fuerza en lo más hondo de su sexo.

En la cima del placer Natalia se arqueó de golpe. De su pecho escapó un grito largo y prolongado que derivó en un susurro ronco, y su cuerpo se sacudió en un orgasmo potentísimo y duradero. Apretó con espasmos la cabeza de Elena entre los muslos, derramando chorros de néctar, hasta que las olas de placer al fin la soltaron. Elena subió despacio y se apretó con ternura contra su amiga agotada, besándola en la mejilla mojada de sudor. Natalia yacía en un placer absoluto, respirando pesada y sonriéndome perezosa en la penumbra del dormitorio.

Una mañana nueva

Estaban tendidas, con brazos y piernas entrelazados, respirando pesada en el frescor matinal de la habitación. Natalia abrió despacio los ojos nublados y me miró. En su mirada, llena de un placer hondo y saciado, volvió a asomar aquel triunfo pícaro de siempre. Le sonreí a cambio, reconociendo sin palabras que aquella mañana, sin mi participación activa, se había convertido en uno de los momentos más estéticos y excitantes de nuestra historia.

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