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Natalia
Natalia

Un compañero de viaje casual

Una avería en la carretera nocturna, el coche del parco Antonio que los recoge y un motel de carretera para dos.

Índice (12 capítulos)
  1. Una avería en la carretera
  2. Tensión en la penumbra
  3. Una exploración tímida
  4. Las últimas millas
  5. Una habitación «de lujo» para dos
  6. Un comienzo tímido
  7. Una espera lánguida
  8. Explorando los límites
  9. Besos ingrávidos
  10. Rompiendo las barreras
  11. Capitulación total
  12. Final en el motel

Una avería en la carretera

El regreso de la excursión al campo se torció desde el principio. Hacia el atardecer el cielo se cubrió de nubes espesas, cayó un aguacero denso y sordo, y en medio de una carretera desierta, encajonada entre una pared de bosque y campos aislados, nuestro coche soltó un golpeteo lastimero y se caló del todo. Los intentos de reanimar el motor bajo la lluvia torrencial no dieron nada: se fue el alternador y la electrónica se apagó por completo, dejándonos en el habitáculo que se enfriaba, sin calor ni luz.

Hasta la ciudad quedaban aún unos cien kilómetros, la cobertura del móvil en aquella hondonada era pésima, y los pocos coches pasaban de largo salpicándonos de barro. Natalia se arrebujaba con frío en su cárdigan ligero, apretándose contra mí. Sus dedos finos temblaban visiblemente, no tanto por el frescor como por el pánico que crecía.

Media hora después de aquella espera infructuosa, en el arcén frenó un todoterreno macizo y sólido. De él salió un hombre alto, ancho de hombros, con una recia chaqueta de cuero. Se llamaba Antonio. Al enterarse de lo que pasaba, examinó comprensivo nuestro coche y abrió los brazos: —Aquí solo cabe llamar a una grúa, chicos. Pero, a este quinto pino, un domingo por la tarde, tardará unas tres horas, no menos. Hagamos una cosa: vuestro coche no se va a ir a ninguna parte, cerradlo. Subid conmigo, os llevo al motel de carretera más cercano, a unos veinte kilómetros hay un sitio decente con cafetería. Allí, al calor, pedís ayuda.

Natalia y yo nos cruzamos una mirada. La perspectiva de congelarnos en la carretera oscura asustaba, y aceptamos agradecidos. Natalia se pasó deprisa al asiento trasero del amplio habitáculo del todoterreno, que olía a cuero caro y a buen perfume. Yo me senté en el asiento delantero del copiloto, junto a nuestro salvador. El coche arrancó suave, cortando con los faros la oscuridad lluviosa.

Tensión en la penumbra

En el habitáculo hacía calor, sonaba bajito un blues discreto, y la calefacción soplaba agradable en los pies. Natalia se acomodó en el asiento de atrás, justo detrás del sitio del conductor, Antonio. Poco a poco entraba en calor, pero dentro de ella crecía una turbación extraña y desacostumbrada. Antonio le lanzaba una y otra vez miradas breves y atentas por el retrovisor. Su aire seguro y maduro y su voz grave y honda, con la que mantenía conmigo con desenvoltura una charla sobre carreteras y coches, hacían que Natalia se cohibiera de forma inconsciente. Se ajustaba con cuidado el borde de la falda, ya apartando deprisa la mirada hacia la ventanilla cubierta de gotas, ya volviendo con los ojos al ancho perfil de los hombros del conductor.

Yo iba delante y, observando de reojo el reflejo del espejo, notaba cómo Natalia ya se mordía lánguida el labio, ya se ajustaba un rizo suelto. Un rubor apenas perceptible le rozó las mejillas. Me resultaba de lo más grato ver aquella turbación repentina, casi juvenil, ante un desconocido fuerte.

Unos quince minutos después Antonio, sin interrumpir nuestra conversación sobre fútbol, bajó suave la mano derecha del volante a la palanca de cambios, y luego su palma, como al descuido, resbaló un poco más atrás, al ancho reposabrazos de cuero que separaba los asientos delanteros, y se detuvo justo en el borde, rozando prácticamente las rodillas de Natalia. El espacio entre los asientos estaba abierto, y en la penumbra del habitáculo aquel gesto resultaba ambiguo. Natalia se quedó quieta, se le cortó la respiración un segundo.

Una exploración tímida

Antonio actuaba con extremo cuidado, creando una ilusión total de casualidad. En una de las curvas cerradas de la carretera, sus dedos rozaron como sin querer la piel desnuda de Natalia un poco por encima de la rodilla: aquel día llevaba solo unas finas medias. Natalia se estremeció, pero no se apartó, atenazada por un pasmo repentino y por una ola de calor que le subía a las mejillas. Miró tímida la nuca del hombre y luego desvió la mirada hacia mí. Yo estaba de espaldas a ella, recostado relajado en el asiento, y seguía contándole entusiasmado a Antonio una anécdota de mis tiempos de estudiante, dándole a entender a mi mujer: lo tengo todo controlado y no me importa en absoluto.

Captando aquella señal muda, Antonio fue más allá. En un tramo recto de la carretera, su palma trepó despacio, milímetro a milímetro, del reposabrazos directamente a su muslo. Fue un roce asombrosamente tímido, casi ingrávido: la acariciaba apenas con los dedos a través del nailon, como temiendo espantarla o provocar una protesta.

Natalia estaba en una turbación absoluta. El corazón le latía desbocado en el pecho, a punto de saltar fuera. Le parecía increíble, vicioso y enloquecedoramente excitante que un hombre desconocido la acariciara en un coche en marcha, mientras su propio marido iba a medio metro y seguía con una charla amistosa. La palma de Antonio, entretanto, se volvió algo más cálida y segura: sus dedos treparon despacio por la curva interna del muslo, haciendo que Natalia cerrara los ojos con dulzura en la oscuridad del asiento trasero y se aferrara con espasmos a la tapicería de cuero, conteniendo el suspiro trémulo que pugnaba por salir.

Las últimas millas

La lluvia al otro lado del cristal arreciaba, convirtiendo el mundo de fuera en una mancha gris difusa. Dentro del habitáculo la tensión llegó a su cima. La palma de Antonio, que hasta entonces resbalaba cauta por su muslo, apartó ahora con seguridad el borde de la falda. Sus dedos, calientes y fuertes, empezaron a acariciar despacio la piel justo en el borde de la media, allí donde la tela llevaba tiempo impregnada del calor de su cuerpo.

Natalia contenía a duras penas los gemidos. Se sentía atrapada: por un lado, el marido, que lo había visto todo y, al parecer, se había vuelto a propósito para no molestar; por otro, un hombre ajeno y autoritario, cuya mano exploraba sin reparos su zona íntima. En un momento dado Antonio recorrió con los dedos el mismísimo borde de sus braguitas de encaje, y Natalia soltó un gemido de sorpresa.

—¿Pasa algo, Natalia? —pregunté tranquilo, sin volverme, aunque por mi voz se notaba lo mucho que me turbaba aquella estampa.

—N-no… es que… un bache —balbuceó ella, notando cómo la cara se le encendía de vergüenza y excitación.

Antonio solo sonrió al retrovisor, atrapando mi mirada. En aquella mirada estaba todo: una promesa muda, solidaridad masculina y sed de posesión. El resto del trayecto transcurrió en un silencio atronador, roto solo por el rumor de los neumáticos y la respiración pesada y entrecortada de Natalia, a quien Antonio empezó a acariciar ya sin contenerse, notando su total indefensión.

Una habitación «de lujo» para dos

El motel resultó ser un típico establecimiento de carretera: muebles viejos, luz tenue, olor a lejía y a humedad. Antonio nos ayudó a llevar las bolsas a la habitación. Cuando entramos, dejó el equipaje y no se dio prisa por irse, aunque, por todas las reglas, debía despedirse. Se quedó en el umbral, su mirada vagaba pesada y hambrienta por la figura de Natalia, que, turbada, se apresuró a sentarse en el borde de la cama, tratando de cubrirse las piernas.

Eché el pestillo de la puerta y me volví hacia ellos. Antonio lo entendió todo sin palabras. Se quitó despacio la chaqueta de cuero y la echó sobre el sillón.

—Creo que hoy la grúa ya no os hará falta —dijo con voz grave y aterciopelada, dando un paso hacia la cama.

Me acerqué a Natalia y le acaricié con suavidad, pero con insistencia, los hombros, empujándola hacia el invitado.

—Te estamos muy agradecidos por la ayuda, Antonio. Natalia también quiere agradecértelo mucho, ¿verdad, cariño? —miré a mi mujer, y ella, alzando tímida los ojos, asintió conforme, aunque le temblaban las manos de turbación.

Un comienzo tímido

Antonio se acercó pegándose a ella. A diferencia del estilo impetuoso que había mostrado en el coche, ahora era del todo cuidadoso. Se puso en cuclillas ante Natalia, de modo que sus caras quedaron al mismo nivel.

—Eres muy guapa, Natalia —susurró, y su mano rozó con cuidado su mejilla.

Ella se estremeció ante su cercanía. Era tan desacostumbrado: un desconocido, al que veía por primera vez en su vida, la miraba ahora con adoración y pasión sin disimulo. Natalia estaba en una turbación absoluta, el corazón se le salía del pecho, pero no se apartó. Al contrario, cuando Antonio tiró despacio de un botón de su blusa, ella solo respiró más hondo, abriéndose dócil a sus manos.

Me aparté un poco, apoyándome en la pared, para ver mejor cómo Antonio, como una joya, desnudaba despacio los hombros de mi mujer. Sus dedos eran tiernos, casi trémulos. Cada nuevo movimiento —un botón desabrochado, un tirante bajado— hacía a Natalia enrojecer hasta la raíz del pelo y bajar tímida la mirada. Se sentía muy joven, inexperta y terriblemente turbada por aquella atención, pero aquel contraste entre su timidez y la seguridad de Antonio lo hacía todo mucho más agudo.

Antonio, al ver su turbación, no se daba prisa. Empezó a besarla despacio en las clavículas, bajando cada vez más, y sus manos, que al principio yacían indefensas sobre las rodillas, empezaron a tenderse inseguras hacia su pelo. A la luz tenue de la habitación del motel se desarrollaba un juego nuevo e increíblemente sensual, donde la turbación de Natalia era el elemento más importante y más excitante.

Una espera lánguida

Antonio pareció notar que Natalia necesitaba tiempo para acostumbrarse a sus manos. No apresuró los acontecimientos, deleitándose en su timidez y en cómo su cuerpo se estremecía trémulo con cada nuevo roce. Tras bajar la blusa de sus hombros, se detuvo, admirando sin más el contraste entre su piel tierna y algo pálida y la seda oscura de la ropa interior.

—Eres increíble —repitió en voz baja, casi solo con los labios, dibujando con cuidado con el dedo la línea de sus clavículas.

Natalia estaba sentada inmóvil, con miedo de moverse. Su respiración era rápida y superficial. Con el cumplido, sus mejillas ardieron aún más, y sus dedos apretaron con espasmos la colcha de la cama. Habría querido esconderse, cerrarse a aquella mirada penetrante que la desnudaba, pero un pasmo extraño y dulce le atenazaba la voluntad. Cada movimiento fugaz de los dedos de Antonio le provocaba una ola de escalofríos.

Yo los observaba desde la pared, conteniendo a duras penas mi propia respiración. Natalia me lanzaba una y otra vez miradas llenas de turbación y de una pregunta muda, como buscando protección o la confirmación de que todo aquello estaba pasando de verdad. Yo solo le sonreía animándola, guiñándole un ojo en la penumbra de la habitación. Mi calma, paradójicamente, a la vez la tranquilizaba y la hacía turbarse aún más.

Explorando los límites

Antonio se levantó despacio de las cuclillas y se sentó en la cama junto a Natalia. La distancia entre ellos se redujo al mínimo, y Natalia notó el fuerte ardor masculino que él desprendía. El desconocido le colocó con cuidado tras la oreja un mechón suelto, demorando la palma en su cuello. Su pulgar empezó a acariciar despacio y tierno la vena que le latía. El corazón de Natalia dio en ese momento un vuelco enloquecido.

—¿Puedo? —preguntó Antonio en voz baja, mirándola directamente a los ojos.

Aquella pregunta, hecha con tan sincero respeto, acabó de desarmarla. En vez de responder, Natalia solo asintió apenas y volvió a bajar los ojos, incapaz de sostener su ímpetu. Entonces Antonio se acercó aún más. Su mano libre se posó en su rodilla y empezó a subir despacio, con una presión apenas perceptible, por el muslo, arrugando la fina tela de la falda.

Aquel avance era tortura y placer a la vez. Los dedos de Antonio se movían increíblemente despacio, como palpando cada célula de su cuerpo, dándole a Natalia la posibilidad de sentir cada milímetro de aquel recorrido. Cuando su palma alcanzó la banda de encaje de la media, Natalia no aguantó: de su pecho escapó un suspiro bajo y entrecortado, y los ojos se le cerraron solos. Se mordió el labio, conteniendo el temblor que se acercaba, mientras unos dedos ajenos y cálidos exploraban tímidos pero insistentes la piel tierna de la cara interna de su muslo.

Besos ingrávidos

Antonio captó aquel cambio en su respiración. Se inclinó hacia su cara, pero no la besó en los labios: le pareció en ese momento demasiado apresurado. En su lugar, sus labios rozaron su sien, luego resbalaron despacio por el pómulo hacia la piel tierna de detrás de la oreja. Los besos eran ingrávidos, como el roce de las alas de una mariposa, pero con ellos Natalia pasaba del calor al frío.

—Tu piel huele tan dulce —le susurró en el mismísimo cuello, haciendo que Natalia inspirara con un espasmo.

Ella alzó tímida los brazos y, cediendo a algún instinto antiguo, posó insegura las palmas en sus anchos hombros. La tela de su camisa era gruesa, bajo ella se movían músculos firmes, y aquella sensación de una fuerza ajena y oculta hizo a Natalia reconocer del todo su derrota. Se ofreció bajito hacia delante, buscando sin darse cuenta la protección de aquel mismo hombre que la seducía.

Su mano en el muslo avanzó un par de centímetros más arriba, dibujando con suavidad la curva de las caderas y acariciando la seda de las braguitas. Natalia se estremeció, sus rodillas se separaron un poco, dándole a Antonio más espacio para su exploración tímida pero tan lánguida. El hombre seguía sosteniendo aquella pausa, estirando cada roce y convirtiendo una cita corriente en un juego exquisito al filo de lo permitido, mientras yo, a un lado, me consumía de impaciencia contemplando aquella estética pura y pausada de la seducción.

Rompiendo las barreras

La espera lánguida que tenía a Natalia en tensión al fin cedió el paso a un ímpetu irresistible. Antonio notó cómo sus palmas se apretaban con más fuerza en sus hombros y comprendió que el tiempo de los roces tímidos había pasado. Le arrebató la iniciativa, atrajo a Natalia de golpe hacia sí por la cintura y la besó con autoridad, hondo, justo en los labios.

Natalia soltó un gemido embriagado ante aquel cambio brusco de ritmo. Su turbación tímida se fundió al instante en una pasión abrasadora y hambrienta. Respondió al beso con todo el cuerpo, enredando su lengua con la de él y apretándose frenética contra su ancho pecho. Antonio ya no se contenía: sus fuertes manos tiraron con seguridad de la tela de la falda hacia arriba, librando a Natalia de los restos de ropa. En cuestión de segundos el fino nailon de las medias y la ropa interior de encaje volaron al suelo.

Natalia quedó del todo desnuda ante él en la ancha cama del motel. Su pecho pleno subía y bajaba pesado y rápido, y su piel se cubrió de un leve rubor de excitación. Di un paso más cerca, colocándome a los pies de la cama para no perderme ni un solo detalle de cómo aquel hombre macizo y seguro de sí iba a tomar a mi mujer.

Capitulación total

Antonio se quitó rápido la ropa, mostrando un cuerpo firme y atlético. Su miembro turgente y de acero se hincó firme en el aire, y Natalia, lanzando una mirada tímida a su tamaño imponente, tragó saliva turbada y dulce.

Antonio se cernió sobre ella, separándole las rodillas. Sus palmas se posaron con autoridad en sus caderas, fijando a Natalia sobre la suave colcha. Sin darle tiempo a recobrarse, se inclinó hacia delante y de un movimiento potente y suave entró hasta el fondo en su sexo caliente, pleno y ya del todo empapado.

—¡Aaahh!… —escapó de los labios de Natalia un gemido pleno y sonoro que rebotó por la habitación medio vacía del motel.

Los músculos prietos de Natalia acogieron su carne con un chasquido húmedo. Antonio marcó enseguida un ritmo duro y hondo, penetrándola hasta la base. Natalia empezó a mover las caderas frenética a su encuentro, ensartándose en su miembro y abrazándole con fuerza la cintura con las piernas. Se entregó por completo a aquella pasión, gimiendo fuerte y arqueándose en sus brazos, mientras yo estaba al lado, absorbiendo con la mirada cada suspiro suyo, cada sollozo orgásmico y los chasquidos restallantes de sus cuerpos.

Final en el motel

El ritmo se volvía cada vez más frenético. Antonio se movía con fuerza e implacable, sometiendo por completo el cuerpo dócil de Natalia. Cada uno de sus movimientos resonaba con un chasquido sonoro y húmedo, y la vieja cama del motel crujía lastimera al compás de su ritmo enloquecido. Natalia ya se había olvidado del todo de su turbación de antes: se arqueaba frenética de cintura, buscando aire con la boca y gritando el nombre del desconocido a cada embestida honda.

Me pasé a la cama, acomodándome junto a la cabecera. Natalia atrapó con un espasmo mi mano, aferrándose con los dedos a mi palma, buscando apoyo en mí en medio de aquel huracán embravecido de pasión. Tenía los ojos muy abiertos, nublados de placer y clavados en mí, mientras Antonio, por detrás, seguía clavándose con seguridad en sus caderas.

—Ya voy… se acabó, Natalia, ¡no aguanto más! —exhaló ronco Antonio, notando cómo los músculos prietos y calientes de Natalia le apretaban el miembro con espasmos, anunciando la pronta descarga.

Dio unas últimas embestidas potentes y demoledoras y con un rugido sordo y prolongado se corrió muy adentro, llenando su sexo hambriento de chorros calientes y espesos. Natalia, en ese mismo instante, gritó, sacudiéndose en un orgasmo potentísimo y prolongado. Su cuerpo temblaba levemente, y de los ojos, por el exceso de emoción, le brotaron lágrimas de puro placer. Cayó exhausta sobre los cojines, arrastrando a Antonio con ella.

Un par de minutos después Antonio se incorporó pesado, besó con cariño a Natalia en la mejilla mojada de sudor y, sonriéndome cansado, se fue a la ducha. Natalia estaba tendida inmóvil, con los brazos abiertos, su pecho aún subía y bajaba entrecortado. A la luz tenue del motel de carretera me dirigió una mirada en la que aún se leían los restos de aquella misma turbación dulce y viciosa. La abracé, apretándola contra mí, y juntos escuchamos el rumor del aguacero que amainaba al otro lado de la ventana, saboreando el final de aquella historia de carretera casual.

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