Un roce entre la multitud
Últimamente algo se había quebrado en el alma de Natalia. El maratón enloquecido de casas de campo ruidosas, saunas y áticos, donde su cuerpo pasaba de mano en mano bajo la mirada ávida de su marido, de pronto le parecía agotador y vacío. Deseaba, hasta el dolor, hasta el temblor de las rodillas, algo largamente olvidado: el estremecimiento, la ternura, la turbación sincera y esa magia en la que un roce hace que el corazón se detenga en lugar de latir desbocado.
Aquella tarde volvía a casa en metro. El vagón estaba medianamente lleno y las juntas de los raíles zumbaban de forma adormecedora. Natalia estaba junto a las puertas, meciéndose levemente al compás del tren. De pronto, a través de la tela fina de su vestido ligero de verano, sintió un roce muy cauteloso, casi ingrávido, en el trasero. No era el empujón brusco ni el manoseo desvergonzado a los que se había acostumbrado. Alguien la tocaba con tanto temblor como si acariciara una porcelana frágil.
Natalia se volvió despacio. Detrás de ella había un chico muy joven, de unos diecinueve años, atractivo, con el pelo revuelto y unos ojos expresivos y un poco asustados. Pillado por sorpresa, se puso al instante rojo hasta las orejas e intentó retirar la mano, esperando ira o un escándalo. Pero Natalia solo le sonrió con suavidad, apenas con las comisuras de los labios, y se volvió de nuevo hacia las puertas, echándose ligeramente hacia atrás.
El joven lo entendió todo. Su mano regresó, ya algo más atrevida, pero igual de delicada. Empezó a acariciarle despacio las caderas redondeadas a través del vestido. Ante aquella caricia tímida y juvenil, a Natalia se le encendió dulcemente el bajo vientre. Le enloquecía aquella inseguridad pura, sin malicia.
Pasos a la espalda
El tren frenó con un silbido. La megafonía anunció su estación. Natalia le lanzó al chico una mirada rápida y coqueta y salió del vagón. Repicando con los tacones sobre el suelo de granito de la estación, subió por la escalera mecánica y salió a la fresca calle nocturna. No se volvía, pero por el paso suave a su espalda sabía con certeza que él iba tras ella. Su tímida persecución la embriagaba más que cualquier whisky caro de un restaurante.
Llegó a su edificio y se detuvo ante la puerta metálica del portal. Solo entonces Natalia se volvió sin prisa hacia su perseguidor. El chico se paró a un par de metros, metiéndose las manos, turbado, en los bolsillos de los vaqueros.
—¿Quieres subir? —preguntó Natalia en voz baja, con una suave media sonrisa.
El joven tragó saliva, su mirada bajó un segundo a sus labios jugosos y luego más abajo. Natalia también bajó la vista y advirtió lo que decidió definitivamente el desenlace de aquella noche: bajo la tela gruesa de sus vaqueros se marcaba con nitidez un bulto imponente y firme que no encajaba en absoluto con su general desconcierto infantil. Aquel contraste entre la mirada tímida y el caliente potencial masculino la encendió al instante.
El chico soltó un resoplido, como quien se decide al paso más importante de su vida, y respondió apenas audible: —Sí… muchísimo.
Las paredes de casa y un nuevo invitado
Subieron en el ascensor en silencio y entraron en el piso. En el recibidor olía a la comodidad doméstica de siempre. Natalia cerró con cuidado la puerta con llave, se descalzó y le indicó con un gesto al chico que pasara.
Del fondo del piso llegaban los sonidos rítmicos de disparos y comunicaciones por auriculares. Natalia se asomó al salón: yo estaba sentado en mi butaca gamer favorita frente al monitor, jugando absorto al ordenador, sumido por completo en una batalla virtual. Ni siquiera volví la cabeza al ruido de la puerta, acostumbrado a que mi esposa vuelva a menudo tarde.
Natalia se volvió hacia el joven, que ante los sonidos del juego se puso otra vez algo nervioso, y se llevó un dedo a los labios: —Shhh… No hagas ruido.
Lo tomó de la mano —su palma estaba caliente y algo húmeda de los nervios— y lo condujo despacio hacia el dormitorio, sintiendo cómo dentro de ella nacía una anticipación completamente nueva, pura y trémula, de aquella noche.