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Natalia
Natalia

El trato del restaurante

Un desconocido de aire distinguido invita a Natalia a bailar y le hace al marido una propuesta difícil de rechazar.

Una propuesta indecente

Aquella noche de fin de semana en un lujoso restaurante de la ciudad prometía ser tranquila y pausada. La luz suave y tenue, el saxofón en directo y el vino caro de nuestras copas creaban un ambiente agradable y relajante. Natalia estaba magnífica: un ceñido vestido de seda esmeralda realzaba sus caderas plenas y jugosas y una línea de escote profunda, hacia la que se volvían una y otra vez los hombres de las mesas vecinas.

En el momento culminante de la velada, cuando empezó a sonar una melodía lenta y morosa, se acercó con aplomo a nuestra mesa un hombre alto y distinguido de unos cuarenta años. Desprendía seguridad, perfume caro y mucho dinero. Recorrió a Natalia con una mirada carnívora, cortés pero muy franca, y luego se volvió hacia mí:

—Buenas noches. Disculpen la molestia. ¿Me permiten invitar a un baile a su bella acompañante? —su voz era grave y aterciopelada.

Miré a Natalia. Las mejillas ya se le habían sonrosado por el vino y en los ojos le prendió aquella chispa ávida y viciosa que tan bien conocía. Me recliné con calma en el respaldo, di un sorbo de whisky y asentí con una leve sonrisa:

—Por supuesto. No me importa.

El hombre le ofreció galantemente la mano a Natalia y se encaminaron hacia la penumbra de la pista de baile.

Los límites de lo permitido

Desde el primer paso, el baile dejó de ser un simple movimiento cortés al ritmo de la música. El desconocido atrajo enseguida a Natalia hacia sí mucho más de lo que exigía el decoro. Sus manos fuertes se posaron con seguridad en su cintura estrecha y sus caderas se apretaron contra sus jugosas curvas. Natalia suspiró con un espasmo, pero no hizo el menor intento de apartarse. Al contrario, le echó dócilmente sus finos brazos sobre los hombros, entregándose por completo a su ímpetu.

Al notar su docilidad, el hombre pasó a la acción. En pleno baile, sus manos empezaron a manosearle el cuerpo, francas y sin prisa. Deslizó despacio las manos por debajo de la cintura, arrugando la seda del vestido y apretándole las nalgas firmes y apetitosas como si fueran suyas. Sus dedos levantaban el bajo, provocadores, deslizándose por los muslos. Natalia entornó los ojos con dulzura, su respiración se volvió entrecortada y rápida. Se apretaba contra él, ebria, con el pecho, sintiendo cómo bajo la fina seda se le endurecían al instante los pezones ante aquella atención tan descarada, en pleno restaurante lleno de gente.

Yo los observaba desde mi mesa, notando cómo mi miembro se llenaba a toda velocidad, en el pantalón, de una fuerza pesada y palpitante. Natalia atrapó mi mirada ardiente por encima del hombro del desconocido y sonrió con picardía, dándome a entender que aquel baile franco y sucio la excitaba hasta la locura.

El trato

Cuando la música cesó, el hombre retuvo unos segundos más a Natalia entre sus brazos, susurrándole algo directamente al oído. Natalia suspiró de forma entrecortada, asintió y volvió a nuestra mesa con paso rápido y algo tambaleante. La cara le ardía de rubor y el vestido se le había torcido un poco sobre las caderas.

Se sentó en el borde de la silla, bebió un sorbo ávido de vino directamente de mi copa y, inclinándose hacia mí por encima de la mesa, susurró en tono de conspiración:

—Amor… no te vas a creer lo que me acaba de proponer.

—¿Y qué es? —pregunté con una sonrisa, cubriendo su mano temblorosa con la mía.

—Se llama Rubén. Es inmensamente rico. Ha dicho que pagará toda nuestra enorme cuenta de este restaurante y que, además, dará una suma muy respetable en efectivo, si me voy ahora mismo con él a su habitación del hotel de cinco estrellas de enfrente.

Natalia se detuvo un segundo, con los ojos brillándole febrilmente por un salvaje cóctel de miedo, vergüenza y excitación.

—¿Y qué le has contestado? —le apreté los dedos un poco más fuerte.

—Le he dicho… le he dicho que no podía ir sin ti. Pero he añadido que tú no molestarías y que vendrías con nosotros para controlar en persona todo lo que él me haga. Ha aceptado sin dudarlo. Nos espera en la salida.

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