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Natalia
Natalia

El contrato en grupo

La segunda «salida de caza» en el bar del hotel le tiene reservada a Natalia una sorpresa: tras la puerta de la suite no la espera un hombre, sino cinco.

Una nueva salida

El primer éxito le dio alas a Natalia. El grueso fajo de billetes que Víctor había dejado en la mesilla de noche, y la agradable dulzura que le tiraba en el bajo vientre, le demostraron que había hallado el equilibrio perfecto entre el placer y el beneficio. No había pasado ni una semana cuando Natalia decidió repetir su triunfal experiencia.

Volvió a elegir el mismo lujoso bar de hotel. Esta vez se puso un vestido ceñido, ultracorto, de fino punto rojo, que realzaba cada curva de su cuerpo jugoso. Debajo no se puso ropa interior, solo unas medias de seda con banda de encaje.

Natalia se acomodó en la barra, pidió una copa de vino blanco frío y se puso a esperar. Pronto se le acercó un hombre apuesto, de traje caro, llamado Óscar. Un par de cumplidos de rigor, un flirteo ligero, un roce casual en su muslo, y Natalia, inclinándose, le susurró al oído las condiciones para continuar. Óscar se limitó a sonreír con lascivia, pagó las bebidas y la condujo con seguridad hacia los ascensores. Natalia se relamía anticipando otro encuentro rápido, apasionado y lucrativo, uno a uno.

La sorpresa tras la puerta cerrada

Cuando la cerradura electrónica de la suite pitó suavemente y Óscar le abrió la puerta, Natalia entró y se quedó paralizada al instante. En lugar de un dormitorio recóndito y en penumbra, se encontró en un enorme salón donde reinaba un bullicio alegre. En torno a una mesa cargada de alcohol de lujo estaban sentados otros cuatro hombres, los socios de negocios de Óscar. Todos estaban achispados, con las americanas quitadas y los cuellos de las camisas desabrochados.

Al ver entrar a Natalia con aquel vestido rojo revelador, bajo el que a cada movimiento se adivinaba la ausencia de ropa interior, los hombres soltaron un murmullo de aprobación.

—¡Vaya, Óscar! ¡Menudo trofeo has cazado! —gritó uno de ellos, examinando con ojo tasador su pecho pleno, que subía y bajaba de forma turbadora, y sus muslos jugosos al descubierto.

Natalia se desconcertó un segundo, sintiendo cómo el color de la turbación le inundaba las mejillas. Cinco hombres ricos y algo bebidos la miraban como a un plato exquisito. Pero ya era tarde para retroceder, y el ardor profesional, unido a un súbito arrebato de lujuria salvaje, se impuso. Respiró hondo, irguió los hombros y, con una sonrisa desafiante y viciosa, se adentró en la habitación.

El maratón nocturno

Aquella noche se convirtió para Natalia en un huracán continuo e incesante de locura carnal. Los hombres no pensaban repartírsela por turnos: querían poseer su cuerpo lujoso todos juntos, allí y en ese momento.

Sobre la mesa: todo empezó en el mismo salón. Tendieron a Natalia sobre la madera pulida de la mesa del comedor, apartando sin miramientos las copas. Mientras uno de los hombres la besaba con avidez, llenándole la boca, otros dos entraron a la vez en sus jugosos orificios. Natalia gritaba frenética, sus caderas golpeaban la madera y sus jugos lubricaban en abundancia el tablero.

En la cama: luego la acción se trasladó a la enorme cama del dormitorio. Los hombres se turnaban sin pausa. Volteaban a Natalia, la ponían a cuatro patas, le abrían sus largas piernas enfundadas en medias. Ella acogía sus miembros de acero uno tras otro, suplicándoles que entraran más hondo y más fuerte.

Sobre la alfombra: cansados de la cama, la llevaron a la mullida alfombra junto a la chimenea. Allí, bajo la luz suave de las llamas, Natalia se arrodilló dócilmente mientras su cara, su pecho y su pelo se cubrían de los primeros chorros pegajosos de semen, y por detrás la ensanchaba sin descanso otro invitado.

En el balcón: hacia el amanecer, cuando el aire fresco de la noche irrumpió por las puertas abiertas, Óscar la llevó al balcón del último piso. Apretando a Natalia —desnuda, temblando de frío y de éxtasis— contra la barandilla metálica, a la vista de la ciudad que se dormía, le llenó el sexo con dureza y hondura, mientras los demás hombres contemplaban con una sonrisa el final de aquella noche enloquecida.

El regreso matutino

El taxi llevó a Natalia a nuestro portal cuando el sol ya iluminaba del todo las calles. Entró en el piso con pasos silenciosos e inseguros. El cuerpo le dolía literalmente de un cansancio agradable y extenuante, y las piernas le flaqueaban un poco sobre los tacones de aguja.

Yo ya me había despertado y la esperaba en el salón. En cuanto Natalia cruzó el umbral y me miró, todo me quedó claro sin más palabras. Su vestido rojo estaba arrugado y olía a perfume caro ajeno, a humo de tabaco y a alcohol. El pelo oscuro estaba enredado y en algunos mechones se habían secado unas huellas pegajosas inconfundibles.

Cuando se quitó despacio el vestido, la estampa de su triunfo nocturno se presentó en toda su vicioso esplendor. Su pecho pleno, el vientre y el cuello estaban densamente cubiertos de regueros blancos, secos y aún húmedos, de semen ajeno. Las medias estaban rasgadas y en la piel delicada de sus muslos se veían las marcas rojas de manos masculinas fuertes. De su sexo abierto e hinchado y de su trasero dilatado goteaban despacio los densos chorros blancos del semen de cinco hombres distintos, resbalándole por las piernas jugosas hasta el parqué del recibidor.

Natalia me sonrió, cansada pero increíblemente satisfecha, tendiéndome un bolso repleto hasta arriba de billetes grandes. Estaba completamente agotada, su cuerpo se había usado al máximo, pero en sus ojos nublados ardía la felicidad absoluta e ilimitada de una mujer que había conseguido todo lo que soñaba.

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