Al otro lado de la ventana rumoreaba, monótono, un pesado aguacero de verano que convertía la tarde en una cápsula sorda, apartada del mundo exterior. En días así, nuestra casa de campo parecía especialmente aislada. No esperábamos invitados, no teníamos prisa por nada y matábamos el tiempo perezosamente los dos solos. Mi esposa Natalia estaba sentada en el ancho alféizar de la buhardilla, con las piernas recogidas. Llevaba solo mi vieja camisa de franela a cuadros grandes, gastada, blanda, desteñida, que olía a suavizante y a mi perfume. Por la diferencia de tallas, el cuello se le deslizaba libre hacia un hombro, dejando al descubierto una clavícula delicada, y el bajo apenas le cubría las caderas.
Leía, apartando de vez en cuando la vista de las páginas y prestando oído a los truenos. Bajo la camisa no llevaba absolutamente nada, y en la luz mortecina y gris del temporal yo veía con nitidez, a través de la tela poco tupida, el contorno delicado de su pecho.
De pronto, abajo, del lado de la terraza, sonaron unos golpes insistentes y sordos en la puerta de cristal. Nos miramos. Que apareciera alguien en nuestra parcela con semejante temporal era extraño. Al bajar a la puerta, me encontré con un vecino del barrio: Diego. Apenas nos conocíamos, coincidíamos solo en las reuniones comunes. Era arquitecto, un hombre algo reservado y callado de unos treinta y cinco años, con las manos fuertes de quien trabaja mucho él mismo en su casa de campo a medio construir. Ahora estaba en el umbral, calado hasta los huesos. Su chaqueta gruesa se había oscurecido de agua y del pelo mojado le goteaba sobre el entarimado de la terraza. En las manos llevaba una pesada caja de herramientas.
—Perdona —dijo Diego con voz apagada y tranquila, cruzando el umbral—. En mi casa ha saltado el cuadro del todo, un rayo ha provocado un cortocircuito en la instalación. La mitad se ha inundado. Vi que sin el esquema y un tester como es debido no me aclaro, y se ha caído la cobertura. Vosotros sois los más cercanos. ¿Me dejas usar internet, si funciona? O al menos esperar a que pase lo peor de la tormenta.
—Claro, pasa —le llevé una toalla seca—. La conexión por cable aún aguanta.
Natalia bajó por la escalera de madera, atraída por las voces. Al ver a un hombre extraño, se quedó un segundo quieta en los peldaños, tirando por instinto del bajo de la camisa de franela hacia abajo. Diego alzó la cabeza y su mirada directa y pesada fijó su silueta. Se hizo una pausa de un segundo, aguda, en la que se mezclaron su desnudez doméstica y la brutalidad tosca y empapada de él. Natalia se sonrojó un poco, pero no huyó arriba, sino que saludó cortésmente.
Nos instalamos en el despacho. Diego se quitó la chaqueta mojada y quedó con una gruesa camiseta gris que le ceñía los hombros anchos. Mientras cotejaba los esquemas en mi monitor, Natalia nos trajo té caliente. Al tenderle la taza, la mano le tembló un poco. Diego sujetó el platillo y sus dedos se rozaron. La palma de él estaba caliente y áspera; la de ella, fresca. Aquel contacto breve hizo que su pecho, bajo la camisa holgada, subiera y bajara un poco más deprisa.
La tormenta de fuera no hacía más que arreciar; la luz de la casa parpadeó varias veces, inquietante, y al fin se apagó del todo. La habitación se sumió en una oscuridad densa y azulada, iluminada solo por los relámpagos esporádicos.
—Pues ya está —dijo Diego en voz baja desde la oscuridad—. Ahora también vosotros os habéis quedado en calma chicha.
Encendí varias velas macizas que había sobre la repisa de la chimenea. Las lenguas de fuego cálidas y temblorosas cambiaron al instante la geometría de la habitación, proyectando sombras largas. En aquella penumbra íntima, la camisa de franela de Natalia parecía casi transparente. Se sentó en el borde del sofá de cuero, con las rodillas contra el pecho. La camisa se le tensó, dejando al descubierto por completo sus muslos lisos y redondeados.
Diego no le quitaba los ojos de encima. En su mirada no había insolencia, más bien una atención masculina concentrada y profunda. Se levantó despacio de su silla y se acercó al sofá, deteniéndose justo delante de ella. Su presencia —la de un hombre corpulento que olía a lluvia y a cuero— llenaba todo el espacio.
—¿No tienes frío? —preguntó en voz baja, mirando desde arriba sus muslos entreabiertos.
—No… —respondió ella apenas audible, hechizada por su cercanía. Sus dedos apretaron con un espasmo el borde del sofá.
Diego se puso despacio ante ella sobre una rodilla. Su mano —grande, de venas marcadas— se posó en el reposabrazos de madera, a un centímetro de su muslo. Yo me quedé de pie junto a la chimenea, observando cómo entre dos personas completamente distintas se fundía a toda velocidad la distancia. Se me cortó la respiración de lo natural y a la vez prohibido que parecía aquel momento.
Diego alargó la mano y le tomó con cuidado la barbilla, obligándola a levantar la cabeza. Natalia resopló por la nariz, sus labios se entreabrieron. Él no la besó de inmediato. En vez de eso, su otra palma se deslizó por su rodilla hacia arriba, bajo la suave franela. Los ásperos dedos del arquitecto subían despacio, con una presión palpable, por la piel delicada de la cara interna de sus muslos, haciendo que sus rodillas se abrieran más por sí solas bajo su ímpetu. Ella volvió la cabeza hacia mí, y en el brillo vacilante de las velas vi que sus ojos estaban nublados por una excitación densa y embriagadora. Buscaba mi reacción, y mi inmovilidad, mi mirada ardiente, fueron para ella la mejor confirmación: el juego había empezado.
Diego le desabrochó los tres botones inferiores de mi camisa sobre su cuerpo. La tela se abrió y sus pechos plenos y redondeados, de pezones grandes y tensos, quedaron por completo a su vista. El contraste entre la franela tosca a cuadros y la blancura cegadora de su piel era increíble. Diego soltó un resoplido ronco, sus palmas se posaron con seguridad en sus formas, llenándose de su volumen blando y pesado. Empezó a apretarle los pechos con insistencia, moroso, haciéndolos bambolearse al compás de sus movimientos. Natalia arqueó la espalda con dulzura, echando la cabeza atrás sobre el respaldo de cuero del sofá, y de su pecho se escapó el primer gemido pleno y prolongado, que se disolvió bajo los truenos del aguacero que rugía al otro lado de la ventana.
Diego le acariciaba el pecho sin prisa. Sus pulgares trazaban con una leve presión círculos en torno a los pezones, endureciéndolos al límite. Ante aquellos roces fuertes y seguros, el cuerpo de Natalia se cubrió de una piel de gallina apenas perceptible, y sus formas se bamboleaban de forma seductora bajo sus palmas. Sin interrumpir la caricia, se inclinó más y apretó los labios contra su cuello, arrastrándola a un beso hondo y moroso. De la garganta de Natalia se escapó un suspiro ahogado y pleno. Le hundió los dedos en el pelo algo húmedo, atrayéndolo más hacia sí y entregándose por completo a las sensaciones. Mi camisa acabó de resbalarle de los hombros, sostenida ahora solo por los codos y realzando la blancura absoluta de su torso desnudo a la luz vacilante de las velas.
Di un paso adelante y me senté en el borde de una mesita baja frente al sofá. La excitación que me caldeaba por dentro era densa y palpable. Natalia entreabrió un segundo los ojos, atrapando mi mirada clavada en ella, y en sus pupilas se reflejó un placer salvaje y vicioso por que su caída secreta ocurriera allí mismo, bajo mi control total.
Diego se apartó de sus labios. Su respiración se volvió pesada. Sin decir palabra, se incorporó, se desabrochó el cinturón con un movimiento rápido y certero y se bajó los vaqueros junto con la ropa interior. Su tronco grande y turgente quedó libre, elástico, palpitando por la sangre afluida. Su carne pesada relucía mate en la penumbra del despacho, delatando su potente excitación contenida. Natalia, sentada aún en el sofá con las rodillas separadas, desvió la mirada hacia su miembro. Su pecho subía y bajaba, alto y entrecortado.
Diego la sujetó por las caderas, la volvió con suavidad de espaldas a él y la puso de rodillas sobre el asiento de cuero del sofá, de cara a mí. Arqueando la espalda, se apoyó con las palmas en los cojines de cuero. En aquella postura, sus nalgas redondeadas quedaron muy levantadas, exhibiendo su sexo húmedo, que desprendía calor. Sus pechos desnudos colgaron de forma seductora, bamboleándose al compás de su respiración acelerada.
Diego se cernió sobre ella por detrás. Sus manos fuertes se posaron en su cintura, fijando la posición. Apoyó la maciza punta en sus pliegues y de una sola embestida segura y demoledoramente profunda entró en ella hasta el fondo.
—Oooh… —se le quebró la voz a Natalia en un gemido largo y pleno, que resonó por la habitación bajo el susurro de la lluvia en la ventana.
Con aquella embestida potente, su pecho liberado se bamboleó, elástico y rítmico. El tamaño imponente del vecino hizo que sus músculos se contrajeran con un espasmo alrededor de su tronco, acogiéndolo hasta el límite. Diego rugió sordo ante aquella estrechez y marcó enseguida un ritmo prieto, pausado, pero hondo.
—Amor… mira… qué hondo ha entrado… —jadeaba con voz ronca, mirándome directamente a los ojos. En su mirada nublada se mezclaban el asombro por el tamaño y un arrobo puro y embriagador—. Estoy tan a gusto… Dios, Diego, más…
El arquitecto aceleró. La habitación se llenó de las palmadas jugosas y húmedas de sus cuerpos en contacto y de la respiración ronca y entrecortada del hombre. Al compás de cada uno de sus movimientos prietos, sus pechos perfectos se bamboleaban de forma seductora y continua, volviéndome loco con aquella estética primitiva y salvaje. Natalia se disolvió por completo en el ritmo: se ofrecía, ebria, con las caderas hacia atrás al encuentro de cada embestida, aspirando el aire ruidosamente entre los dientes y estallando en gemidos fuertes y embriagadores bajo mi mirada admirada.
Diego se movía potente y con ímpetu, dueño absoluto del ritmo. Los relámpagos de fuera arrancaban una y otra vez de la oscuridad sus cuerpos entrelazados. Al sentir que se acercaba al desenlace, Diego frenó bruscamente el ritmo. Se apartó con cuidado, con un deslizamiento húmedo, arrancándole a Natalia un suspiro de decepción. Sin darle tiempo a recobrarse, la sujetó por los hombros y tiró de ella hacia arriba, con suavidad pero con insistencia, obligándola a girarse y arrodillarse sobre la alfombra justo delante de él.
Su tronco macizo y turgente palpitaba pesado a unos centímetros de su cara. Natalia alzó hacia él los ojos nublados de adrenalina, desviando la mirada de Diego a mí. La visión de sus pechos plenos y desnudos, bamboleándose, elásticos, por su respiración rápida, llevaba la excitación de la habitación al máximo.
—Tómalo —ordenó Diego con voz ronca, temblándole la voz por la tensión contenida.
Natalia se inclinó dócilmente hacia delante. Sus dedos rodearon la carne caliente por la base y entreabrió lánguidamente la boca, acogiendo la gruesa punta en su interior. De su garganta se escapó un sonido pleno y húmedo. Empezó a acariciarlo despacio y hondo, tragándose el tronco centímetro a centímetro. Diego le hundió los dedos en el pelo, fijándole la cabeza y ayudándose con movimientos cortos y certeros.
Me puse sobre una rodilla junto a ellos, hechizado por aquella estampa. El embate del final resultó fulminante. Diego dio unas cuantas embestidas hondas y bruscas, su cuerpo se tensó como una cuerda y rugió sordo y prolongado. En ese momento se derramó, con empujes potentes y calientes, directamente en su boca, llenándola con una ración demoledoramente abundante y densa de semen.
Natalia se quedó quieta, sus párpados se cerraron con un espasmo y su garganta hizo varias degluciones morosas y dóciles. Unas gotas de líquido blanco y caliente le rezumaron por la comisura de los labios y le rodaron despacio por la barbilla, cayendo sobre su pecho desnudo. Diego, respirando pesado y rápido, se apartó con cuidado y se dejó caer sin fuerzas en el sofá, con la cabeza recostada en el respaldo. Natalia se quedó de rodillas, con los muslos aún temblándole levemente por el éxtasis vivido. Volvió la cara hacia mí, relamiéndose los restos de humedad de los labios, y en sus ojos enormes, brillantes en la oscuridad, se leía un triunfo extremo y vicioso de nuestro juego secreto.
Aquella tarde de tormenta cambió por completo el ritmo habitual de nuestra vida y convirtió la visita fortuita de Diego en el comienzo de un capítulo nuevo y permanente. La atracción secreta que había prendido entre él y mi esposa no se apagó con el aguacero: solo echó raíces, haciendo del vecino una parte inseparable de nuestro mundo cerrado.
Diego se convirtió en su amante habitual. Sus encuentros perdieron la incomodidad inicial, pero conservaron aquella misma energía intensa. A veces venía de forma espontánea, hacia el atardecer, cuando al otro lado de las ventanas se espesaba el crepúsculo. En días así todo ocurría rápido e impulsivo: en el mismísimo recibidor o sobre la ancha mesa de la cocina. Natalia, en cuanto oía sus pasos en la terraza, se transformaba: su respiración se aceleraba y en sus ojos prendía el conocido ardor embriagador. Diego, igual de parco y seguro, la tomaba con dominio, como si fuera suya, llenándole el sexo con su carne maciza mientras sus manos fuertes le apretaban el pecho que se bamboleaba. Yo observaba a menudo desde el fondo de la habitación, deleitándome con cada gemido pleno de mi esposa y con la docilidad con que se sometía a su ritmo duro y profundo.