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Natalia
Natalia

La casa del bosque

La amiga Sofía invita a Natalia al cumpleaños de su marido en una casa del bosque, donde a la invitada la espera un guion preparado de antemano.

Índice (13 capítulos)
  1. Una invitación inesperada
  2. Preparativos para la fiesta
  3. La casa del bosque
  4. Un ambiente embriagador
  5. Bailes ardientes
  6. Cartas sobre la mesa
  7. Directamente en el sofá
  8. Sumisión total
  9. Un salón insaciable
  10. El dormitorio del vicio
  11. Agotamiento absoluto
  12. El regreso a casa
  13. Una confesión viciosa

Una invitación inesperada

Todo empezó con una llamada de teléfono cualquiera a mitad de semana. Sofía, una compañera de trabajo cercana de Natalia, pidió hablar durante la pausa del almuerzo. Tenía la voz nerviosa y algo conspiradora.

—Natalia, mira, es que… El sábado es el cumpleaños de mi Gabriel —empezó Sofía, escogiendo las palabras con excesiva prisa—. Reúne a sus amigos en una casa a las afueras. Va a ser una compañía puramente masculina de sus colegas de negocios, todos tipos serios y con posibles. Pero hay un problema: todos vienen sin pareja. Gabriel está en pánico, dice que la velada va a acabar en una reunión aburrida. Me ha suplicado que encuentre una compañía alegre y guapa. ¿No podrías venir? ¡Por favor! ¡Sálvanos la fiesta!

Natalia, con el teléfono pegado a la oreja, me miró desconcertada. Estábamos sentados en la cocina y yo oía perfectamente toda la conversación.

—Sofía, no sé… Estoy casada, me da apuro presentarme sola en una compañía de chicos desconocidos —dudó Natalia, ajustándose la batita de casa.

—¡Anda ya! Mi Gabriel te adora, todo estará bajo su control —se apresuró a soltar Sofía—. Solo vamos a estar un rato, tomar buen vino, bailar. No vamos a molestar a tu marido; te dejará una noche con una amiga, ¿no?

Natalia tapó el auricular con la palma y me lanzó una mirada interrogante. Asentí en silencio, mientras en mi cabeza empezaba a encajar un puzle vicioso. Conocía demasiado bien a Gabriel y las costumbres de su grupo. Estaba claro: el marido de Sofía le había pedido que invitara a Natalia no precisamente para unos bailes inocentes. Necesitaban a una mujer espléndida y plena para el entretenimiento común, pero le habían mandado a Sofía ocultar el verdadero objetivo, sabiendo que, de otro modo, Natalia se asustaría y se negaría en redondo. El riesgo y la intriga de aquella situación resonaron al instante con un pulso pesado en mi ingle. Le guiñé un ojo a mi mujer, indicándole que aceptara.

Preparativos para la fiesta

—Vale, Sofía, me has convencido. Voy, ayudo a tu Gabriel a espantar el aburrimiento masculino —sonrió Natalia al teléfono.

—¡Genial! ¡Nos salvas! Elige el vestido más espectacular, que nuestros chicos son caprichosos —exhaló alegre Sofía, y le pasó la ubicación de la casa.

Cuando terminó la conversación, Natalia se volvió hacia mí, con chispas de ardor juvenil mezclado con una leve inquietud bailándole en los ojos. —¿De verdad no te importa? —preguntó, sentándose en mis rodillas—. Al fin y al cabo, allí solo va a haber hombres.

—Claro que no me importa, cariño. Eres una mujer adulta y hermosa. Te viene bien despejarte de vez en cuando y ser el centro de atención —respondí, acariciándole con suavidad las caderas, conteniendo a duras penas un triunfo interior. Natalia ni siquiera sospechaba a qué refinada trampa se dirigía voluntariamente.

La velada del sábado llegó rápido. Natalia se tomó la elección del atuendo con toda la pasión. Se puso un vestido de noche ceñido de fino punto negro con un escote de vértigo que le realzaba el pecho pleno y turgente. El bajo corto dejaba ver sus caderas apetitosas, ceñidas por las medias. Con un maquillaje de noche y un perfume intenso rociado en el cuello, parecía un premio caro que uno quiere conquistar. La besé de despedida en la puerta, deseándole una buena velada, y me senté en el sillón con la vista clavada en el teléfono: esperaba el momento en que aquella trampa se cerrara de golpe.

La casa del bosque

La casa de campo de Gabriel estaba en un paraje recóndito y pintoresco, rodeado de altos pinos. Cuando el taxi llevó a Natalia hasta la verja, eran cerca de las ocho de la tarde. De las ventanas de la mansión de dos plantas brotaba una luz suave y llegaba una música elegante y contenida.

En el umbral la recibió Sofía, con un elegante traje de pantalón. Recorrió a Natalia de arriba abajo, entusiasmada: —¡Guau! Eres la reina de la noche. Los chicos de ahí dentro ya están volviéndose locos. ¡Vamos, rápido!

Sofía llevó a su amiga a un amplio salón con sofás de cuero y una chimenea. En torno a una gran mesa, cubierta de alcohol caro, estaban sentados cuatro hombres. El propio homenajeado, Gabriel —un hombre atlético de unos treinta y cinco años—, y tres amigos suyos. Eran tipos corpulentos y seguros de sí mismos, de miradas depredadoras y evaluadoras. Natalia sintió al instante cómo un escalofrío le recorría la piel: en cuanto cruzó el umbral, las conversaciones de los hombres se apagaron y cuatro pares de ojos se clavaron hambrientos en su pecho semidesnudo y sus piernas al aire.

—Gabriel, te presento, esta es mi Natalia, de la que te hablé —la presentó Sofía con orgullo.

Gabriel se levantó despacio de su sitio, su mirada resbaló por las curvas de la cintura de Natalia y en su cara apareció una sonrisa saciada y triunfal. La conspiración planeada por sus amigos empezaba a tomar cuerpo.

—Encantados, Natalia. Sofía no mentía: eres preciosa —dijo Gabriel con voz grave y aterciopelada, tendiéndole una copa de espumoso llena hasta el borde—. Siéntate con nosotros. Chicos, conoced a nuestra invitada de honor.

Un ambiente embriagador

Natalia se sentó en el borde de un profundo sofá de cuero, sintiéndose algo cohibida bajo el fuego cruzado de las miradas masculinas. Pero un par de tragos de champán fresco e intenso le quitaron rápido la primera tensión. Los hombres la rodearon enseguida de atenciones. Gabriel presentó a sus amigos: Arturo, Darío y Rubén, los tres exitosos, seguros de sí mismos y poco acostumbrados a echarse atrás.

La conversación surgió con facilidad. Los chicos, a cual más, le hacían a Natalia cumplidos exquisitos, tejiendo con habilidad en la charla amistosa un coqueteo franco y caliente. Le rellenaban una y otra vez la copa de vino caro, y Natalia notaba cómo por su cuerpo se extendía un languidecimiento agradable y relajante. Cada palabra suya la recibían con sonrisas, cada gesto lo atrapaban con arrobo.

Sofía estaba sentada algo apartada, haciendo girar suave su copa. Al principio Natalia miraba tímida a su amiga, temiendo que semejante ímpetu por parte de los hombres pudiera parecer indecente. Pero, para su sorpresa, Sofía solo sonreía cómplice y asentía animándola. Sofía lo entendía todo a la perfección. Desde el principio sabía por qué Gabriel había pedido llevar precisamente a Natalia: una mujer espléndida, plena y apetitosa, capaz de volver loca a cualquier compañía. Y Sofía no tenía el menor reparo en convertirse en cómplice de aquella refinada trampa.

Bailes ardientes

Cerca de medianoche la música del salón se volvió más lenta y densa, y bajaron la luz, dejando solo los suaves reflejos de la chimenea. El alcohol ya le zumbaba en la cabeza a Natalia, tiñéndole las mejillas de un rubor intenso y seductor. Su ceñido vestido negro se le tensó de forma seductora sobre el pecho pleno cuando, cediendo a los ruegos, se levantó del sofá para bailar.

El primero en sacarla fue Rubén, un hombre alto y ancho de hombros, de brazos fuertes. Rodeó con seguridad la cintura de Natalia, atrayendo su cuerpo pleno hacia sí un poco más de lo que exigía el decoro. Natalia se estremeció, pero el alcohol y la embriagadora sensación de su propia superioridad le quitaron la severidad. Le puso dócil las manos en los hombros, cediendo al ritmo.

Durante el baile Rubén, como sin querer, deslizó la palma más abajo, dibujando con suavidad la curva de sus caderas apetitosas. Natalia suspiró entrecortada, pero no se apartó. En la siguiente canción lo relevó Darío. Actuó aún con más audacia: su aliento caliente le abrasaba el cuello, y sus dedos, tímidos pero insistentes, le acariciaban la piel desnuda de la espalda a través del escote del vestido. Natalia sonreía despacio, atrapando las miradas carnívoras de Gabriel y Arturo, que, sentados en el sofá, literalmente la devoraban con los ojos, saboreando el pronto desenlace. Sofía, de pie junto a la barra, bebió despacio un sorbo de vino, dando al marido y a sus amigos una señal muda: la escena estaba lista, era hora de pasar a la acción.

Cartas sobre la mesa

Cuando terminó el baile, Natalia, algo tambaleante, volvió al sofá. La cabeza le daba vueltas del vino y de la cercanía de los fuertes cuerpos masculinos. Quería sentarse, pero Gabriel la sujetó con cuidado por la muñeca y la llevó al centro del sofá, sentándola justo entre él y Arturo.

—Natalia, eres sencillamente divina —dijo Gabriel con voz grave y aterciopelada, y su mano, como al descuido, se posó en su rodilla desnuda, donde acababa el bajo del vestido corto.

Natalia se quedó quieta, el corazón le latía desbocado. Miró a Sofía, buscando muda su apoyo, pero su amiga solo sonrió cálida y dijo en voz baja: —Relájate, Natalia. Los estás volviendo locos. Gabriel y los chicos están locos por ti, y tu marido está lejos… Permítete ser deseada esta noche.

Aquellas palabras destruyeron del todo los restos de la defensa de Natalia. La conciencia de que su amiga aprobaba lo que pasaba actuó como el más potente afrodisíaco. En ese momento la palma de Gabriel trepó despacio, milímetro a milímetro, por su muslo, arrugando el fino punto del vestido y dirigiéndose a la banda de encaje de la media. Por el otro lado, Arturo le hundió con cuidado los dedos en el pelo, ladeándole con suavidad la cabeza hacia atrás y acercando sus labios a su oído. La trampa ideada por los hombres se cerró al fin de golpe, y Natalia, respirando pesada y entrecortada, capituló por completo ante aquella ola creciente de deseo masculino.

Directamente en el sofá

Natalia cerró los ojos, entregándose del todo al dominio de aquellas sensaciones embriagadoras. Ya no tenía fuerzas para resistirse, y tampoco quería. La palma de Gabriel superó con seguridad la barrera de encaje de la media y se posó en la piel caliente y tierna de la cara interna del muslo. Natalia suspiró entrecortada, recostándose más en el respaldo del sofá y ofreciendo sin querer su pecho pleno y turgente a las miradas de los hombres.

Arturo, sentado a la derecha, no perdió el tiempo. Sus fuertes dedos se colaron en el escote profundo de su vestido negro, liberando con suavidad un pecho de la prisión de la tela. El pecho redondo y pesado de Natalia, con el pezón ya endurecido, quedó libre. El hombre exhaló ronco y pegó los labios a su cuello, bajando con besos hacia el pleno canalillo.

—Qué plena eres, Natalia… —susurraba Darío, arrodillándose ante el sofá.

Le separó con seguridad sus muslos dóciles y apetitosos, arrugando del todo el bajo del vestido corto sobre su cintura. Las finas braguitas de encaje de Natalia ya estaban húmedas de la excitación creciente. Rubén se acomodó a sus pies, apretándole con ternura pero con firmeza los tobillos elegantes.

Sofía seguía de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados sobre el pecho. En sus ojos ardía un brillo febril y oscuro: contemplar cómo su marido Gabriel, junto con sus amigos más cercanos, tomaba allí mismo, en el salón, a la espléndida Natalia, la llevaba a su propia cima.

Sumisión total

Todo el salón de la casa del bosque se llenó de sonidos plenos y húmedos, de roces de ropa y de gemidos femeninos entrecortados. Darío apartó con cuidado con los dedos la franja de seda de sus braguitas y pegó los labios calientes a su sexo.

—Aaahh… —Natalia gritó aguda y plena, clavando con espasmos los dedos en los hombros de Gabriel y Arturo.

Sus caderas se movieron por instinto al encuentro de las caricias de Darío, y de su pecho escapaban sollozos roncos e incesantes. Gabriel, entretanto, ya se había desabrochado el pantalón, liberando su carne turgente de fuerza de acero. Sujetó a Natalia por la cintura, ayudándola a alzarse y a acomodarse a horcajadas sobre sus rodillas, de cara a sus amigos.

Natalia se sometió dócil. Al quedar sobre Gabriel, ella misma dirigió su miembro hacia su sexo caliente y anhelante, acogiéndolo hondo y del todo. Un nuevo grito pleno se ahogó en el beso hondo de Arturo, que se pegó al instante a sus labios, compartiendo su aliento. Rubén y Darío seguían acariciándole las piernas largas y el pecho, convirtiendo el salón en un espacio de éxtasis grupal primario y salvaje, donde Natalia, olvidando por completo a su marido y el decoro, se disolvía en manos de cuatro hombres fuertes.

Un salón insaciable

Gabriel se clavaba en Natalia desde abajo con fuerza y profundidad, sujetándola por sus caderas plenas y oscilantes. Cada embestida resonaba en el salón con un chasquido restallante y húmedo. Natalia perdió por completo el control de sí misma: se le deshizo el peinado, el carmín se le corrió tras los besos de Arturo, y el vestido negro quedó del todo arrugado sobre la cintura, dejando al descubierto su cuerpo espléndido y besado.

Arturo, sentado al lado, tomó la iniciativa sin miramientos. En cuanto Gabriel, con un gemido sordo, salió de ella dejando huellas calientes en sus caderas, Arturo tendió a Natalia de espaldas justo sobre los cojines de cuero del sofá. Le separó bien las piernas dóciles, echándoselas sobre los hombros, y de entrada hundió su miembro al rojo en su sexo, que manaba néctar.

—Ooohh, ¡sííí!… —gritó Natalia plena y prolongada, arqueándose.

En ese momento Rubén se acercó a su cara, reclamando atención. Natalia, sin sentir ya ni una gota de la turbación de antes, abrió ávida la boca, acogiendo su carne hasta la base. Darío le acariciaba el pecho pleno, amasándole los pezones con los dedos y cubriéndole el vientre de besos húmedos. Los hombres se relevaban uno tras otro, sin dejar a Natalia recobrar el aliento, convirtiendo el sofá en un mar embravecido de lujuria. Pero aquello era solo el comienzo de su grandioso plan.

El dormitorio del vicio

—Arriba con ella, chicos. Allí es más cómodo —ordenó ronco Gabriel, respirando pesado.

Rubén y Darío alzaron en brazos a la aflojada Natalia, anhelante de placer, y la llevaron con seguridad por la amplia escalera a la segunda planta, al lujoso dormitorio principal con una cama enorme. Natalia entornaba los ojos, sus piernas largas, ceñidas por las medias negras, colgaban de forma seductora y su pecho subía y bajaba alto.

La tendieron en el mismísimo centro de las sábanas de seda. Allí, en el espacio de la cama enorme, los hombres se desplegaron con toda su fuerza. Ya no había marcos ni decoro: habían decidido tomar a aquella mujer plena por todos sus orificios recónditos y hambrientos.

Arturo volvió a ocupar el sitio entre sus muslos, follándola dura y honda en el sexo. Natalia gemía frenética, moviéndose a su encuentro. A la vez, Darío la giró con cuidado pero con autoridad de lado y, lubricando abundante su trasero prieto y bonito con los néctares que fluían, empezó a avanzar despacio, centímetro a centímetro, en su ano.

—¡Mmm-pff!… —Natalia gritó por aquel espectro de sensaciones increíble y agudo, pero su grito lo ahogó al instante Gabriel, que entró justo en su boca.

Quedó atrapada entre tres hombres fuertes, cada uno tomando su parte de su cuerpo espléndido. Rubén estaba al lado, masajeándole el pecho y esperando su turno, mientras sus amigos, en un ritmo único y enloquecido, dilataban los orificios de Natalia, llevándola a un estado de éxtasis total.

Agotamiento absoluto

Los hombres cambiaban de sitio, probaban nuevas posturas y follaban a Natalia juntos y por turnos. La ponían a cuatro patas, haciendo que su trasero pequeño y redondo acogiera dócil las embestidas hondas de Rubén en el ano, mientras Darío le dilataba al máximo el sexo por delante, y Arturo e Gabriel se corrían por turnos en su cara y en su boca. Natalia se disolvía por completo en aquella sumisión: hambrienta, plena, toda cubierta de semen masculino pegajoso, solo suplicaba ronca que no pararan.

El final de aquella noche loca en la casa del bosque fue un alud. Los hombres, uno tras otro, derramaron la fuerza acumulada en su cuerpo extenuado pero feliz. Rubén y Darío se corrieron a la vez —uno en su sexo hondo y caliente, y el otro en su ano prieto y palpitante—, haciendo que Natalia se sacudiera en un orgasmo potentísimo y prolongado. Gritó aguda, su cuerpo se convulsionó en espasmos de placer.

Cuando todo terminó, Natalia quedó exhausta y despatarrada sobre las sábanas de seda empapadas. Sus piernas largas estaban bien separadas, chorros blancos le resbalaban por el cuerpo, y en su cara vagaba la sonrisa lenta y saciada de una mujer del todo satisfecha. La trampa de Gabriel y sus amigos culminó en un triunfo absoluto, regalándole a Natalia una noche que no olvidaría jamás.

El regreso a casa

De madrugada, cuando los primeros rayos pálidos del sol apenas rozaron las copas de los pinos, Natalia volvió a la ciudad en taxi. Iba sentada en el asiento trasero, del todo vacía, agotada y ebria de la locura vivida. Su vestido de punto negro estaba arrugado, en el cuello y las clavículas le ardían chupetones morados, y en el bajo vientre aún conservaba una sensación lánguida y punzante tras las embestidas demoledoras de los hombres.

Yo no había dormido en toda la noche. Cuando el cerrojo de la puerta chasqueó, la recibí justo en el recibidor. Natalia dio un paso al interior y se quedó quieta, bajando la mirada culpable. Olía a kilómetros a perfume ajeno, a tabaco caro y a ese olor persistente e inconfundible del sexo intenso.

Me acerqué pegándome, la agarré sin miramientos por la barbilla y la obligué a mirarme a los ojos. —Cuéntame. Todo. Hasta el último detalle —ordené con autoridad, recorriéndole la cadera con la palma y notando que sus braguitas se habían quedado en aquella casa del bosque—. Cuéntame cómo te follaron.

Una confesión viciosa

Natalia tembló con fuerza, pero mi tono insistente y su propia excitación viciosa, que prendió con nuevas fuerzas, rompieron la última defensa. Apoyando la espalda en la puerta de entrada, empezó a hablar. Se le quebraba la voz en un susurro ronco, las mejillas le ardían de un rubor intenso de turbación, pero no ocultó nada.

—Al principio… al principio solo bailábamos… —susurraba Natalia respirando entrecortada, mientras mis dedos le apretaban sin miramientos el pecho pleno a través de la tela del vestido—. Y luego… Darío me tendió en el sofá y… y empezó a lamerme… E Gabriel se sacó el miembro y entró en mí… Me follaron allí mismo, en el salón, delante de Sofía…

Yo escuchaba su confesión, notando cómo mi miembro se llenaba al instante de una fuerza férrea y palpitante. Natalia, llorando de vergüenza y de placer, seguía describiendo cómo la llevaron al dormitorio, cómo la pusieron a cuatro patas, cómo Arturo, Rubén, Darío e Gabriel le dilataban todos los orificios juntos y por turnos, llenándole el sexo y el ano de semen caliente.

—Se corrieron todos en mí… y en la cara… estoy toda cubierta de su leche, cariño… —sollozó, capitulando por completo.

Al comprender que estaba al límite, de un tirón le subí el vestido, la volví de cara a la puerta y, sin darle tiempo a recobrarse, hundí con fuerza mi miembro al rojo en su sexo anhelante, generosamente lubricado por los néctares ajenos, rematando aquella grandiosa historia campestre con mi propio final victorioso.

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