La propina pendiente
La propina pendiente
Natalia había decidido pasar la noche del sábado en silencio y a solas. La casa era suya toda la noche, sin nada que hacer. Pidió una pizza grande por la aplicación, puso una serie que en realidad no necesitaba seguir, se sirvió una copa de vino, se echó una bata corta de seda sobre la piel desnuda y se acomodó en el sofá a esperar el reparto, mirando el reloj con pereza.
Media hora después sonó el timbre. En el umbral había un repartidor joven con la gorra de la empresa: alto, enjuto, de cara abierta y algo tímida. Sostenía una caja tibia que olía a queso y a masa.
—Buenas noches, aquí tiene su pedido —dijo, tendiéndosela con una sonrisa—. Solo hay una cosita: parece que olvidó añadir la propina para el repartidor en la aplicación. Suele ir por tarjeta de antemano, y a usted le quedó el campo en blanco.
Natalia le pasó una mirada lenta y apreciativa, de la gorra a las zapatillas. El cuerpo joven y macizo bajo la camiseta del uniforme, la sonrisa tímida, la forma en que se balanceaba de un pie al otro bajo su mirada: todo aquello le encendió de golpe la chispa conocida. La serie del sofá dejó de importar por completo. Lo que había querido toda la noche no era silencio, resultó, sino justo esto: la sangre volviéndole a correr rápido.
—Ay, qué descuido el mío —dijo, alargando la voz e inclinando un poco la cabeza, sin ninguna prisa por cerrarse la bata—. Pasa, no te quedes en la puerta. Ya encontraremos algo.
Él cruzó el umbral, y Natalia le quitó la caja, la dejó en la consola y cerró la puerta con calma a su espalda. El cerrojo hizo clic, y de pronto el recibidor se volvió muy estrecho para los dos.
—Verás lo que pasa —dijo en voz baja, dando un paso hacia él—. Ahora mismo no tengo nada de efectivo. Pero tengo algo mejor que el dinero…
Y con eso deshizo despacio el lazo y dejó que la bata se abriera. La seda le resbaló de los hombros y quedó colgada del pliegue de los codos, descubriendo un pecho bronceado con los pezones ya tensos, un vientre liso, y el hecho de que bajo la bata no llevaba absolutamente nada.
El repartidor se quedó quieto. Los ojos le recorrieron el cuerpo y ya no pudieron apartarse. La gorra se le arrugó en la mano. Lo entendió todo sin una palabra, y por cómo tragó saliva quedó claro que esa forma de pago le venía de maravilla.
Reparto con comodidad
La caja de pizza quedó olvidada en la consola. Él tragó otra vez y dio un paso adelante; las manos se le posaron en las caderas y la atrajeron, con cuidado al principio, como pidiendo permiso, y luego, al no encontrar resistencia, con más seguridad.
—Menuda propina —jadeó, ronco, y le cubrió la boca con un beso hambriento.
Natalia respondió enseguida, metiéndole los dedos en el pelo bajo la gorra torcida y pegándose a él con todo el cuerpo. A través de la tela gruesa de los vaqueros ya se marcaba con claridad cuánto lo deseaba, y ella, sin romper el beso, pasó la palma por aquel bulto duro y luego lo apretó. Él gimió contra su boca.
—¿Entonces recoges tu propina aquí mismo, en el recibidor, o pasamos a la otra habitación? —susurró, abriéndole ya el cinturón.
—Aquí —fue todo lo que logró decir, incapaz de esperar un segundo.
Se bajó los vaqueros con la ropa interior, y su miembro joven y duro quedó justo delante de ella, palpitando de impaciencia. Natalia se arrodilló sobre la alfombrilla blanda del recibidor, sin soltarle los ojos en toda la bajada: le gustaba cómo la miraba en ese instante, el temblor de sus pestañas.
Un cálido agradecimiento
Lo cerró entre los labios y lo tomó hondo, trabajando la punta con la lengua y oyéndole cortarse la respiración. Los dedos de él se posaron en su nuca, no para guiarla, solo para sostenerse, como si sin eso no fuera a mantenerse en pie. Natalia se movía en un ritmo parejo, húmedo, dejándolo salir casi del todo y recorriéndolo con la lengua a lo largo, y volviéndolo a tomar hasta la base; por cómo le temblaban las caderas y cómo se mordía el labio supo que así no aguantaría mucho. Se apartó en el último momento, se levantó y no le dio tiempo a recobrarse.
—Ven aquí —dijo, baja, tomándolo de la mano y llevándolo hasta el gran espejo del recibidor.
Le dio la espalda, apoyó las manos en la consola estrecha bajo el espejo y arqueó la espalda, sacando las caderas. En el espejo lo veía todo: su propia cara encendida y la de él, oscura, concentrada, sobre su hombro. El repartidor apoyó la punta contra sus pliegues ya húmedos, la sostuvo un segundo, atrapándole los ojos en el reflejo, y en una embestida firme y larga entró hasta el fondo.
—Ah… —se le escapó a Natalia, y empujó hacia atrás, tomándolo más hondo—. Esto sí que es una propina.
Marcó un ritmo rápido y hondo. El golpe de sus caderas contra ella resonaba por el recibidor, y Natalia, mirando en el espejo cómo el joven repartidor la embestía por detrás, se echaba hacia atrás a su encuentro y no bajaba nada la voz:
—Sí, así… más fuerte, no te cortes conmigo. No querrás quedarte sin tu propina.
Sus palabras lo espolearon. La agarró más fuerte por las caderas, se inclinó más y embistió más seco, y con la mano libre le rodeó por delante el pecho y le apretó el pezón tenso. Natalia, atrapando en el espejo su mirada concentrada, le sonrió directamente al reflejo, y esa sonrisa casi lo acabó.
Cuenta saldada
El ritmo se hizo más duro. Natalia cabalgaba las olas que la recorrían, los dedos clavados en la consola hasta que los nudillos se le pusieron blancos, mientras él la sujetaba por las caderas y ya casi no se controlaba. Al sentirla apretarse en torno a él, se rompió con un gruñido corto y joven y se vació en ella hasta el final. Natalia se estremeció, alcanzada por su propio orgasmo, y se quedó quieta unos segundos, respirando fuerte, apoyada en el espejo.
Cuando todo se calmó, se enderezó, se cerró la bata sin prisa y se miró en el reflejo: despeinada, sonrojada, muy satisfecha. Un hilo tibio le bajó despacio por la cara interna del muslo. El repartidor se subía los vaqueros, respirando fuerte, sin poder quitarse de la cara la sonrisa atónita y feliz.
—¿Qué tal, saldado? —preguntó Natalia con una leve sonrisita, levantando de la mesa aquella misma copa de vino.
—Más que saldado —dijo él, agarrando la bolsa térmica vacía y acomodándose la gorra—. Si vuelve a querer pizza, pídala, que yo me pido este domicilio.
Natalia se rió y lo acompañó a la puerta. La pizza de la consola hacía rato que se había enfriado, y no lo lamentó ni un segundo.