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Natalia
Natalia

Una velada de consuelo

Un encuentro casual con un viejo amigo, Mateo, se transforma en una velada silenciosa de consuelo y en una noche inesperadamente tierna.

Índice (8 capítulos)
  1. Una amarga confesión y una tierna promesa
  2. El giro hacia casa
  3. Un compás lento
  4. El calor de las manos
  5. El desarme
  6. Confianza mutua
  7. Una dulce sanación
  8. Sosiego

—¡Natalia! ¡No doy crédito! —se alegró él con sinceridad, acercándose a la carrera y abrazándola con fuerza por la cintura—. Estás sencillamente espectacular. Oye, hace mil años que no hablamos. ¿Nos metemos en aquel pub de la esquina, nos tomamos una jarra de cerveza fría y recordamos los viejos tiempos?

Natalia, conmovida por su entusiasmo y por los cálidos recuerdos, aceptó encantada. Entraron en la penumbra fresca y acogedora del bar, se acomodaron en el reservado de madera del fondo y pidieron sendas jarras de aquella bebida espumosa color ámbar.

Una amarga confesión y una tierna promesa

Al principio la conversación fluyó ligera: reían recordando amigos comunes y anécdotas divertidas de la juventud. Sin embargo, Natalia se dio cuenta de que, tras la sonrisa de Mateo, se escondía una tristeza honda y contenida. Cuando la primera jarra se vació, el chico suspiró, jugueteó con el posavasos entre las manos y, decidiéndose, la miró directamente a los ojos.

—Natalia, si te soy sincero, hoy no soy yo mismo… Hace apenas un par de días rompí definitivamente con mi novia. Estuvimos juntos tres años. Ahora tengo el alma vacía, con un vacío que resuena, dan ganas de aullar de soledad.

Natalia sintió cómo en su corazón se alzaba una cálida ola de compasión sincera. Mateo siempre había sido un buen chico, y verlo tan hundido le dolía. Cubrió con suavidad la mano de él con la suya y, mirándolo a los ojos llenos de tristeza, le susurró con voz cálida y sentida:

—Max, cuánto lo siento… No debes estar solo en un momento así. Estoy aquí, contigo. Y estoy dispuesta a apoyarte. ¿Me oyes? Con lo que sea, con tal de que te sientas mejor.

Mateo la miró fijamente, y su mirada, de triste, se fue tornando poco a poco caliente y exigente. Le apretó los dedos entre los suyos.

—¿Con lo que sea? —repitió con voz ronca—. Natalia, es que yo… yo desde aquellos tiempos soñaba en secreto contigo. En cada encuentro me imaginaba cómo serías al tacto. ¿Vamos a mi casa? Nos tomamos un buen vino y me ayudas a olvidarlo todo.

El giro hacia casa

Las palabras de Mateo provocaron en el cuerpo de Natalia un temblor dulce e instantáneo. La promesa de apoyarlo «con lo que sea» adquirió un matiz del todo nítido, vicioso e increíblemente seductor. Veía lo mucho que aquel hombre fuerte, sediento de un cuerpo de mujer, la deseaba en ese preciso instante, y su propio sexo, bajo la falda, respondió al momento con un calor húmedo.

Natalia sonrió despacio, se mordió el labio y asintió apenas: —Vamos, Max. Si soñabas, entonces es hora de hacer realidad los sueños.

Pagaron rápido la cerveza, pararon un taxi y, veinte minutos después, entraban en su piso de soltero, donde en el aire flotaba un olor a libertad y a leve desorden. Mateo echó la llave, se volvió hacia Natalia y de inmediato, sin más palabras, la atrajo hacia sí por las caderas, hundiéndose ávido en sus labios jugosos en un primer beso hondo, mientras sus manos ya recorrían impacientes las curvas de su cuerpo.

Un compás lento

En vez de dejarse llevar por el primer arrebato avasallador, Mateo pareció obligarse a detenerse. Se apartó de sus labios, con la respiración caliente y entrecortada, pero en sus ojos se encendió un sentimiento del todo distinto: una emoción reverente. Con cuidado, le apartó tras la oreja un mechón que le había caído sobre la cara; los dedos le temblaban un poco.

—Perdona… —dijo en voz baja, casi en un susurro, sonriendo cohibido—. He esperado tanto este momento que he estado a punto de perder la cabeza. No corramos. De verdad quiero sentir cada segundo contigo.

Natalia sonrió agradecida. Aquel contraste entre su fuerte cuerpo de hombre y aquella delicadeza repentina, casi adolescente, le provocó en el pecho una ternura punzante. Asintió con suavidad:

—No corramos.

Mateo la ayudó con cuidado a quitarse la ligera gabardina, la colgó en el armario y la llevó de la mano al salón. Allí solo brillaba la luz suave de una lámpara de pie en un rincón, que dibujaba sombras largas y acogedoras en las paredes. La sentó en el mullido sofá y él se ausentó un momento a la cocina; volvió con una botella de vino seco y dos copas finas.

El calor de las manos

Estaban sentados en el sofá muy juntos, casi rozándose los hombros. La conversación pausada fluía sola, pero ahora estaba llena de silencios largos y lánguidos durante los cuales se limitaban a mirarse. El vino los calentaba con suavidad por dentro, disipando los restos de la tensión del día.

Mateo dejó su copa en la mesita y se volvió hacia Natalia. Su mano, cálida y tierna, descendió despacio sobre su rodilla. No la apretaba, no intentaba meterse enseguida bajo el bajo de la falda. Sus dedos empezaron simplemente a trazar movimientos circulares lentos e ingrávidos, acariciando con delicadeza la rodilla redondeada y subiendo un poco más, hacia la piel suave del muslo.

Natalia contuvo dulcemente la respiración. Aquel roce cauteloso y atento le recorrió el cuerpo con un agradable escalofrío. Le encantaba lo atento que estaba a su reacción: captaba cada uno de sus suspiros hondos, escrutaba sus ojos entornados.

—Natalia, eres increíble… —exhaló él en voz baja, acortando la distancia entre sus caras.

Su mano libre se posó con suavidad en la mejilla de ella, recorriendo con el pulgar la línea de sus labios jugosos. Natalia se inclinó hacia delante y sus labios se encontraron en un nuevo beso. A diferencia del del recibidor, aquel beso fue infinitamente tierno, largo y acariciante. Se probaban el uno al otro, rozándose con suavidad las lenguas y compartiendo el calor de su aliento.

El desarme

Mateo empezó despacio, como temiendo espantar aquel frágil instante, a desabrocharle los pequeños botones de la blusa.

Cada botón liberado iba acompañado de un beso suave en la piel sedosa que se dejaba ver. Natalia suspiraba bajo, entrecortada, y sus manos se posaron con cariño en sus hombros firmes, notando cómo bajo la tela de punto se movían sus músculos tensos.

Cuando la blusa resbaló de sus hombros, Mateo se quedó un segundo quieto, admirando sus formas plenas en la penumbra de la habitación.

—Eres aún más hermosa que en mis sueños más atrevidos —susurró, y sus palmas cubrieron con cuidado su pecho pleno y agitado, a través del fino encaje de la ropa interior.

Natalia echó la cabeza sobre el respaldo del sofá, entregándose por entero a aquel preludio pausado y sensual. Sentía lo mucho que la valoraba, con qué timidez y a la vez qué seguridad exploraban sus dedos su cuerpo, regalándole aquella sensación olvidada de ternura pura y honda.

Confianza mutua

Natalia cubrió con suavidad las manos de él con las suyas, apretándole con cariño los dedos. Entreabrió los ojos, nublados por un dulce languidecimiento creciente, y dijo en voz baja pero firme:

—Deja que yo también te ayude a ti…

Deslizó las palmas bajo el bajo de su jersey de punto, notando con los dedos la piel caliente y lisa de su espalda y sus músculos firmes. Mateo alzó dócilmente los brazos, dejando que le quitara la prenda. Natalia acarició con cariño sus anchos hombros, disfrutando del contraste entre su propia suavidad y su fuerte cuerpo de hombre. El chico respiraba entrecortado, con la mirada clavada en su cara, en la que se leía una mezcla de gratitud infinita y deseo ardiente.

Se ayudaban el uno al otro a liberarse despacio, prenda a prenda, de la ropa que les quedaba. Cada encaje retirado, cada deslizar de seda sobre la piel iba acompañado de besos silenciosos y cariñosos. Mateo colmó sus hombros, sus clavículas y su pecho agitado de tiernos roces de labios, haciendo que Natalia se arqueara dulcemente sobre los mullidos cojines del sofá.

Una dulce sanación

Cuando quedaron del todo desnudos en la acogedora penumbra del salón, Mateo la llevó con cuidado al dormitorio. La enorme cama los recibió con el frescor de las sábanas limpias, que enseguida se disolvió en el calor de su abrazo.

El chico se cernió sobre Natalia, sosteniendo su peso sobre los codos para no cargarla. Su palma se deslizó con cariño por su cadera redonda, separándole con suavidad los muslos plenos. Entró en ella de forma increíblemente fluida y cuidadosa, procurando no causarle la menor molestia, solo regalarle un placer puro y envolvente.

Natalia suspiró hondo y prolongado, abrazándolo con fuerza por el cuello y apretándose con todo el cuerpo contra su pecho.

Mateo se movía sin prisa, con embestidas hondas y largas que hacían gemir a Natalia con dulzura contra sus labios. En aquella cercanía no había lugar para la prisa ni la rudeza. Era una sanación anhelada y sensual para su alma herida y un placer puro y sincero para el cuerpo de ella, rendido de ternura. Se besaban despacio y con dulzura, disolviéndose en el ritmo acompasado e hipnótico del amor.

Sosiego

La tensión fue creciendo dentro de ellos poco a poco, cayendo sobre la conciencia en suaves oleadas.

Las embestidas de Mateo se hicieron algo más hondas, su respiración más caliente. Al notar que el cuerpo de Natalia empezaba a estremecerse y a contraerse con dulzura en la antesala de la descarga, la apretó más contra sí, compartiendo su calor.

Natalia sollozó bajo, hundiéndose en un orgasmo suave y envolvente, y en ese mismo instante Mateo, con un gemido sordo y aliviado, se derramó muy adentro de ella. Una ola caliente le llenó las entrañas, trayendo consigo una sensación de paz absoluta, de amparo y de callada alegría.

Estuvieron mucho rato abrazados bajo una manta ligera. Mateo le acariciaba con ternura el pelo, apretando a Natalia contra su hombro, mientras ella escuchaba el latido sereno y sosegado de su corazón. Toda la amargura y la soledad que lo habían agobiado aquella tarde se disolvieron sin dejar rastro en aquella noche tierna y sensual que se habían regalado el uno al otro.

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