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Natalia
Natalia

El desconocido del bar

Los límites quedan borrados del todo: la esposa vuelve del bar con un desconocido y el marido ocupa su lugar habitual de observador silencioso.

Después de aquella mañana, los límites se borraron definitivamente. Ya no teníamos que fingir ni cazar miradas al descuido: habíamos reconocido abiertamente qué placer tan intenso y oscuro nos daba a los dos aquel juego. Pronto Natalia empezó a buscar de forma consciente a hombres nuevos capaces de darle la misma descarga de adrenalina, y yo esperaba con impaciencia la ocasión de volver a mi papel de observador.

Aquel viernes todo sucedió tal como lo habíamos planeado. Ella salió por la tarde a un bar del centro y yo me quedé en casa, escuchando cómo la lluvia empezaba otra vez a golpear los cristales. Cerca de la medianoche, una llave giró en la cerradura del recibidor.

Salí del despacho de puntillas y me quedé inmóvil en la sombra del pasillo oscuro. Mi esposa no venía sola. Su acompañante —un hombre alto, de hombros anchos, con chaqueta de cuero, al que había conocido apenas un par de horas antes— la tenía apretada contra la pared, junto a la misma entrada. En sus movimientos no había delicadeza; actuaba con rudeza, con seguridad, como quien ha recibido una invitación inequívoca.

—¿Seguro que tu marido está dormido? —preguntó él con voz ronca, aspirando con fuerza el perfume de ella junto a su oído.

—Sí… duerme profundamente —susurró ella, sonriendo con picardía hacia la oscuridad, justo hacia donde sabía que estaba yo.

Sin perder tiempo, el hombre se abrió la chaqueta y tiró hacia arriba del bajo de su corto vestido de noche. Natalia misma lo ayudó, cambiando el peso de un pie a otro y rodeándole el cuello con los brazos. En la luz tenue del recibidor vi cómo sus grandes manos morenas se posaban sin miramientos en sus muslos desnudos, apretándole la piel suave. No llevaba ropa interior: para aquel encuentro se había preparado de antemano.

El hombre soltó un resoplido cuando sus dedos rozaron la carne de ella, ya caliente y húmeda. Se desabrochó al instante los vaqueros. Alzándola por las nalgas, la obligó a apoyar la espalda en la pared y, sin largos preliminares, empujó con brusquedad hacia delante.

Natalia gritó —fuerte, pleno, sin preocuparse de que el marido «dormido» pudiera oírla—. Su grito se ahogó en el beso de él, pero el ritmo ya estaba marcado. El hombre la penetró hondo y con dureza, clavándole el cuerpo contra la pared con cada embestida pesada. Por el recibidor se extendieron golpes sordos, el frufrú de la ropa y los sonidos húmedos y restallantes de su unión.

Di despacio un paso adelante, saliendo de la sombra hasta la luz suave del aplique de pared.

El hombre se quedó quieto un segundo, al notar el movimiento con el rabillo del ojo. Su cuerpo se tensó, se volvió y me miró fijamente, respirando con dificultad. Pero mi esposa no le dejó apartarse. Le apretó las caderas con las piernas, atrajo su cara hacia ella y me miró directamente por encima de su hombro.

—No pares —le susurró, mirándome a los ojos con una expresión turbia y triunfal—. Le gusta mirar.

Aquel desafío directo derribó las últimas barreras. El desconocido soltó una risa por lo bajo y su mirada se oscureció con un ardor salvaje. Volviéndose hacia mí de medio perfil, para que yo viera cada detalle, la sujetó mejor y reanudó las embestidas, aún más potentes, profundas y ostentosas. Natalia se arqueó en sus brazos, su pecho subía y bajaba muy alto bajo la fina tela del vestido y sus gemidos se volvieron ensordecedores. Recibía cada dura embestida a la vista de su propio marido, deleitándose en el absoluto descaro de lo que ocurría.

Tras una pausa de un segundo en el recibidor, el hombre bajó a mi esposa al suelo, pero no la soltó. Respirando con dificultad, la arrastró consigo por el pasillo directamente hacia el dormitorio. Yo iba detrás, sintiendo cómo todo se me detenía por dentro de pura expectación. En la habitación ardía solo una lamparita de noche, que proyectaba largas sombras en las paredes.

Apenas cruzado el umbral, el desconocido se detuvo en medio de la habitación. Sin más palabras, Natalia se arrodilló ante él. La tela de su vestido susurró cuando alzó la cabeza, mirándolo de abajo arriba. Sus movimientos eran seguros, desprovistos de toda timidez. Liberó su carne y se acercó, aspirando su olor.

En ese momento volvió la cabeza hacia mí. Yo estaba junto a la puerta, observando. Al cruzar su mirada con la mía, mi esposa lo rozó despacio, con ostentación, con los labios y la lengua, acariciándolo larga y morosamente. El hombre resopló con voz ronca y le hundió los dedos en el pelo. Ella se movía con cadencia, sin interrumpir el contacto visual conmigo, como si cada inhalación y cada movimiento de sus labios estuvieran dirigidos precisamente a mí, confirmando su entrega total a aquel juego.

Cuando la tensión llegó al límite, el hombre la sujetó bruscamente por las axilas y la echó sobre la cama. La volteó, obligándola a ponerse de rodillas y apoyarse en los codos. Era la postura clásica, la más abierta posible, la que permitía verlo todo.

Colocándose detrás de ella, empujó con seguridad hacia delante, entrando con fuerza hasta el fondo. Natalia dio un grito agudo y sonoro, arqueando la cintura. El ritmo se volvió enseguida entrecortado y duro. Cada movimiento del hombre resonaba con un golpe sordo de los cuerpos, la cama se sacudía y sus gemidos se hicieron continuos, hasta transformarse en un susurro rápido y entrecortado.

Hundió la cara en la almohada, pero volvía la cabeza hacia mí una y otra vez, buscando mi mirada entre el pelo revuelto. Sus pupilas estaban enormes, la cara le ardía de rubor y por el cuerpo le corrían espasmos: las olas del placer que se acercaba llegaban una tras otra. Bajo nuestra atención común, su cuerpo se estremecía en orgasmos sucesivos, mientras el hombre seguía martilleando su ritmo, conduciéndola al destello final de aquella noche enloquecida.

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