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Natalia
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La turbación de la mañana

La mañana después de una noche enloquecida en la playa: Natalia intenta llamar error a lo ocurrido, pero Elías no está dispuesto a rendirse.

La turbación de la mañana

El sol de la mañana se colaba tímidamente entre las lamas de la persiana de la cocina, trazando en el espacio largas franjas doradas. En el aire flotaba el aroma denso y vigorizante del café recién hecho, pero no lograba disipar aquel rastro apenas perceptible de la noche enloquecida de la víspera en la playa, que aún se cernía entre ellos.

La tensión en la habitación era casi palpable. Natalia estaba junto a los fogones, y la fina tela de su bata de seda dibujaba con suavidad cada curva de su cuerpo. Sin ropa interior, que se había quedado en el dormitorio, su figura parecía increíblemente indefensa y a la vez provocadora: el contorno firme de las caderas, la cintura estrecha y el pecho pesado y seductor.

Cuando Elías entró en la cocina y la abrazó con suavidad por detrás, posándole las manos en la cintura, Natalia se estremeció. Su cuerpo se ablandó un segundo en sus brazos, cediendo al calor conocido, pero luego se apartó con cuidado, aunque con firmeza.

—Elías, no… —dijo en voz baja, casi en un susurro, sin levantar la vista y recolocándose las solapas de la bata—. Lo que pasó ayer en la orilla… no está bien. Fuimos demasiado lejos. Fue un error.

Trataba de hablar con seguridad, pero Elías veía cómo le temblaban los dedos. Su respiración, entrecortada y rápida, la delataba por completo. La bata, en el escote, subía y bajaba, dejando ver la piel sonrosada de las clavículas. La vergüenza y las prohibiciones morales libraban ahora una batalla desesperada contra aquella insaciabilidad primitiva que habían despertado en ella la víspera.

Elías sentía cómo su propio corazón le latía en los oídos con golpes pesados. Las imágenes de la víspera —sus gemidos, su entrega— seguían ante sus ojos, haciendo que la sangre le afluyera a la entrepierna con una fuerza nueva e irresistible. No quería rudeza; ahora deseaba derretir aquel hielo repentino con una ternura que intrigaba y seducía más que cualquier orden. No insistió en el abrazo. En vez de eso, Elías dio medio paso atrás y le sujetó con suavidad la mano, obligándola a soltar la cuchara.

—Mírame, Natalia —le pidió en voz baja, pero con una seguridad aterciopelada.

Ella titubeó, pero al fin alzó hacia él su mirada húmeda y nublada. En sus ojos se agitaban a la vez el miedo a sus propios deseos y una espera honda y anhelante de lo que vendría. Elías levantó despacio la mano y le rozó la mejilla con las yemas de los dedos, trazando una línea suave hacia el cuello. Natalia cerró los ojos con dulzura y de sus labios entreabiertos se escapó un suspiro apenas audible y pleno.

—¿Acaso lo que te hace tan feliz puede ser un error? —susurró él, inclinándose hacia su oído y abrasándole la piel con el aliento.

Su mano libre se deslizó por la seda de la bata a la altura de la cadera, subiendo despacio hacia la cintura. La tela fluyó dócilmente bajo sus dedos, descubriendo, provocadora, la vista de sus piernas lisas y desnudas. Natalia ya no se apartó. Su resistencia se derretía como el azúcar en el café caliente, dejando paso a una nueva ola de adrenalina embriagadora.

Capitulación sobre la mesa de la cocina

Elías sentía cómo bajo su palma latía el pulso acelerado de ella. La fina seda de la bata ya no los separaba: se había convertido en conductora de esa misma electricidad que hacía que Natalia se debilitara en sus brazos. Su resistencia sorda y anhelante se transformó definitivamente en una capitulación ante su propia sensualidad.

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