Rumores por los pasillos
En la oficina reinó todo el día una animación extraña, apenas perceptible. El rumor sobre las intensas aventuras de Natalia fuera del trabajo se había filtrado ya de algún modo entre los compañeros. Desde primera hora, los colegas la miraban con sonrisas pícaras y cómplices: los hombres le sostenían la mirada más de lo habitual y las mujeres cuchicheaban tras los monitores. La propia Natalia trataba de mantener una expresión imperturbable, aunque por dentro todo se le encogía dulcemente al recordar.
La cosa fue ya avanzada la tarde. La jornada intensa llegaba a su fin y en la oficina no quedaba mucha gente: la mayoría de los empleados se había ido ya con prisa a casa, apurados por llegar con sus familias o a cenar. En el amplio espacio diáfano se instaló un silencio somnoliento e íntimo.
Cansada de los informes, Natalia decidió prepararse una taza de café cargado. Se levantó de su mesa y se dirigió con paso lento y ondulante a la cocina de la empresa. Aquel día llevaba una blusa ajustada que realzaba su pecho pleno y una falda de tubo severa pero ceñida a las caderas, que volvía su trasero redondeado increíblemente sugerente.
Al llegar a la cocina vio que ya había alguien. Junto a la ventana estaba Víctor, un compañero alto y apuesto del departamento de al lado, que siempre destacaba por su seguridad y su mirada rapaz. Natalia titubeó un segundo, pero decidió no dejarlo entrever y, como si tal cosa, se acercó a la cafetera para prepararse la bebida.
El leve zumbido del aparato al despertar llenó la sala. Natalia estaba de espaldas a la puerta cuando de pronto oyó unos pasos. Víctor se acercó por detrás casi sin ruido. Sin decir palabra, le posó sin miramientos su gran mano caliente en el trasero y lo acarició despacio, como si fuera suyo, a través de la tela gruesa de la falda, apretando levemente la carne dócil. Natalia se estremeció de la sorpresa, el corazón se le desbocó y al sexo le llegó al instante el primer impulso caliente de excitación. Se apartó con suavidad, dando un paso hacia su taza, pero no dijo nada: de ella no salió ni indignación ni una prohibición severa. Solo un suspiro entrecortado delató su creciente turbación.
El primer consentimiento
Víctor captó aquel consentimiento silencioso. En sus labios se dibujó una sonrisa atrevida y segura. Dio un paso adelante, reduciendo de nuevo al mínimo la distancia entre ambos, y apretó su cuerpo firme contra la espalda de ella. Natalia sintió cómo a través del pantalón su virilidad, ya dura y caliente, se le hincaba en las nalgas.
—Ya veo que los rumores no mienten, Natalia —susurró él en voz baja, casi íntima, directamente en su oído, abrasándole el cuello con su aliento caliente—. Hoy estás endiabladamente guapa con esa falda.
Natalia se quedó quieta, con los dedos crispados sobre el borde de la encimera, mientras la cafetera seguía sirviendo ruidosamente la bebida reconfortante. Sentía cómo por dentro, azuzada por las miradas de sus compañeros durante la mañana, se avivaba con nueva fuerza una llama viciosa.
Víctor no perdió el tiempo. Sus manos se deslizaron hacia sus caderas, subiendo con seguridad el bajo de la estrecha falda y dejando al descubierto sus piernas lisas cubiertas por medias de nailon. Natalia solo tragó saliva con un espasmo, incapaz —y sin ganas— de oponer resistencia a aquella nueva locura de oficina.
La encimera de la cocina
Víctor tiró con seguridad del bajo de la falda aún más arriba, juntando la tela en su cintura. Natalia soltó un resoplido entrecortado cuando sus manos calientes se posaron en sus muslos desnudos, algo por encima del borde de las medias. En la penumbra de la cocina que se vaciaba, aquel gesto parecía increíblemente atrevido.
—Víctor, aquí puede entrar alguien… —trató de objetar débilmente Natalia, pero su voz sonó tan lánguida y baja que solo azuzó más al hombre.
—Ya se han ido todos, Natalia. Solo quedan los que tienen muchas ganas de quedarse —rio él en voz baja, rodeándole la cintura con un brazo y apretándola más contra sí por detrás.
Su mano libre se deslizó hacia la fina franja de sus bragas; los dedos se colaron con seguridad bajo el borde de encaje y toparon de inmediato con una humedad abundante y caliente. Natalia cerró los ojos con dulzura y se mordió el labio para no gemir en voz alta: su cuerpo, caldeado durante todo el día por los coqueteos de sus compañeros, respondió al instante a aquellas caricias insistentes. Víctor empezó a acariciarla con los dedos, despacio y hondo, haciendo que Natalia arqueara la cintura con espasmos y se apoyara con las manos en el borde de la encimera, justo al lado de la taza de café humeante.
El comienzo del maratón
Víctor la acariciaba cada vez con más insistencia, haciéndola respirar de forma entrecortada y apretar más la espalda contra su pecho. Cada empuje de sus dedos repercutía en su cuerpo con un chasquido húmedo y una ola abrasadora de placer. Había perdido por completo la cabeza en aquella cercanía peligrosa y prohibida, a la vista de una oficina prácticamente vacía.
—Por favor, Víctor… —susurró ella suplicante, volviéndose hacia él por encima del hombro. Los ojos le brillaban, afiebrados—. Ya no aguanto más así… Métemela.
Víctor sonrió con lascivia. Se desabrochó deprisa el pantalón y liberó un miembro ya macizo y al rojo, que palpitaba, elástico, por la larga espera. Con un solo gesto apartó a un lado las bragas de encaje de Natalia, dejando al descubierto su sexo jugoso, completamente empapado. Sujetándola por las caderas y obligándola a inclinarse aún más sobre la encimera, Víctor apuntó y, con un suspiro sordo, de una sola embestida potente le hundió su tronco duro hasta el fondo.
—¡Oooohhh…! —se le escapó a Natalia un gemido fuerte y pleno que resonó por el espacio alicatado de la cocina.
Se aferró con los dedos, crispada, al laminado de la encimera, a punto de volcar el café recién hecho. Víctor marcó enseguida un ritmo duro y seguro, penetrándola hondo y ruidoso por detrás en su sexo estrecho y caliente. La falda de Natalia estaba subida hasta la cintura, la blusa arrugada, y la sala se llenaba a toda velocidad de los sonidos de sus palmadas húmedas y restallantes y de una respiración entrecortada y pesada. Natalia se ofrecía frenética hacia atrás, disolviéndose por completo en aquella nueva e inesperada pasión de oficina.
El analista calculador
Víctor dio una última embestida potente, gimió con voz ronca y se corrió muy adentro, arrancándole a Natalia un espasmo final. Respirando con dificultad, salió con cuidado de su cuerpo lánguido, se recolocó el pantalón y, obsequiándola con una sonrisa satisfecha y cínica de despedida, salió sin ruido de la cocina.
Natalia se quedó de pie, apoyándose pesadamente en la encimera. Su blusa estaba despiadadamente desabrochada y arrugada, la falda de tubo hecha un rebujo en la cintura, y de su sexo abierto y palpitante le corría despacio por los muslos el semen tibio de Víctor. Apenas tuvo tiempo de dar un sorbo al café que se enfriaba para recobrarse, cuando en el pasillo volvieron a oírse pasos.
La puerta de la cocina se abrió despacio y en el umbral apareció Óscar, el analista principal de su departamento. Siempre parecía callado y comedido, pero ahora su mirada ardía con un brillo rapaz que nada tenía de laboral. Óscar se quedó quieto, escaneando con la mirada la escena que se le presentaba: Natalia despeinada y jadeante, su falda subida, la blusa arrugada y el olor persistente y embriagador a sexo que llenaba el pequeño recinto.
Natalia volvió la cabeza despacio y lo miró. En sus ojos nublados no había ni miedo ni vergüenza: solo un desafío vicioso y provocador. En ese momento comprendió con claridad que los rumores de la oficina habían hecho su trabajo. Víctor no había sido más que el comienzo. Ahora empezaba el auténtico maratón de oficina, extenuante, para el que su cuerpo hambriento y caliente ya estaba prácticamente listo. Óscar cerró en silencio la puerta con el pestillo y, desabrochándose el cinturón sobre la marcha, dio un paso seguro hacia la encimera.
El ritmo exacto
Óscar se acercó a Natalia hasta casi pegarse a ella. La imagen callada y modesta que mantenía en las reuniones se evaporó al instante y dejó paso a la resolución. No perdió el tiempo en palabras: la mirada del analista estaba clavada en los muslos jugosos de Natalia y en las gotas de néctar ajeno que seguían bajándole perezosas por las piernas.
—Así que al final es verdad —dijo Óscar con voz sorda, y por su cara cruzó una sonrisa oscura y carnívora.
La sujetó sin miramientos por la cintura y la volvió de espaldas a él, obligándola a apoyarse de nuevo con las manos en el mueble de cocina. Natalia obedeció dócilmente, arqueando la cintura y sacando aún más su trasero redondo y encendido. Las medias de nailon estaban despiadadamente rotas por Víctor, y Óscar simplemente apartó con las manos los restos de tela fina. Su virilidad al rojo, endurecida como el acero desde hacía rato por pensar en su compañera, se hincó directamente en su sexo húmedo e hinchado. Óscar no se anduvo con miramientos: sujetando a Natalia por las caderas con un agarre férreo, con un movimiento fuerte y brusco le hundió el miembro hasta la base.
—¡Aaahhh! —se le escapó a Natalia un gemido nuevo, aún más agudo.
Sus músculos internos y estrechos, ya dilatados por el ímpetu anterior, acogieron a Óscar con una palmada húmeda y jugosa. El analista marcó enseguida un ritmo rápido, casi matemáticamente exacto e implacable. La penetraba hondo y a menudo, haciendo que la blusa arrugada de Natalia rozara la superficie metálica de la encimera. Natalia atrapaba el aire ruidosamente con la boca, echando la cabeza atrás y entregándose por completo a aquella nueva ronda de la locura de oficina, sabiendo que tras la puerta de la cocina podían esconderse otros interesados.
El dueño de la situación
Óscar dio las últimas embestidas bruscas y demoledoras, suspiró ronco y ruidoso y se corrió con violencia, llenándole el sexo de una nueva ración de calor abrasador. Recuperando algo el aliento, sacó con cuidado el miembro, le acarició con delicadeza el muslo y, con una sonrisa, dijo en voz baja:
—Gracias, Natalia. Ha sido increíble.
Se recompuso deprisa y salió de la cocina, dejando el pestillo abierto. Natalia apenas había apoyado la espalda en el mueble cuando la puerta volvió a abrirse despacio y en el umbral apareció un tercer compañero: el jefe de seguridad, un hombre apuesto y seguro de sí mismo que hacía tiempo que la miraba en las reuniones.
Natalia lo miró y en ese mismo instante lo entendió todo sin más palabras. El maratón de oficina cogía impulso y las reglas de aquel juego estaban aceptadas de forma definitiva. En lugar de quedarse junto a la encimera, avanzó despacio, contoneando las caderas, hacia el fondo de la cocina, donde había un pequeño sofá de cuero para el descanso del personal. Su falda hecha un rebujo seguía en la cintura, las medias rotas dejaban al descubierto su piel lisa y la blusa apenas se le sostenía en los hombros. Natalia se dejó caer sobre el cuero suave del sofá, se recostó, adoptó la postura más franca posible y separó con seguridad las piernas, mostrándole al nuevo invitado su sexo jugoso, brillante de néctar y semen.
El jefe de seguridad sonrió con lascivia, apreciando su docilidad y su disposición a jugar fuerte. Cerró despacio la puerta con llave, se quitó sin prisa la americana y la echó sobre la silla más cercana, sin apartar ni un segundo la mirada de sus piernas bien abiertas.
—No pierdes el tiempo, ¿eh, Natalia? —dijo con un barítono grave y espeso, desabrochándose el cinturón sobre la marcha—. Bueno, comprobemos tus límites.
Su miembro, macizo y pesado, salió al instante a la luz. El hombre se acercó al sofá, la sujetó con rudeza por las rodillas, le separó aún más los muslos y se los levantó. Sin gastar tiempo en preliminares, se echó sobre ella y de un movimiento potente y dominante le hundió su grueso tronco en el sexo goteante. Natalia se quedó literalmente sin aliento ante aquella embestida que la colmaba. El hombre tomó enseguida un ritmo brusco y dominante. La penetraba pesado y hondo, haciendo que el pequeño sofá de cuero crujiera quejumbroso.
Una marca por fuera
El jefe de seguridad, al sentir que se acercaba un final poderoso, sujetó bruscamente a Natalia por las caderas, obligándola a quedarse quieta bajo su peso. En la cima de aquel arrebato mostró una contención inesperada: no se corrió dentro. Con un rugido ronco y animal, sacó de golpe su miembro caliente y palpitante de su sexo estrecho y, respirando con dificultad, se corrió sobre su vientre.
Los densos y abrasadores chorros blancos cayeron uno tras otro sobre su piel lisa, manchando la blusa desabrochada y acumulándose en el hueco del ombligo. Natalia, estremeciéndose en las convulsiones de un orgasmo residual, cerró los ojos con dulzura al sentir cómo se le extendía por el cuerpo una nueva ración de fuerza masculina. El hombre suspiró hondo, recorrió con una mirada satisfecha el vientre de su compañera marcado por su semen y empezó a recomponerse en silencio.
Docilidad para el administrador
La puerta de la cocina volvió a crujir en voz baja y en el umbral apareció el siguiente participante de aquel maratón de oficina: el administrador de sistemas, que solía parecer imperceptible, pero que ahora actuaba con la mayor decisión. Se acercó directamente al sofá, donde Natalia yacía con las piernas abiertas y el vientre cubierto de semen, y sin más palabras acercó su miembro ya duro y caliente directamente a su cara.
Natalia, agotada por el ímpetu incesante, se limitó a entreabrir con cansancio su boca menuda, aceptando las nuevas reglas del juego. La carne al rojo entró en ella dócil y por completo, llenándole la boca hasta la garganta.
El compañero, embriagado por su docilidad y por la visión de aquel cuerpo desmadejado, perdió del todo el control. Le sujetó con firmeza la cabeza entre las manos, inmovilizándola contra los cojines del sofá, y empezó a montarla contra sí de forma apasionada y rítmica. Sus movimientos eran rápidos e insistentes, y solo le arrancaban gemidos sordos. Sin aflojar el ritmo frenético, el hombre soltó un grito ronco y se corrió directamente en su boca, derramando densos y calientes chorros de semen. Natalia acogió dócilmente toda su fuerza, sintiendo cómo aquella prolongada velada en la oficina borraba los últimos límites de lo permitido.
Doble embate
Tras él entraron a la estrecha cocina dos compañeros a la vez, del departamento de marketing. El maratón de oficina se convirtió definitivamente en un flujo continuo de pasión viciosa. Los hombres, sin más conversación, se sentaron en el sofá junto a la despeinada Natalia y empezaron enseguida a acariciarla con avidez por todas partes. Uno se pegó a su cuello, cubriéndole la piel de besos húmedos, y el otro le bajó sin miramientos la blusa arrugada de los hombros, acariciando y besando sus pechos plenos. No los turbaba en absoluto el semen que había por todo su cuerpo, en el vientre y en los muslos. Al contrario: la visión de aquella mujer completamente sometida los excitaba aún más.
Al cabo de un par de minutos de caricias anhelantes, uno de ellos se recostó cómodamente en el respaldo de cuero del sofá y, rodeándole la cintura, sentó a Natalia sobre sí. Ella lo entendió todo sin palabras: incorporándose sobre las rodillas, bajó la mano y dirigió con los dedos su miembro largo y caliente directamente hacia su sexo jugoso y dilatado al límite. En cuanto el tronco firme entró en ella con suavidad y hondura, hasta el fondo, gimió con dulzura echando la cabeza atrás.
El segundo compañero, al ver cómo ella empezaba a moverse rítmicamente sobre las caderas de su colega, no perdió el tiempo. Se colocó justo ante la cara de Natalia y decidió follarle la boca, de la que aún, a cada suspiro, asomaban seductoras gotas blancas del semen del hombre anterior. Natalia se estiró dócilmente hacia delante, entreabriendo los labios y acogiendo en su interior el segundo tronco al rojo. La cocina se llenó de nuevo de sonidos de palmadas jugosas y húmedas.
El final en la cara
El compañero sobre cuyas caderas Natalia se movía rítmicamente notó que se acercaba un final poderoso. La sujetó con firmeza por la cintura, apretándola contra sí, y con un gemido sordo y ronco se corrió muy adentro de su sexo anhelante, derramando nuevos chorros calientes en lo más hondo.
Casi en el mismo instante, el segundo hombre, que le follaba apasionadamente la boca, comprendió que también estaba en la cima. Sujetó a tiempo a Natalia por el pelo, le tiró de la cabeza hacia atrás con cuidado pero con seguridad y logró sacar su miembro al rojo de sus labios húmedos. Con un brusco suspiro, se corrió directamente en su cara. Las abundantes y abrasadoras gotas blancas cayeron una tras otra sobre sus mejillas, su boca entreabierta y su frente, mezclándose con los mechones revueltos. Natalia, estremeciéndose por un doble orgasmo, cerró los ojos con deleite, completamente cubierta por las huellas de aquella pasión enloquecida de oficina.
Zona limpia
Los dos compañeros de turno, respirando con dificultad y recolocándose la ropa, abandonaron la cocina de la empresa, dejando tras de sí una estela de aroma denso. Natalia se quedó sentada en el sofá de cuero arrugado, completamente exhausta, pero ardiendo en el fuego de una excitación que no cesaba.
En ese momento el pestillo de la puerta volvió a chasquear en voz baja y en la sala entró el siguiente participante del maratón. Era uno de los jefes de proyecto, un hombre experimentado, calculador y poco dado a conformarse con poco. Se acercó sin prisa al sofá, se cruzó de brazos y examinó a Natalia de arriba abajo con atención, calibrándola. Tras valorar la magnitud de lo ocurrido y ver el estado de su cara y su sexo, decidió aprovechar aquello que nadie había usado aún aquel día.
El hombre sonrió con lascivia. Sujetó a Natalia sin miramientos por las caderas, la volvió de espaldas a él y la puso de rodillas sobre el propio sofá, obligándola a apoyarse con los codos en los cojines de cuero. Su trasero jugoso y redondeado se alzó, provocador, ofreciendo un acceso perfecto a la zona más prohibida. Liberó deprisa su miembro grande y duro, apuntó al estrecho anillo de músculos y entró despacio, pero con seguridad, en el ano de Natalia. Al fin y al cabo, allí sí que no había semen aún aquel día, y aquella carne elástica y prieta seguía completamente limpia.
—¡Ooooohhh…! —se le escapó a Natalia un nuevo suspiro hondo y pleno, que se transformó al instante en un gemido ronco. Las paredes de su trasero acogían con esfuerzo y una tensión placentera el imponente tronco del nuevo hombre. El jefe de proyecto fijó las manos en su cintura y empezó a martillearla sin tregua.
El final en casa
En la cima de una embestida potente y honda, el hombre soltó un grito ronco, sus caderas se apretaron contra sus nalgas y se corrió. Los chorros calientes y densos de semen llenaron al límite su trasero prieto. Cuando salió despacio de ella, Natalia hundió, sin fuerzas, la cara en la tapicería de cuero del sofá. La densa ración de néctar blanco no se contuvo dentro y bajó perezosa, en un flujo continuo, por sus muslos, dejando surcos húmedos en su piel lisa.
El hombre se recompuso en silencio, le lanzó una última mirada de plena satisfacción y abandonó la cocina. Cuando se fue, en la oficina reinó un silencio absoluto y sordo. Ya no vino nadie más: la jornada había terminado del todo y el edificio se había vaciado.
Levantándose a duras penas del sofá, Natalia comprendió que se había olvidado por completo del café frío y del informe a medias. Le daba igual. Se cubrió a toda prisa las medias rotas con el bajo de la falda arrugada, se echó por encima la gabardina para esconder las huellas del maratón enloquecido y se fue a casa. Durante todo el trayecto el corazón le latía desbocado de anticipación: se moría de ganas de contarle a su marido, con todo lujo de detalles, lo que había pasado en la cocina de la empresa.
Sin embargo, no hicieron falta largas explicaciones. Cuando Natalia entró en el piso y se quitó la gabardina, su marido se quedó paralizado en el umbral. Miró su blusa rota, que apenas se le sostenía en el cuerpo, la falda arrugada y sucia y las huellas resecas de semen por todas partes: en la cara, el cuello, el vientre y las piernas. En sus ojos prendió al instante el conocido brillo febril del voyeur. Lo entendió todo por sí mismo sin una sola palabra, y aquel vicioso final de oficina fue el mejor comienzo de su propia noche apasionada.