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Natalia
Natalia

La fiesta en casa

Una ruidosa reunión con amigos bajo cuya mesa se desarrolla un juego secreto, y el marido no piensa interrumpirlo.

Aquella fiesta en casa estuvo, desde el principio, cargada de una expectación especial y embriagadora. Nuestro piso bullía de risas, del tintineo de las copas y de música rítmica: se habían reunido amigos íntimos y varios compañeros de trabajo de mi esposa. Nuestro acuerdo secreto de libertad total flotaba invisible en el aire, añadiendo a cada mirada un filo oculto y provocador.

Aquel día Natalia se superó a sí misma. Ya en casa la había ayudado a elegir el atuendo, y la elección recayó en un vestido ceñido, ultracorto, de fino punto negro, con un profundo escote en la espalda. Debajo se puso un conjunto de finísimo encaje color cereza pasada. Yo mismo le abroché despacio los corchetes del sujetador en su espalda temblorosa, le ajusté las finas tiras de la braguita sobre los muslos lisos, sintiendo cómo ya entonces se encendía con mis caricias.

Cuando sonó otro tema, la sacó a bailar uno de sus compañeros: un hombre seguro de sí mismo y carismático con el que en el trabajo hacía tiempo que se percibía una atracción mutua. Se movían en medio del salón y entre ellos saltaban literalmente las chispas. El hombre la atraía una y otra vez hacia sí algo más de lo que exigía el decoro, y sus manos se posaban con seguridad en su espalda descubierta. Natalia me lanzaba miradas rápidas y prometedoras. Yo estaba sentado en el butacón, bebiendo whisky con desenfado y mostrando una calma total que solo la azuzaba.

Cuando la música cesó y todos empezaron a volver a la gran mesa, Natalia actuó de forma increíblemente atrevida. En lugar de sentarse en su sitio, con una sonrisa ligera y embriagadora se sentó directamente en el regazo de su compañero. El hombre tomó la iniciativa; sus manos fuertes le rodearon la cintura, apretándola contra su entrepierna, donde bajo la tela gruesa del pantalón ya crecía a toda prisa la tensión.

En la mesa continuaban las conversaciones en voz alta, pero entre ellos dos había empezado un juego completamente distinto, secreto. El compañero, sin cortarse demasiado por la presencia de los amigos, empezó a manosearla despacio; sus dedos dibujaban con seguridad las curvas de sus caderas. Al fin, su mano se deslizó por su pierna hacia arriba, doblando el corto bajo del vestido. La palma se coló bajo la tela y sus dedos rozaron la piel delicada y caliente.

El hombre actuaba cada vez más abiertamente. Mientras en la mesa tintineaban las copas, sus dedos, bajo el vestido, apartaron con insistencia la seda de su ropa interior. Natalia hincó los dedos con un espasmo en el borde de la mesa, sus labios se entreabrieron y su respiración se volvió silbante. Intentaba mantener un aire despreocupado ante los amigos, pero sus caderas empezaron por sí solas a acompasarse, apenas perceptibles, a los movimientos rítmicos de su mano. Yo estaba sentado casi enfrente de ellos, observando con atención cómo su pecho subía y bajaba con cada roce secreto.

El compañero, azuzado por su docilidad y por mi presencia silenciosa, le susurró con voz ronca al oído: —Vamos, enséñame dónde tenéis el baño…

Natalia se levantó dócilmente de su regazo. El hombre se puso en pie tras ella y salieron sin prisa de la mesa. Esperé medio minuto y me moví sin ruido tras ellos. La puerta del baño estaba entornada: ni siquiera se habían molestado en echar el pestillo. Por la rendija estrecha vi cómo el compañero apretaba bruscamente a Natalia de espaldas contra las frías baldosas de la pared. El fino vestido negro voló en un instante hasta su cintura. El hombre se desabrochó con un gesto rápido el pantalón, liberando su carne grande y, sujetándola por los muslos, de una embestida fuerte entró en ella hasta el fondo.

Natalia soltó un jadeo sonoro y gutural, y sus dedos se hincaron con fuerza en sus hombros. El compañero cogió enseguida un ritmo duro y acentuado, que hacía que su espalda golpeara rítmicamente la pared. Natalia no cerraba los ojos: por la puerta entreabierta atrapó mi mirada ardiente, clavada en ella. Bajo aquella doble presión, sus músculos empezaron a palpitar frenéticos.

El compañero, respirando pesado y entrecortado, dio unas últimas embestidas y con un ronquido sordo se derramó muy adentro de ella. Se quedó unos segundos más pegado a su hombro húmedo y luego salió con cuidado, recolocándose la ropa, y volvió en silencio con los invitados.

Me colé sin ruido en el baño y cerré la puerta tras de mí. Al oír mis pasos, Natalia abrió despacio los ojos nublados. En sus labios vagaba una sonrisa dichosa. Sin decir palabra, se arrodilló con gracia sobre la alfombrilla mullida y luego, apoyando las palmas en el suelo frío, levantó las caderas, ofreciéndome por completo su sexo acalorado y húmedo.

De su sexo empezó a salir despacio, en densas gotas, el semen ajeno, reluciendo mate bajo la luz suave. Me arrodillé ante ella, le sujeté con cuidado las caderas con las manos y acerqué la cara a la mismísima fuente de su placer. Empecé a lamer despacio, con esmero, las gotas tibias que manaban de ella, recogiendo con la lengua cada matiz. Natalia se estremeció con un espasmo y gimió gutural. La sensación de que su propio marido acogía las consecuencias de su infidelidad le producía un placer extremo. Cada movimiento de mi lengua hacía que sus músculos internos volvieran a contraerse con un espasmo, desatando una nueva ola de orgasmo residual.

La fiesta al otro lado de la pared se apagaba poco a poco. Los invitados empezaron a marcharse. Cuando le llegó la hora de irse a su compañero, intercambiamos miradas cómplices. Me acerqué a él, lo rodeé por el hombro y le propuse a media voz que se quedara a pasar la noche con nosotros. El hombre se quedó quieto un segundo, desviando la mirada hacia mi esposa, que se mordió el labio con picardía. Al ver su asentimiento, rio con voz ronca y aceptó la invitación.

En el dormitorio nos deshicimos de la ropa que quedaba. La cama grande estaba abierta y, con la luz atenuada de la lamparita, el ambiente se volvió al instante íntimo. Nos tendimos los tres juntos. Natalia se acomodó en medio, entre su compañero y yo. El hombre, ya sin las ataduras del decoro, la atrajo con seguridad hacia sí, apoyándole la cabeza en su hombro. Su mano fuerte se posó de inmediato en su muslo liso, y yo la abracé por detrás, apretando todo el cuerpo contra sus curvas.

El compañero sujetó a mi esposa por las caderas, la alzó hacia sí y de un movimiento fuerte volvió a entrar en ella hasta el fondo. Natalia alzó la cabeza de golpe, sus labios se abrieron en un suspiro fuerte y pleno. Se entregó por completo a aquella pasión: su cuerpo se arqueaba sobre las sábanas, sus dedos se hincaban con espasmos en los hombros del hombre y sus caderas se ofrecían rítmicas y ávidas al encuentro de cada embestida potente. El compañero marcó un ritmo prieto y acentuado.

Yo estaba tendido muy pegado a ellos, con la cabeza apoyada en la mano, sin apartar la mirada de aquella estampa franca. Toda mi atención estaba centrada en el punto de su unión. Esperaba, con paciencia y una impaciencia creciente, el final: ese momento en que el hombre terminara su embate para poder bajar de nuevo hasta su sexo caliente.

El ritmo se volvió extremo. El compañero, jadeando pesado y entrecortado, clavaba las caderas en su cuerpo ya al borde de perder por completo el control. Los dedos del hombre se hincaban hasta la blancura en su piel delicada, y Natalia se arqueaba con espasmos sobre el colchón. Bajo mi mirada fija, sus músculos empezaron a apretar su carne con una fuerza increíble. El compañero dio unos últimos movimientos bruscos, se arqueó y con un rugido sordo y visceral se derramó muy adentro de ella, llenándole el sexo con una ola caliente y densa. Se quedó unos segundos más tendido pesadamente sobre ella y luego se apartó despacio y se dejó caer de espaldas a su lado.

Natalia se quedó tendida en medio de la cama, con las rodillas separadas. Los muslos le temblaban levemente y su respiración era rápida y entrecortada. Llegó mi turno. Me trasladé despacio al espacio entre sus piernas abiertas. De su sexo entreabierto, de un rosa intenso y húmedo, empezó a manar despacio, reluciendo mate a la luz de la lamparita, en densas gotas, el semen fresco y tibio de su compañero.

Bajé la cara hasta la mismísima fuente, le sujeté con cuidado los muslos temblorosos y apreté la lengua contra su piel delicada. Con cada uno de mis movimientos ávidos y morosos, que recogían aquella ración caliente, Natalia suspiraba con un espasmo, hundiendo los dedos en las sábanas. La sensación de que su marido se deleitaba en ese mismo instante con las consecuencias de su pasión desatada le provocó una nueva y poderosa ola de orgasmo. Gimió pleno, en voz alta, ofreciendo las caderas al encuentro de mi cara y disolviéndose por completo en el final ilimitado y vicioso de aquella noche en casa.

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