La nueva etapa de nuestra historia trajo consigo también nuevos papeles. Si antes mi presencia era un consentimiento silencioso o una observación secreta desde la sombra, ahora los límites de la intimidad se ensancharon todavía más. La adrenalina sorda dejó paso a un deseo claro y consciente de cuidar de su placer, aunque ese placer viniera de otro hombre.
Aquella noche, el invitado en nuestra casa fue un nuevo conocido suyo. Un hombre alto, de complexión atlética, mirada segura y manos fuertes, que enseguida llenó todo el espacio del salón. Aquella noche mi esposa Natalia se superó a sí misma. Llevaba un vestido ajustado de fino punto negro, con un profundo escote en la espalda que realzaba cada curva de su cuerpo. Bajo la tela se adivinaba la ausencia total de ropa interior, y ese contraste entre la elegancia sobria y el descaro oculto creaba una tensión increíble ya durante la cena. Hablamos mucho, bebimos vino, y la tensión que suele surgir entre un marido y un amante dejó paso enseguida a una complicidad extraña, casi amistosa. Bailamos con música suave, y yo veía cómo su cuerpo respondía a cada roce del invitado, cómo me lanzaba una y otra vez miradas entregadas y ardientes.
Cuando llegó el momento de pasar al dormitorio, entramos juntos. El invitado tomó él mismo la iniciativa. Sin perder tiempo en palabras, en la habitación bañada por la luz suave de la lamparita la volvió de espaldas a él, le bajó con seguridad la cremallera del vestido y le deslizó el fino punto de los hombros. El vestido resbaló hasta sus pies y la dejó completamente desnuda en la penumbra. El hombre se quitó deprisa la ropa, la tendió en el borde de nuestra cama grande y le separó bien las rodillas. Natalia respiraba de forma entrecortada, su piel brillaba y las sábanas bajo ella ya estaban arrugadas de impaciencia.
El nuevo conocido se colocó ante ella. Su carne era imponente, grande y tensa hasta el límite. Empujó hacia delante, intentando entrar, pero por la emoción y la intensidad del momento el movimiento le salió lento, impreciso: la carne húmeda de Natalia era demasiado estrecha y prieta.
Di un paso adelante y me senté en el borde del colchón, junto a ellos. El vínculo con mi esposa alcanzó en aquel instante su punto máximo absoluto. En mi ayuda no había vergüenza ni humillación, solo un amor profundo y limpio por ella y el deseo de que lo recibiera todo hasta la última gota.
Alargué la mano y rodeé con suavidad, pero con firmeza, el tronco grande y terso del invitado por la mismísima base. El hombre se quedó quieto, con un sonoro resoplido, pero no se apartó: confiaba por completo en lo que yo hacía. Mis dedos sintieron aquel calor ajeno y abrasador. Con la otra mano separé con cuidado los labios húmedos y encendidos de mi esposa, abriéndole el camino.
—Adelante —dije en voz baja, tranquila, mirando al invitado directamente a los ojos.
Dirigiendo su punta firme justo hacia su sexo, empujé un poco sus caderas hacia delante. El hombre presionó con una fuerza suave y su enorme miembro empezó a llenarla por dentro, palmo a palmo, pesado y prieto, hasta el fondo. Natalia alzó la cabeza de golpe, sus labios se abrieron en un suspiro fuerte, pleno y prolongado de un placer punzante. Se aferró con una mano a mi hombro y con la otra abrazó al invitado. Sus ojos se encontraron con los míos, y en ellos se leía una gratitud infinita, arrobo y un deleite absoluto por que su marido, con sus propias manos, le hubiera abierto aquellas sensaciones nuevas y abrumadoras.
El invitado marcó enseguida un ritmo potente y profundo. Cerniéndose sobre ella y apoyando las palmas en las almohadas a ambos lados de su cabeza, se retiraba casi del todo y volvía con contundencia, con un golpe seco. Se veía con claridad cómo, bajo la luz mate de la lamparita, su grueso tronco tensaba una y otra vez la piel delicada del arranque de sus muslos. Toda contención desapareció, y entonces Natalia empezó a hablar. Hablar durante el sexo siempre la había excitado, pero ahora, delante de mí, sonaba especialmente intenso.
—Sí… así, justo así… —susurraba, respirando fuerte y entrecortado, cuando él la penetraba hondo—. Dios, qué grande es… me llena entera. Más fuerte, no pares.
En cada retirada, cuando su tronco casi abandonaba su sexo, ella se ofrecía tras él con un espasmo, restregando las caderas. Me miraba directamente a los ojos con una expresión turbia de placer y seguía comentando cada sensación:
—Mira qué hondo está dentro de mí… Amor, mira lo que me está haciendo… Más rápido, te lo suplico, hazlo más duro.
El hombre, azuzado por sus palabras, la volteó boca abajo, obligándola a ponerse de rodillas y apoyarse en los codos, con la cintura arqueada. En aquella postura abierta, sus caderas redondeadas quedaron lo más levantadas posible, ofreciendo un acceso absoluto. El hombre se colocó detrás de ella, la sujetó con firmeza por la cintura con sus grandes manos, inmovilizándole el cuerpo, y volvió a martillear su ritmo desde atrás, con embestidas restallantes, bruscas y profundas. Natalia recibía cada golpe; aquel ángulo repercutía de un modo completamente distinto, más hondo y más agudo.
Me trasladé a la cabecera de la cama para quedar justo frente a su cara. Ella apoyó la frente en mis manos. Su voz se quebró en un susurro gutural, continuo y entrecortado: «Sí, más fuerte… no aflojes, me voy a correr…». La cama se sacudía, y bajo aquella doble presión —el cuerpo ajeno y mi mirada fija— el cuerpo de Natalia empezó a temblar levemente. Los músculos en su interior se contrajeron convulsos alrededor de su carne y, bajo nuestra atención común, su cuerpo se estremeció en orgasmos sucesivos, hasta que otra ola poderosa la cubrió por completo y la hizo gritar mi nombre en la penumbra del dormitorio, mientras el desconocido daba las últimas embestidas, las más profundas, cerrando aquella escena colmada de una franqueza absoluta.