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Natalia
Natalia

Mirándonos a los ojos

Natalia quiere otra noche de tres — con una condición: mantener los ojos en los míos todo el tiempo que dure.

Índice (7 capítulos)
  1. Nostalgia y una elección
  2. Mirándonos a los ojos
  3. Una atracción doble
  4. Sin prisa
  5. Al límite
  6. Un dulce agradecimiento
  7. El sabor de todo

Mirándonos a los ojos

Nostalgia y una elección

Fue Natalia quien lo sacó, tomando té, después de que oscureciera afuera y la cocina se redujera al círculo cálido de una sola lámpara. Se calentaba las manos en la taza y hablaba en voz baja, como si probara la idea antes de comprometerse con ella. Los últimos días, confesó, no la soltaba un recuerdo: la aritmética particular de una noche con tres personas, en la que cada respiración cae en dos cuerpos a la vez y vuelve a ti multiplicada. Quería eso otra vez; no solo las manos de otro hombre, sino esa dinámica en la que la ternura de uno se solapa con el empuje del otro y una acaba justo en el medio.

No discutí, ni pensaba hacerlo. Me gustaba cómo se le encendían los ojos mientras repasábamos los perfiles juntos, hombro con hombro, descartando a uno tras otro. Uno escribía demasiado pulido, como con un guion. Otro pidió fotos en su primer mensaje. Un tercero prometía demasiado. Nos decidimos por Rodrigo casi al mismo tiempo: yo no había terminado de hablar y Natalia ya tenía el dedo sobre la pantalla. Alto, tranquilo, moreno, de unos treinta, sin la pose de los demás: escribía en mensajes cortos y directos, preguntaba lo que valía la pena preguntar, y eso nos convenció más que cualquier halago.

Quedamos en casa, y la noche empezó con una cena, porque así era más fácil para los tres. Abrí el vino, Natalia puso la mesa, y los primeros minutos solo hablamos, tanteando un ritmo compartido. Rodrigo resultó ser compañía fácil: escuchaba con atención, bromeaba poco pero bien, y ni una vez apuró la noche. El vino quitó el primer filo, la conversación encontró su cauce, y el coqueteo se mantuvo en esa línea fina en la que nada se ha dicho en voz alta y todo se entiende ya. Natalia, en una bata de seda sobre encaje, sentada entre nosotros, jugó su parte a la perfección: al pasarme la copa, dejaba los dedos sobre mi mano un segundo de más; al responderle a Rodrigo, dejaba los ojos sobre él un segundo más de lo que pedía la respuesta. Bajo la mesa su pie descalzo se apoyó en mi tobillo, como por casualidad, y se quedó ahí, tibio, mientras le contaba a Rodrigo algo ligero y divertido. Yo captaba cada uno de esos gestos y sentía algo tensarse dentro de mí.

Mirándonos a los ojos

Pasada la medianoche, vaciada la botella y caída la conversación en pausas por su cuenta, fuimos al dormitorio. Sábanas nuevas de satén fresco, la lámpara baja en un rincón, esa penumbra que lo vuelve todo más simple. Natalia se soltó el cinturón ya en la puerta y dejó que la bata resbalara de un hombro, pero no se la quitó del todo: esa faena se la dejó a los hombres. Se acostó primero, en el centro de la cama ancha, de espaldas a Rodrigo y de cara a mí. No se acomodó enseguida: arregló la almohada, subió una rodilla, como calculando el único ángulo desde el cual podría verme la cara.

Me acosté enfrente, cerca. Entre nuestras caras quedaba el ancho de una mano, no más, y nos mirábamos directo a los ojos. Sus pupilas, dilatadas por el vino y la espera, guardaban el pequeño reflejo de la lámpara. Se mordió el labio de abajo y no apartó la vista, y esa era la regla entera del juego, una que ni siquiera habíamos acordado en voz alta: hiciera lo que hiciera Rodrigo a su espalda, ella miraría hacia mí.

Él se acomodó en la cama detrás de ella, y el colchón se hundió bajo su peso. Sin prisa le puso la mano en la cadera, la subió por la línea de la cintura hasta las costillas —vi el primer temblor recorrerle la piel— y luego la atrajo despacio contra sí, la espalda de ella contra su pecho. Natalia soltó un aliento bajo y entrecortado justo contra mi cara, y ese aliento dijo más que cualquier palabra. Yo estaba a un palmo, mirándola empezar a derretirse con el roce de un desconocido: los labios entreabriéndose, los párpados poniéndosele pesados, el esfuerzo que le costaba mantener los ojos abiertos para no romper nuestro trato. La mano de él le cubrió el pecho sobre el encaje, apretó, y Natalia empujó las caderas hacia atrás contra él. Algo dentro de mí se puso pesado, y dulce.

—No cierres los ojos —dije en voz baja.

—No los cierro —respondió, apenas con la voz.

Una atracción doble

Rodrigo encontró el broche y le quitó el sujetador, luego le apartó del todo la seda de la bata, y Natalia quedó desnuda sobre el satén fresco. Me incorporé más, con una almohada bajo el codo, para verlo todo hasta el último detalle. Al sentir mis ojos encima, ella se arqueó y juntó los muslos, sin soltar mi mirada con la suya; el rubor que me sé de memoria le subió por las clavículas y las mejillas. El pezón se le había puesto tenso antes incluso de que la boca de él llegara.

Él le besó la nuca, luego le giró la cara por el mentón y le tomó la boca, largo, hondo. Ella respondió, llevando una mano hacia atrás y metiéndole los dedos en el pelo, con sonidos cortos y sordos naciéndole en la garganta. La mano de él, mientras tanto, bajó por su vientre —más abajo, más abajo— hasta que los dedos se le posaron entre las piernas. Natalia se quedó quieta en una inhalación, luego abrió despacio los muslos, dejándole entrar la mano, y gimió contra mi cara cuando él empezó a acariciarla.

—Me está tocando —susurró, mirándome—. Ahora mismo. ¿Ves lo que me hace…?

No terminó. Rodrigo bajó a lo largo de su cuerpo, le abrió más las rodillas y apoyó la boca en ella. Las caderas se le fueron hacia él solas. Él la trabajó despacio con la lengua, atento a su respiración y siguiéndola, y el primer temblor de verdad le cruzó el vientre: lo vi antes de oírlo. Natalia estiró la mano por la cama y encontró la mía; los dedos se le tensaban sobre los míos al compás de lo que le hacía la lengua, y en ese apretón leí todo lo que no podía decir en voz alta. El brillo de ella relucía en sus muslos, y por cómo se le aceleró la respiración supe que la primera ola estaba cerca; pero Rodrigo también lo sintió, y se retiró, dejándola justo en el borde.

Sin prisa

Se irguió de rodillas entre sus piernas abiertas, se soltó el cinturón y se liberó, pesado, duro, con las venas marcadas. Natalia tomó aire de golpe, alargó la mano y lo rodeó con los dedos como sopesándolo, pasó la palma de la base a la punta, y vi ese peso asentarse en su cara: hambre e impaciencia a la vez.

—Pruébalo —dijo él en voz baja, sin ningún empuje detrás.

Ella lo miró por encima del hombro, luego me buscó otra vez con los ojos, y solo entonces, como pidiéndome permiso con una sola mirada, lo tomó en la boca. Lo tomó hondo, húmedo, ayudándose con la mano en la base; la otra palma se le posó en el muslo. La cabeza se le movía en un ritmo parejo, las mejillas hundiéndose, y cada vez que subía recorría la punta con la lengua antes de volver a bajar. Rodrigo le recogió el pelo moreno en un puño y lo sostuvo, sin apurarla, apenas marcando el ritmo. Los ojos le brillaban por el esfuerzo, húmedos en las comisuras, pero igual seguía levantándolos hacia mí, comprobando que yo miraba, y yo miraba, sin cortar.

Al cabo de un par de minutos la separó con cuidado, la acostó boca arriba y le enganchó las piernas sobre los hombros. Apoyó la punta contra ella, resbaló húmedo una vez, dos, provocándola, y entró de una sola embestida larga y pareja, hasta el fondo.

—Ah… —Natalia agarró la sábana con las dos manos y abrió los ojos de golpe sobre mí—. Ya entró. ¿Ves? ¿Ves qué hondo está?

Él se movía firme y hondo, hundiéndola en el colchón con embestidas medidas. Los pechos le temblaban al compás, los pezones tensos, la respiración rota en gritos cortos, y la mirada no se le apartaba de la mía. Ella seguía su ritmo, lo recibía con las caderas, y con cada embestida sus palabras se volvían más obscenas: me nombraba en voz alta todo lo que le estaban haciendo, como si el placer no fuera completo sin contarlo. Esa partición suya —el cuerpo con él, los ojos y las palabras conmigo— me cerró la garganta.

Alargó la mano, me tomó de la nuca y me atrajo a su boca. La besé —hondo, tragándome su gemido— mientras Rodrigo seguía moviéndose dentro de ella, y en ese beso su ritmo pareció viajar por el cuerpo de ella y meterse en el mío.

Al límite

—Date la vuelta —dijo Rodrigo, ronco, aflojando y saliendo.

Natalia se puso obediente a cuatro patas en el centro de la cama, arqueó la espalda y separó las rodillas. En la penumbra alcanzaba a ver su brillo, abierta y lista, y una gota de humedad soltarse sobre la sábana. Él se acomodó detrás, le puso las manos anchas en las caderas para sujetarla, y volvió a entrar, de una, hasta el fondo. Natalia se fue hacia delante con la fuerza y enseguida empujó hacia atrás, tomándolo más hondo.

—Sí… —gritó contra la almohada, junto a mis rodillas, y enseguida levantó la cara para volver a atrapar mis ojos—. Otra vez. Así, otra vez. Mírame, no apartes la vista—

El golpe de sus caderas contra ella resonaba por el dormitorio en una cuenta firme y pesada. Tomó un ritmo rápido y duro, y Natalia se echaba hacia atrás a su encuentro, recibiendo cada embestida con todo el cuerpo. Con una mano él le recogió el pelo y tiró suave, obligándola a arquear la espalda y levantar la cara; y ahora me miraba desde abajo, la boca abierta, empujando hacia mí con cada embestida. Yo le acariciaba la mejilla, el cuello húmedo de sudor, mientras ella atrapaba el aire y no cerraba los ojos, aferrada a nuestro trato como a un pasamanos.

—Dile lo que quieres —dije en voz baja.

—Más hondo —jadeó, no a mí, a él, pero mirándome a mí al decirlo—. Más fuerte. No tengas cuidado conmigo.

No lo tuvo. Natalia se arqueó, tembló y se deshizo en un orgasmo largo y agudo, apretándolo dentro y soltando palabras rotas justo contra mi cara. Sentí sus dedos encontrar los míos a ciegas y apretarlos hasta hacer daño.

—Acaba —rogó, mirándome—. Dentro. Todo, hasta la última gota.

Rodrigo dio unas últimas embestidas cortas y se vació en ella con un gemido sordo, hasta lo más hondo. Se quedó quieto, pegado a ella, y Natalia soltó un largo aliento satisfecho, bajando la frente a la almohada; pero enseguida giró la cabeza otra vez, para encontrarme.

Un dulce agradecimiento

Natalia se quedó a cuatro patas, respirando fuerte, el cuerpo aún sacudido por las réplicas, una fina capa de sudor entre los omóplatos. Cuando Rodrigo salió, un hilo blanco bajó despacio por la cara interna de su muslo.

No pude contenerme. Rodeé la cama, me bajé de rodillas detrás de ella y apoyé la boca en ella, hinchada y todavía palpitando. Recogí con la lengua el calor tibio que otro hombre había dejado, moviéndome entre los pliegues, sin perder nada, y probé a los dos mezclados, sal y calor. Natalia gimió, largo y grave, arqueando la espalda y empujando hacia mí.

—Sí —dijo hacia la oscuridad—. Así. Límpialo todo.

Le encantaba el contraste, y yo lo sabía: sentir a su marido tomarse el placer de limpiar lo de otro hombre, la manera en que aquello que debería habernos separado nos ataba en cambio más fuerte. Empujó las nalgas contra mi cara, entregándose a mi lengua, y volvió la cabeza por encima del hombro para buscarme de nuevo con los ojos. Levanté la cabeza lo justo para atrapar su mirada sin despegar la boca de ella, y una ola nueva y callada le cruzó la cara.

El sabor de todo

Rodrigo se acercó, rodeando el costado de la cama. Todavía húmedo de ella, se bajó hasta su cara. Le levantó el mentón y le llevó la punta a los labios.

—Tómalo —dijo, en voz baja.

Natalia alzó hacia él unos ojos nublados y felices y lo tomó en la boca sin dudar, junto con el rastro de todo lo que había pasado. Chupó despacio, gimiendo bajo sobre él, la lengua recorriéndole la punta, saboreando el gusto mezclado que tenía lo suyo y lo mío. Una mano lo sostenía en la base; la otra se echó hacia atrás y encontró mi palma sobre su cadera.

Detrás de ella yo seguía trabajándola con la lengua; delante, ella sostenía a Rodrigo en la boca. Estaba justo en el centro de todo, en el único punto donde los dos nos encontrábamos. Y entonces, por encima de todo lo que le estaba pasando, al atrapar mis ojos en la oscuridad, me encontró de nuevo, como lo había prometido sin palabras, y no soltó hasta el final: hasta que el último temblor la dejó y se hundió en la sábana entre los dos, riendo bajito de puro cansancio y de lo feliz que estaba.

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