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Natalia
Natalia

El joven técnico

El tímido becario Adrián acude a un aviso y recibe de Natalia una lección que no viene en ningún manual.

Índice (9 capítulos)
  1. Caricias tímidas
  2. Con una ternura de muchacho
  3. Energía joven
  4. Una espera lánguida
  5. El primer final
  6. Abriendo camino
  7. Un regreso inesperado
  8. Audacia y frenesí
  9. El acorde final

Caricias tímidas

Adrián se dejó llevar del todo por el instinto cuando notó bajo los dedos aquella humedad dócil y abrasadora. Venciendo la vergüenza que lo atenazaba, empezó a acariciar tímido, con un cuidado increíble, el sexo de Natalia con la palma. Sus movimientos eran inseguros, trémulos, pero era precisamente aquella cautela juvenil lo que le regalaba a Natalia sensaciones del todo nuevas y agudas, radicalmente distintas del ímpetu duro de siempre.

—Aaah… —escapó de sus labios hinchados un suspiro hondo y prolongado.

Natalia arqueó un poco la cintura, ofreciendo las caderas al encuentro de su palma, y respiró hondo, entrecortada. La fina seda de la batita resbaló del todo de sus hombros, dejando al descubierto sus pechos pesados y agitados, cuyos pezones apuntaban ahora excitados directamente a la cara del chico. Le hundió los dedos en su pelo castaño revuelto, apretándolo un poco contra sí y guiando sus tímidas caricias.

Adrián, al ver cómo aquella mujer espléndida se consumía y temblaba con sus roces, empezó a actuar algo más audaz. Su palma estaba del todo empapada en su néctar pleno, y la respiración del muchacho se volvió tan entrecortada y rápida como la de ella. Alzando hacia Natalia unos ojos llenos de adoración y miedo, observaba embelesado cómo ella entornaba los párpados, entregándose por completo al dominio de sus caricias sencillas pero tan sinceras.

Con una ternura de muchacho

Adrián, embelesado por la cercanía de su cuerpo turgente, no aguantó. Venciendo los restos de su tímida vergüenza, se inclinó hacia delante y le besó con ternura, trémulo, el pecho pleno, que se había liberado del todo de la seda de la batita. Sus labios eran suaves y frescos, y el roce con la piel sensible, increíblemente cuidadoso, casi reverente. El chico rozó apenas con la lengua su pezón grande y firme, dibujando con cuidado su contorno.

Ante aquella ternura pura y juvenil, Natalia entró en un arrobo absoluto. Tras el ímpetu duro y sucio de sus colegas en la fiesta de la empresa, aquellas caricias tímidas de un chico guapo resonaron en su cuerpo con una ola potentísima y voluptuosa.

—Ooohh, Adrián… qué gusto… —gimió fuerte y plena, arqueando la espalda.

Le apretó con fuerza la cabeza contra su pecho agitado, hundiendo los dedos en su pelo. Su sexo, ante aquel beso tierno, estalló literalmente en una nueva oleada de lubricante caliente y pegajoso, que le corrió abundante por los muslos, empapando del todo los dedos del chico, que seguían acariciando tímidos su sexo. Natalia respiraba pesada y entrecortada, notando cómo aquel becario modesto, sin un solo movimiento brusco, sometía su naturaleza sedienta de caricias.

De su pecho pleno Adrián pasó despacio más arriba, a su cuello tierno y sedoso. Le cubría la piel de besos con cuidado, casi ingrávidos, ya pegándose con los labios cálidos en puntos concretos, ya abrasando sus zonas sensibles con su respiración rápida y entrecortada. Natalia se ahogó literalmente de placer, de su pecho escapó un gemido sordo y pleno, y por su cuerpo corrió un escalofrío intenso y dulce.

El chico actuaba por intuición, guiado por su respuesta arrebatada. Subiendo aún más hacia su cara, se quedó quieto una fracción de segundo, mirando sus ojos nublados de pasión, y al fin la besó en los labios entreabiertos y húmedos.

Aquel beso fue increíblemente tierno, tímido como el de un muchacho, suave y asombrosamente dulce. No trataba de irrumpir con autoridad con la lengua, como hacían otros hombres, solo estrujaba trémulo sus labios con los suyos, como si tocara un tesoro prohibido. Natalia se disolvió por completo en aquella caricia juvenil y pura: su cabeza cayó embriagada hacia atrás, sus dedos se apretaron con espasmos en sus hombros, y su sexo, hambriento de ternura, respondió bajo su palma húmeda con un nuevo y potente chorro de néctar caliente y pegajoso.

Energía joven

Natalia apartó con suavidad, a regañadientes, al chico de sus labios, respirando pesada y entrecortada. Los ojos de Adrián estaban nublados, en las mejillas le ardía un rubor febril, y él mismo agitaba el pecho, disuelto por completo en aquella mujer madura y prohibida.

Sin darle tiempo a recobrarse, Natalia se arrodilló ante él. Su batita de seda se abrió del todo, resbalando de sus hombros y dejando al descubierto su cuerpo pleno en todo su esplendor. Sus dedos se posaron con seguridad en el botón de sus vaqueros. El chico se quedó quieto, se le cortó la respiración, cuando Natalia, con un movimiento rápido y suave, bajó la cremallera y tiró de la tela gruesa hacia abajo, quitándole los vaqueros junto con el calzado.

Cuando le coló con cuidado la palma bajo el elástico de sus calzoncillos sencillos, Adrián exhaló entrecortado y apretó los puños al máximo de vergüenza y de una excitación salvaje y creciente. Natalia liberó con seguridad su miembro.

Ante sus ojos apareció una carne magnífica y firme, ya del todo llena de energía joven y caliente. Era largo, grueso, de venas hermosas y turgentes y piel tierna: tan limpio e increíblemente tentador. La punta del tronco relucía ya de forma seductora con la primera lubricación juvenil, transparente. Natalia recorrió embelesada con la mirada aquel regalo espléndido de su juventud, notando cómo su propio sexo, con solo ver aquella arma magnífica, soltó una nueva ración plena de néctar pegajoso.

Natalia empezó a besar con cuidado el miembro, dejándolo entrar un poco en su interior, pero no del todo, para prolongar el placer. Sus labios, húmedos y cálidos, rozaban apenas la piel tierna del tronco, subiendo despacio hacia la punta. El chico se estremeció con un espasmo cuando ella le tocó por primera vez con la lengua la cima palpitante, recogiendo las gotas de su lubricación juvenil transparente.

Para prolongar aquel placer exquisito y no dejar que el chico inexperto se corriera demasiado pronto, Natalia actuaba con mucho cuidado. Entreabrió la boca y empezó a dejar entrar su miembro poco a poco, acogiendo solo la punta más caliente y un tercio de la longitud. Sus labios prietos y húmedos ceñían firme y pleno la carne turgente, creando un vacío suave y provocador.

Adrián, ante aquellas sensaciones extremas, perdió del todo la cabeza. Su timidez se consumió en el fuego de una pasión pura y primaria. Respiraba hondo y entrecortado, su pecho subía y bajaba, y la cara se le puso roja. Sometiéndose por completo al instinto, posó sus grandes palmas en la cabeza de ella. Pero incluso en ese momento sus movimientos seguían siendo asombrosamente trémulos: no la forzaba, solo la sujetaba con firmeza, jugueteando tierno y cariñoso con su pelo sedoso entre los dedos, mientras Natalia lo acariciaba despacio y rítmica con los labios, arrancando al chico gemidos bajos y juveniles de placer creciente.

Una espera lánguida

Natalia se levantó con suavidad de rodillas, sin dejar de acariciar a Adrián con la mirada nublada. Lo cogió con cuidado de la mano y lo sentó en el mullido sofá de cuero. El chico se dejó caer dócil sobre los cojines, con su miembro desnudo, largo y grueso, palpitando firme hacia arriba.

Pasando por encima de sus caderas, Natalia descendió con gracia sobre él. Se sentó justo sobre sus piernas, repartiendo su peso de modo que su sexo pleno, que rezumaba néctar caliente, quedara lo más cerca posible de su carne al rojo. La punta caliente de su miembro se hincó provocadora en sus pliegues húmedos y abiertos, pero Natalia, a propósito, no tenía prisa por metérselo. Se quedó quieta a apenas unos milímetros de la penetración plena, deleitándose en aquel momento lánguido, en la turbación y la excitación extrema del muchacho.

Adrián respiraba pesado y entrecortado, sus palmas se posaron tímidas en sus caderas lisas y desnudas. Temblaba entero por la cercanía de su cuerpo espléndido, incapaz de apartar la mirada de sus pechos sin sujetador, que se agitaban seductores justo delante de su cara.

Natalia se inclinó hacia su oreja ardiente y le susurró lánguida, viciosa:

—¿Me deseas?…

El chico tragó saliva con esfuerzo, en sus ojos se mezclaban un arrobo salvaje y un susto juvenil. Le apretó más las caderas y respondió ahogado, casi suplicante:

—Sí…

El primer final

Natalia sonrió viciosa, al ver cuánto ansiaba su joven invitado la continuación. Bajó la mano, sus dedos ciñeron con seguridad su tronco caliente y palpitante en la mismísima base. Natalia dirigió con cuidado la punta de su miembro directamente hacia su sexo, que llevaba tiempo esperando aquel momento.

Alzándose de rodillas, empezó a descender despacio y con cuidado sobre él. La carne caliente de Adrián separó con suavidad, centímetro a centímetro, sus pliegues plenos.

—Ooohh… —suspiró lánguida y honda Natalia, echando la cabeza atrás, cuando acogió el miembro del todo, hasta la base de su imponente longitud.

El chico soltó un grito ahogado ante aquella densidad extrema y abrasadora, sus dedos se clavaron con un espasmo en sus caderas. Natalia se quedó quieta un segundo, dándole tiempo a acostumbrarse a su calor increíble, y luego empezó a mover las caderas, mirando a Adrián a los ojos.

Se movía a propósito sin prisa, plena y honda, sin apartar la mirada de los ojos de Adrián. Adrián, guiado por aquel ritmo hondo, arrojó del todo los restos de su timidez. Sus palmas subieron y se posaron ávidas en sus pechos plenos y pesados, que se mecían tan tentadores justo ante él. Empezó a acariciarle los pechos con las manos y a besarlos, con lo que Natalia perdió del todo la paciencia. Una ola caliente de lujuria primaria inundó por completo su razón.

Natalia empezó a moverse más rápido, ensartándose furiosa y a menudo en su carne al rojo con todo su peso, acercándose cada vez más al orgasmo. En el silencio de la habitación resonaron chasquidos frecuentes y húmedos. Dentro de ella crecía a toda velocidad un nudo prieto y abrasador.

Natalia se corrió y se levantó, su cuerpo se sacudió en un éxtasis potente. Pero Adrián quería más: su energía joven exigía continuación. El miembro largo y grueso del muchacho seguía palpitando firme, duro como una piedra. Venciendo los restos de su modestia, Adrián se levantó tras ella. Le acariciaba las caderas, los pechos, el sexo, hundiendo los dedos en su sexo pleno, aún caliente del orgasmo. Natalia volvió a excitarse con aquellas caricias insistentes y llevó a Adrián al dormitorio.

Abriendo camino

En la penumbra del dormitorio Natalia se tendió de espaldas y separó las piernas, mostrándole a Adrián el camino al placer. Su sexo pleno se abrió incitante ante la mirada del muchacho. Adrián se arrodilló entre sus piernas esbeltas y apoyó la punta caliente en lo más hondo de su sexo.

El miembro se abría camino con dificultad, era demasiado grande para el sexo pequeño de Natalia. Cada penetración le costaba al chico un esfuerzo notable y largo, dilatando sus paredes hasta el límite. Más le gustaba a ella eso, y ofrecía las caderas hacia delante, al encuentro del nuevo miembro, ayudándolo a entrar lo más hondo posible.

Natalia se agitaba bajo Adrián sobre las sábanas de seda y se estremecía en convulsiones, del todo sometida a su ritmo salvaje. Adrián se movía con fuerza hacia el final y se corrió dentro de ella, derramando chorros espesos y abrasadores de semen en lo más hondo de su sexo. Natalia se aflojó ante aquel ardor apasionado y disfrutaba del semen que le rezumaba, cuando Adrián salió de ella y se tumbó a su lado sobre los cojines.

Un regreso inesperado

En el silencio del dormitorio se oyó el ruido de una puerta al abrirse. Adrián se estremeció al instante, su cuerpo se tensó de miedo. Pero Natalia lo tranquilizó con cariño, posándole la mano en el hombro:

—Es mi marido, que ha vuelto, pero no le importa. Si hace falta, hasta te echa una mano.

Se abrió la puerta, entró el marido y vio a su mujer follada y exhausta, al joven, y lo entendió todo sin una palabra. En sus ojos no había rabia, solo un brillo febril de excitación. Mientras Natalia y Adrián estaban tumbados extenuados y desnudos en la cama, el marido se desnudó y se unió a ellos. Al ver el semen en el sexo de su mujer, se arrodilló ante ella y empezó a lamerlo. Con eso Natalia volvió a gemir bajo y sintió que deseaba el miembro de Adrián una vez más.

Audacia y frenesí

Natalia se volvió hacia el chico, posó la palma en el miembro de Adrián y notó cómo se endurecía bajo sus dedos. Se inclinó y se lo metió en la boca, atrayendo el tronco firme hacia el fondo, mientras el marido seguía acariciándola por el otro lado.

Luego Natalia se puso de rodillas de cara al marido y, arqueándose, le mostró el sexo a Adrián. No hizo falta pedírselo: se envalentonó, cogió su miembro y lo metió en el sexo de Natalia. Natalia puso los ojos en blanco y miraba al marido, soltando un gemido fuerte de éxtasis.

Adrián perdió del todo los frenos. Se envalentonó y, sacando el miembro del sexo de Natalia, lo metió en su trasero, que ya estaba acostumbrado a tales incursiones. Natalia suspiró aún más hondo, ofreciéndose con más fuerza hacia atrás, y el marido veía toda aquella pasión en su cara, observando embelesado cada suspiro suyo.

Adrián metía el miembro alternando entre el sexo y el trasero de la mujer, llevándola al orgasmo, y luego la giró de espaldas y se tendió sobre ella, hundiendo el miembro y follándola con nuevas fuerzas. Sus pechos ya se movían al compás de las embestidas de Adrián, ya se apretaban firmes contra su pecho. Natalia alzó más las piernas y ofrecía las caderas activa al encuentro de su miembro. El pelo se le desparramó por los cojines, perdió la noción del tiempo y acogía con frenesí el miembro del joven Adrián.

El acorde final

Natalia ya no se controlaba, aferrándose con espasmos a los hombros del chico. Pedía y suplicaba:

—¡Más, más fuerte, fóllame, sí, más!

Adrián se movió más rápido, sus embestidas se volvieron frecuentes y demoledoramente hondas, y empezó a correrse justo dentro, llenándola de chorros calientes. Natalia, en ese mismo instante, se sacudió en un orgasmo atronador.

Cuando todo terminó, Adrián sacó el miembro, se tumbó al lado y empezó a besar a Natalia hondo y tierno. Y el marido volvió a lamer los restos de semen que le rezumaban a Natalia, escuchando sus gemidos bajos y el sonido de sus besos con Adrián. Natalia sonreía despacio, abrazando al muchacho. Al parecer, Adrián le había gustado mucho.

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